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23 de julio de 2020

Adiós a Aldo Macor y que viva la insolencia



U
n anuncio a la distancia que uno no tiene más remedio que creer. Una llamada telefónica y todo cambia. Y luego llega un certificado de defunción por email que me reenvía mi hermano. Y eso es todo. Esa es la muerte ahora. Un email. Nos dieron unas cenizas que también tenemos que confiar que son las de papá. ¿Le habrá dado alguien la mano cuando se moría? ¿Habrán tenido la compasión de mentirle, de decirle “soy yo” cuando me llamaba, cuando llamaba a mamá, a mis hermanos? ¿Le habrán dicho que estábamos todos allí con él, cuando tenía miedo, rodeado de rostros enmascarados, desconocidos, que en su delirio él creía que eran sus secuestradores? 
        El escultor italiano-venezolano Aldo Macor murió en Chile el 4 de julio a los 92 años. Dos semanas antes lo habían diagnosticado de covid-19 y no podía respirar. Aún así, entre el pánico y el dolor, seguía siendo simpático. Me hacía reír a carcajadas y lo hizo hasta la última vez que hablamos, el día antes de que muriera. Me pidió que le preparara un negroni y aceptó que probablemente me lo iba a terminar tomando yo, “como siempre”. Fue una charla por whatsapp video, yo en mi confinamiento en Miami y él en el suyo, en Santiago. La enfermera me había llamado para aprovechar que estaba despierto y lúcido. 
        Me gustó que se fuera así, pidiendo un negroni, el cóctel que él convirtió en mi favorito desde que me lo preparaba con su shaker de plata en Caracas, cuando yo era adolescente, en una cultura, un tiempo y un lugar en los que no estaba mal visto que los menores de edad bebieran alcohol. 
        Era nuestro trago. Aquí tengo el shaker. 
        Vivió hasta sus 27 años en Roma, luego cinco décadas en Venezuela, una en Uruguay y los últimos cuatro años en Chile. Hablaba criollo venezolano con fuerte acento italiano. Era buen mozo, mentiroso, cuentero y cautivador. Tenía tanto conocimiento de cultura clásica que escribió un libro de anécdotas históricas y mitológicas casi de memoria. “¡Qué ignorante!”, exclamaba, teatralmente, si uno no sabía por ejemplo que Baco era hijo de Zeus. Un día me dijo “qué increíble este Google, sabe un montón de cosas” y comenzó a usarlo para verificar los datos. Era tan persistente y voluntarioso que, cuando ya tenía más de 80 años, publicó su propio libro en Amazon. A esa edad tuvo un blog, luego otro blog, y subió todos los videos familiares a YouTube. Escribió dos libros. No me acuerdo si tres. Siempre tenía un proyecto, es difícil seguir el rastro. No hay ninguna escasez de legado. Toda su vida está online. 
        Tenía hoyuelos. Era rápido para dar respuestas ocurrentes, inesperadas. Se quedaba esperando con una sonrisa inclinada y una mirada oblicua, los ojos brillando, hasta que su interlocutor procesara el chiste y se riera. Si no lo hacía, papá se encogía de hombros y le decía, sin tapujos: “Coño, chico, es que tú eres muy pendejo”. El humor era la vara con la que medía a la gente. Cuando yo era joven y llevaba un amigo nuevo a la casa, que confieso fueron unos cuantos, él lanzaba: “Ah, tú debes ser el novio de turno”. Yo no podía sino reírme. 


