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31 de mayo de 2020

La deliciosa pestilencia de Miami Beach



Publicado primero en Prodavinci.com

(Read it in English here)

Abril, 2020. En Miami Beach se cuelan personajes de la película anterior, la de antes de la pandemia, como extras de una cinta de acción que nadie quiere ver en un drama familiar. Ellos, con sus abdominales esculpidos por cirujanos plásticos. Ellas, con pestañas como tarántulas, uñas como guadañas y cejas de Beyoncé. Ambos han perdido su público y sobreviven a duras penas, asfixiados por un mundo que ya no es el suyo porque no hay nadie que lo venga a ver. Desde que Estados Unidos comenzó a reaccionar en marzo al coronavirus y Florida ordenó la cuarentena, la isla se convirtió en un escenario pastoril donde las familias recorren en bicicleta las calles vacías de coches, las parejas salen a patinar tomadas de la mano y los pajaritos cantan piezas que nunca habíamos escuchado. 

Miami Beach es una isla frente a Miami con 93.000 habitantes que les volteábamos los ojos a los siete millones de turistas que se hospedan aquí cada año y que sostienen su economía. El cielo solía estar surcado de avionetas con carteles publicitarios de fiestas de música electrónica y campos de tiro donde se pueden disparar fusiles semiautomáticos. Pero las playas son turquesas, tibias y gloriosas, y la policía tiene en su comisaría la escultura gigante de un flamenco rosado vestido de oficial, con un radio y el arma al cinto. ¿Cómo no perdonar esta ciudad?

Las calles costosas y las baratas se alternan como un damero, a veces con una cuadra de diferencia. De un lado hay viviendas de más de cinco millones de dólares y edificios con helipuertos; del otro, hacinados en pequeños apartamentos, están los latinoamericanos y europeos del este, muchos sin papeles, que se ganan la vida cocinando y sirviendo a los turistas que vienen al año a burlarse del estilo floridiano, desparpajado, festivo de vivir; y que en realidad es la vida de ellos, los de afuera.

Como los indocumentados no pueden conducir, porque no tienen licencia, muchos de los camareros, cocineros, aparcadores de coches y baristas de Miami Beach viven en la propia isla y prácticamente no salen de ella. Se mueven en bicicleta. Ganan alrededor de 700 dólares al mes, con suerte duplicados gracias a las propinas que en Estados Unidos son de un 20%. Ahora se han quedado sin trabajo y sin derecho a la salud, que igual ya no lo tenían y siguen sin tenerlo en plena pandemia. Le pregunto a Miguel, un barista guatemalteco de 33 años que no se llama Miguel, qué hará el mes próximo con la renta. “Pagamos marzo. Para abril nos van a tener que esperar”, cuenta. “Está muy feo. No podemos seguir así mucho tiempo”. Luego me pregunta él a mí: “¿Cuánto falta?”. No sé. ¿Semanas, meses?, le digo. Florida está reactivando lentamente su economía, pero ¿cuándo volverán los turistas a la playa, a visitar la casa donde Gianni Versace fue asesinado? 

La personalidad entre pícara y criminal de Miami Beach comenzó a formarse en los años 1920, cuando la isla era un paraíso para los contrabandistas que traían alcohol de Bahamas durante la Prohibición. Había que desarrollar hoteles a toda velocidad para atender la demanda de lugares donde parrandear y, por eso, el estilo de muchas construcciones es de un art decó modesto pero simpático. A mediados de siglo pasado, los ancianos judíos supervivientes de la guerra se refugiaron aquí, hasta que el narcotráfico los echó en los años 1980. Esa época quedó bien documentada en “Miami Vice” y “Scarface”. Hoy (bueno, ayer) los turistas suelen (solían) detenerse solemnemente frente a la escalera del edificio en Ocean Drive donde el personaje de Tony Montana se escapa de los narcos colombianos. Como si fuera histórico de verdad.