        Me acostumbré a sentirme validada por la risa estruendosa de papá. Hacerlo reír con una respuesta rápida como las suyas era como ganarle en ajedrez –algo que estuve lejos de conseguir. Era un narcisista importante y siempre sospeché que su conexión conmigo era más bien una conexión consigo mismo, porque se veía reflejado en mí. Él también lo sospechaba.
        Era despilfarrador y espléndido. Vivió intensamente, hacía fiestas apoteósicas, viajó en Concorde, usaba zapatos de suela blancos con sacos celestes, actuaba como un millonario, hacía regalos estrafalarios, parecía un capo mafia (pero no era). Perdió una fortuna y levantó la cabeza, perdió otra fortuna y volvió a levantar la cabeza, perdió una fortuna más y ahí se quedó, sin dejarnos nada a los hijos. Entretanto alimentó con un gotero, porque el biberón era muy grande, a dos gatitos recién nacidos que encontró en la calle, a distancia de 20 años cada uno.
        Y un gran megalómano. Ahora, en este momento, si estuviera viéndonos, no entendería cómo es posible que el estado italiano, que le entregó una “Orden Di Cavaliere” o algo así, no lo esté honrando con banderas a media asta. En este momento, si estuviera viéndonos, estaría muy ofendido porque la prensa venezolana no publicó su obituario en portada. Lo imagino diciendo “¡Después de todo lo que hice por Venezuela!”. Las carreteras que construyó en los años '60 y '70 cuando era contratista; la pista del aeropuerto que involuntariamente regaló al pueblo de Tucupita, porque el gobierno nunca se la pagó; los monumentos que esculpió en los '80 y '90 para adornar varias plazas del país y que han sido mutilados, robados, fundidos, para lucrar con su valor en bronce, como pasó con “La Paternidad” de Puerto Ordaz.
        El problema es que la Venezuela donde él vivió hasta 2003 y que él contribuyó a construir, ya no existe. 
        Nada existe ya. Sus amigos murieron todos. Los colegas, los artistas que podían haberle dado el final que él merecía, desaparecieron. “Eso es lo que pasa cuando te mueres con más de 90 años”, me dijo mamá. “No queda nadie vivo para que te recuerde”.
        Menos cuando te mueres de coronavirus y ni siquiera la familia puede despedirte.
        Era tan presumido que, ya muy anciano, en la residencia donde vivía en Chile, se ofendía porque no le pagaban las charlas que él daba a los demás viejitos y que las enfermeras organizaban para satisfacer su necesidad de tener público. “¡A Umberto Eco le pagan 400 dólares por conferencia!”, me argumentó. Papá, no eres Umberto Eco, le dije. “¡Ya quisiera él!”, respondió. No era un chiste.
        Y tan seductor que, quienes lo conocieron, difícilmente lo olvidaron. Algunos lo odiaron, pero según papá porque eran “pobres bolsas” sin sentido del humor y celosos por sus esposas, que no le quitaban la vista de encima. Esto probablemente era cierto. Y un filósofo. Disfrutaba plantear dilemas morales imposibles, molestar a los puristas de la ética. A los puristas de cualquier cosa. Pero era tan sensible a la belleza que no podía aceptar la fealdad. Era un diletante, un dandy. Un hedonista.


        Con la vejez, cuando ya no era tan guapo, su simpatía se volvió excesiva, ávida, a veces molesta. Una vez, en un restaurante en Uruguay, agarró el tenedor del comensal de la mesa de al lado y, sin pedirle permiso, probó su comida, porque estaba considerando ordenar lo mismo. En Uruguay algunos lo despreciaron por “fascista”; años después, en Chile, me contó que lo tildaban de “comunista”. Pero él y yo sabíamos que no era ni una cosa ni la otra; sino un humanista. La verdad es que disfrutaba diciendo las cosas opuestas a las que tenía que decir y le divertían mucho las consecuencias, porque con ellas calculaba la inteligencia del otro. El que se ofendía, según él, era un idiota.
        Mamá y sus hijos manejábamos los daños. Lo censurábamos; sonreíamos para que los demás entendieran que él hablaba en broma. Pero era imposible contener su exuberancia.
        Papá era un insolente.
        Cuando era más joven y vivíamos en Caracas, sembró marihuana en el jardín, junto a la albahaca, para provocar al general de la Guardia Nacional que vivía al lado. Creció frondosamente, se volvió incontrolable. No la fumaba. Sólo le divertía muchísimo tenerla. 
        Le gustaba hacer entradas triunfales, a veces un poco ridículas, pero que casi siempre eran bien recibidas. Es que era simpático. En Montevideo, dos cineastas uruguayas lo contactaron para que fuera uno de los varios personajes de un documental sobre la tercera edad en el que estaban trabajando. Papá las conquistó al punto que la película, “La flor de la vida”, acabó siendo sobre él. Por cierto ganó varios festivales internacionales en 2018. Un día, en esa época, un grupo de señores hablaban de Hugo Chávez con algo de admiración. Lo invitaron a intervenir en la conversación porque él había vivido 50 años en Venezuela. “Lo siento”, respondió papá. “No me interesa la zoología”.
        Tenía esa velocidad, esa altivez.
        Despreciaba la pesca con caña. "No tiene nada de heroico", decía. En cambio él hacía pesca submarina con arpón. Capturaba langostas y las cocinaba en ollas de agua de mar que hervía en una fogata, cuando acampábamos por semanas en cayo Borracho, una isla desierta en el Caribe venezolano, en los años '70 y '80. En Playa Azul pescó una barracuda de más de un metro junto a un amigo italiano con el que se carteaba en latín por diversión. Mi interés en la mitología griega y romana se lo debo a él; casi todo lo que sé de historia, lo sé por él. Y por las precisiones que mamá le hacía y que él respetaba como quien escucha un oráculo.
        Era un aventurero y quería morir heroicamente. No lo hizo. Su mayor terror era morir como murió.
        Y muy vanidoso. Siempre resentido con un viejo compañero de la escuela de teatro, Vittorio Gassman, porque aparentemente el actor italiano, que a papá le parecía “muy serio y con cara de huevón”, conquistaba a más chicas que él en los años '50 de la Roma de la posguerra. Y luego, bueno, ya sabemos qué pasó.
        Así era Aldo Macor. Insoportable muchas veces, interesante siempre, divertido casi siempre; e intolerante a la estupidez y la solemnidad, por siempre.