Luego vino el desarrollador inmobiliario Tony Goldman a comprarlo todo y pintar las fachadas art decó de colores pasteles entre los años 1980 y 1990. Por cierto es el mismo señor que revivió el Soho de Nueva York y convirtió Wynwood en el barrio artístico de moda en Miami. Gracias a su varita mágica pastelizadora, y en parte también al lavado de dinero que es motor del mercado inmobiliario del sur de Florida, la isla se convirtió en este pastiche rosa y neón que ahora es el hazmerreír del resto del país y al mismo tiempo destino turístico mundial.

En el paseo marítimo de Ocean Drive, normalmente hay miles de turistas sentados al aire libre, con una película de arena, sudor y salitre en las pieles tostadas, tomando cócteles en copas de medio litro cuyo precio luego protestan porque el camarero no les advirtió que costarían 50 dólares. Miguel y sus dos hermanos trabajaban en restaurantes allí. Pero, como son indocumentados, no tendrán beneficios de desempleo. Los 1.200 dólares que regala el gobierno tampoco serán para ellos, ni para los estadounidenses que tienen a un indocumentado en la familia. Es el caso de Juan, que sí se llama Juan. Es un salvadoreño de 30 años con la ciudadanía estadounidense. También trabajaba en un restaurante en Ocean Drive. Su esposa es inmigrante y no tiene papeles. Y el bebé de ambos es un estadounidense nacido aquí. Esa familia, por ejemplo, no recibirá el cheque con la firma del presidente Donald Trump. 

Les toca esperar que vuelvan la música, el bullicio, las bocinas; los vacacionistas pasándose los tragos de un coche a otro, las chicas haciéndole twerking a un poste de luz. Ahora sólo hay silencio. A veces zumba el motor de un Ferrari, un Porsche o un Lamborghini que atraviesa Ocean Drive a toda velocidad, haciéndose notar como una guacamaya en el Ártico. Un ritmo de hip hop sale de sus ventanillas abiertas y se pierde dos o tres cuadras después, sumido en el canto de los pajaritos, la soledad y la carestía. 

Así es el apocalipsis aquí. Un Lamborghini sin público y miles de inmigrantes en el umbral de la miseria, ambos hambrientos de la misma banalidad, añorando aquel delicioso olor a vómito, orina y empanadas de los domingos de mañana en Miami Beach. 





30 de mayo de 2020

The delicious stench of Miami Beach


Translated by Wendy Gosselin.


(Léelo en español aquí)

April, 2020. Here on Miami Beach, there are still a few odd characters who look like they’re in the wrong scene, maybe from the out-takes of a movie that wrapped right before the pandemic hit. Extras from an old action flick who seem to have wandered onto the set of the drama film now rolling on this island just across from Miami proper. The men flash abs sculpted by plastic surgeons; the women bat tarantula lashes beneath Beyoncé eyebrows, their fingernails sharp as scythes. But without an audience, they wander under indifferent palms, no one there to gaze at them. Since the United States finally kicked into gear to combat the coronavirus in March and Florida issued a shelter-in-place order, Miami Beach has taken on a bucolic charm: families zigzag down empty streets on their bicycles, couples rollerblade hand-in-hand, and birds sing tunes the ninety-three thousand of us who live here year round had never heard before.
Most of us residents cater to the seven million annual tourists who pump life into our economy. We’re used to tiny planes buzzing overhead, their waving aerial banners promising a beach rave or a shooting gallery where you can try your hand at a semiautomatic rifle. Here down below, the turquoise waters are glorious and warm, and out in front of the local police station is a giant statue of a pink flamingo in officer's uniform, complete with a walkie-talkie and holster. What’s not to love about this town?
The luxury condos on one street and run-down buildings just a block over form a checkered pattern. There are homes that start in the seven figures, mansions with rooftop heliports to beat the traffic. And then there are the tiny apartments overcrowded with mostly Latin Americans and Eastern Europeans immigrants, many of them undocumented. No one knows exactly how many undocumented immigrants live in Miami Beach, but Pew Research estimated that half a million were living in South Florida, mostly in Miami, in 2017. They try to eke out a living cooking, cleaning, and pampering the tourists who fly in for a few nights to enjoy the brazen, kicked-back party life, Florida style. All right, not really Florida style, it’s their style, the style the out-of-towners bring in with them.
Many of Miami Beach’s waiters, cooks, valet parkers, and baristas aren’t allowed to drive since undocumented workers can’t get a license in Florida. They get around by bike, and almost never leave the island. They earn about seven hundred dollars a month or, if they’re lucky, double that, with tips. Most are now jobless and have no access to healthcare—not that they had it before the pandemic. A 33-year-old man from Guatemala, Miguel (not his real name), muses on his rent: “We managed to pull it together for March but we haven’t paid our April or May rent. Things are bad. I don’t know how long we can hold out.” He wonders aloud how long the hiatus will last—weeks? Months? No one knows. Sure, Florida has slowly begun reopening its economy, but when will the tourists return to the beach? When will they crowd that stretch of sidewalk where Gianni Versace was murdered?