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31 de mayo de 2020

La deliciosa pestilencia de Miami Beach



Publicado primero en Prodavinci.com

(Read it in English here)

Abril, 2020. En Miami Beach se cuelan personajes de la película anterior, la de antes de la pandemia, como extras de una cinta de acción que nadie quiere ver en un drama familiar. Ellos, con sus abdominales esculpidos por cirujanos plásticos. Ellas, con pestañas como tarántulas, uñas como guadañas y cejas de Beyoncé. Ambos han perdido su público y sobreviven a duras penas, asfixiados por un mundo que ya no es el suyo porque no hay nadie que lo venga a ver. Desde que Estados Unidos comenzó a reaccionar en marzo al coronavirus y Florida ordenó la cuarentena, la isla se convirtió en un escenario pastoril donde las familias recorren en bicicleta las calles vacías de coches, las parejas salen a patinar tomadas de la mano y los pajaritos cantan piezas que nunca habíamos escuchado. 

Miami Beach es una isla frente a Miami con 93.000 habitantes que les volteábamos los ojos a los siete millones de turistas que se hospedan aquí cada año y que sostienen su economía. El cielo solía estar surcado de avionetas con carteles publicitarios de fiestas de música electrónica y campos de tiro donde se pueden disparar fusiles semiautomáticos. Pero las playas son turquesas, tibias y gloriosas, y la policía tiene en su comisaría la escultura gigante de un flamenco rosado vestido de oficial, con un radio y el arma al cinto. ¿Cómo no perdonar esta ciudad?

Las calles costosas y las baratas se alternan como un damero, a veces con una cuadra de diferencia. De un lado hay viviendas de más de cinco millones de dólares y edificios con helipuertos; del otro, hacinados en pequeños apartamentos, están los latinoamericanos y europeos del este, muchos sin papeles, que se ganan la vida cocinando y sirviendo a los turistas que vienen al año a burlarse del estilo floridiano, desparpajado, festivo de vivir; y que en realidad es la vida de ellos, los de afuera.

Como los indocumentados no pueden conducir, porque no tienen licencia, muchos de los camareros, cocineros, aparcadores de coches y baristas de Miami Beach viven en la propia isla y prácticamente no salen de ella. Se mueven en bicicleta. Ganan alrededor de 700 dólares al mes, con suerte duplicados gracias a las propinas que en Estados Unidos son de un 20%. Ahora se han quedado sin trabajo y sin derecho a la salud, que igual ya no lo tenían y siguen sin tenerlo en plena pandemia. Le pregunto a Miguel, un barista guatemalteco de 33 años que no se llama Miguel, qué hará el mes próximo con la renta. “Pagamos marzo. Para abril nos van a tener que esperar”, cuenta. “Está muy feo. No podemos seguir así mucho tiempo”. Luego me pregunta él a mí: “¿Cuánto falta?”. No sé. ¿Semanas, meses?, le digo. Florida está reactivando lentamente su economía, pero ¿cuándo volverán los turistas a la playa, a visitar la casa donde Gianni Versace fue asesinado? 