The naughty, even delinquent character of Miami Beach as we know it today took shape back in the roaring twenties when the island was a paradise for rum smugglers coming in from the Bahamas during Prohibition. Hotels had to be built quickly to meet the demand for places to carouse, and a line of pleasing but simple art deco buildings soon sprung up along Collins Avenue. By the mid-twentieth century, the beach had also become a refuge for Cubans fleeing Castro’s Cuba and for Jews both young and old, some of whom departed to beaches further north when a wave of drug crime hit in the 1980s. Back then, the island was infamous but also wildly sexy, thanks to Miami Vice and Scarface, where Al Pacino played one of the tens of thousands who came to Miami with the Mariel boatlift, joining their fellow Cubans in making Spanish the city’s unofficial first language. Today (yesterday, actually), tourists pause in front of the Ocean Drive building where Tony Montana rushes out to escape from the Colombian narcos, taking in the stairwell with due solemnity, as if in the presence of a relic.
Then came real estate developer Tony Goldman, buying up buildings in the 80s and 90s and painting them shades of pastel. This is the same Goldman who built up New York’s Soho and, more recently, made Wynwood Miami’s fashionable and edgy neighborhood for artists. Thanks to his pastel magic wand—and the money laundering that fuels the South Florida real estate market—the island was painted a neon-pink pastiche, a giant meme for the rest of America, a magnet for global tourists.
If all were well on Ocean Drive, thousands of tourists would now be sitting on sidewalk tables, a thin layer of sand, sweat, and salt water on their tanned skin, gulping down giant cocktails and rollicking with laughter until the check came, the waiter having neglected to mention that each drink costs fifty bucks. Until things shut down in March, Miguel and his two brothers worked at ocean-view restaurants on this stretch. Since none of them is documented, though, they don’t qualify for unemployment. Nor will they be getting that twelve-hundred-dollar check—just as Americans who have an undocumented family member won’t. That’s the case of Juan (his real name), a thirty-year-old man from El Salvador with U.S. citizenship. He also worked at an Ocean Drive restaurant; the child he had with his undocumented wife was born here in the States, but their family won’t be receiving the check that bears, in large script, President Donald Trump’s signature.
All Miguel, his brothers, and Juan can do is take the kids to Flamingo Park, where the immigrants out of work converge for respite, and wait. Wait for the music, the honking, and the noise to resume, for the vacationers to once again pass drinks from one car to another, for the girls to get back to twerking up against the lampposts. For now, all there is is silence, until out of nowhere an engine revs and a Ferrari, Porsche, or Lamborghini zips down Ocean Drive, as out-of-place as a toucan on a glacier. Hip hop blasts from their open windows, but two or three blocks later it has faded, leaving the streets to the chirping birds, the lonely extras, the dearth.
This is what the apocalypse looks like here. A Lamborghini that turns no heads and countless immigrants on the edge of abject poverty, all jonesing for that same bittersweet scent of puke, piss and Sunday-morning empanadas on Miami Beach.