La personalidad entre pícara y criminal de Miami Beach comenzó a formarse en los años 1920, cuando la isla era un paraíso para los contrabandistas que traían alcohol de Bahamas durante la Prohibición. Había que desarrollar hoteles a toda velocidad para atender la demanda de lugares donde parrandear y, por eso, el estilo de muchas construcciones es de un art decó modesto pero simpático. A mediados de siglo pasado, los ancianos judíos supervivientes de la guerra se refugiaron aquí, hasta que el narcotráfico los echó en los años 1980. Esa época quedó bien documentada en “Miami Vice” y “Scarface”. Hoy (bueno, ayer) los turistas suelen (solían) detenerse solemnemente frente a la escalera del edificio en Ocean Drive donde el personaje de Tony Montana se escapa de los narcos colombianos. Como si fuera histórico de verdad.




Luego vino el desarrollador inmobiliario Tony Goldman a comprarlo todo y pintar las fachadas art decó de colores pasteles entre los años 1980 y 1990. Por cierto es el mismo señor que revivió el Soho de Nueva York y convirtió Wynwood en el barrio artístico de moda en Miami. Gracias a su varita mágica pastelizadora, y en parte también al lavado de dinero que es motor del mercado inmobiliario del sur de Florida, la isla se convirtió en este pastiche rosa y neón que ahora es el hazmerreír del resto del país y al mismo tiempo destino turístico mundial.

En el paseo marítimo de Ocean Drive, normalmente hay miles de turistas sentados al aire libre, con una película de arena, sudor y salitre en las pieles tostadas, tomando cócteles en copas de medio litro cuyo precio luego protestan porque el camarero no les advirtió que costarían 50 dólares. Miguel y sus dos hermanos trabajaban en restaurantes allí. Pero, como son indocumentados, no tendrán beneficios de desempleo. Los 1.200 dólares que regala el gobierno tampoco serán para ellos, ni para los estadounidenses que tienen a un indocumentado en la familia. Es el caso de Juan, que sí se llama Juan. Es un salvadoreño de 30 años con la ciudadanía estadounidense. También trabajaba en un restaurante en Ocean Drive. Su esposa es inmigrante y no tiene papeles. Y el bebé de ambos es un estadounidense nacido aquí. Esa familia, por ejemplo, no recibirá el cheque con la firma del presidente Donald Trump. 

Les toca esperar que vuelvan la música, el bullicio, las bocinas; los vacacionistas pasándose los tragos de un coche a otro, las chicas haciéndole twerking a un poste de luz. Ahora sólo hay silencio. A veces zumba el motor de un Ferrari, un Porsche o un Lamborghini que atraviesa Ocean Drive a toda velocidad, haciéndose notar como una guacamaya en el Ártico. Un ritmo de hip hop sale de sus ventanillas abiertas y se pierde dos o tres cuadras después, sumido en el canto de los pajaritos, la soledad y la carestía. 

Así es el apocalipsis aquí. Un Lamborghini sin público y miles de inmigrantes en el umbral de la miseria, ambos hambrientos de la misma banalidad, añorando aquel delicioso olor a vómito, orina y empanadas de los domingos de mañana en Miami Beach. 





30 de mayo de 2020

The delicious stench of Miami Beach


Translated by Wendy Gosselin.


(Léelo en español aquí)

April, 2020. Here on Miami Beach, there are still a few odd characters who look like they’re in the wrong scene, maybe from the out-takes of a movie that wrapped right before the pandemic hit. Extras from an old action flick who seem to have wandered onto the set of the drama film now rolling on this island just across from Miami proper. The men flash abs sculpted by plastic surgeons; the women bat tarantula lashes beneath Beyoncé eyebrows, their fingernails sharp as scythes. But without an audience, they wander under indifferent palms, no one there to gaze at them. Since the United States finally kicked into gear to combat the coronavirus in March and Florida issued a shelter-in-place order, Miami Beach has taken on a bucolic charm: families zigzag down empty streets on their bicycles, couples rollerblade hand-in-hand, and birds sing tunes the ninety-three thousand of us who live here year round had never heard before.
Most of us residents cater to the seven million annual tourists who pump life into our economy. We’re used to tiny planes buzzing overhead, their waving aerial banners promising a beach rave or a shooting gallery where you can try your hand at a semiautomatic rifle. Here down below, the turquoise waters are glorious and warm, and out in front of the local police station is a giant statue of a pink flamingo in officer's uniform, complete with a walkie-talkie and holster. What’s not to love about this town?
The luxury condos on one street and run-down buildings just a block over form a checkered pattern. There are homes that start in the seven figures, mansions with rooftop heliports to beat the traffic. And then there are the tiny apartments overcrowded with mostly Latin Americans and Eastern Europeans immigrants, many of them undocumented. No one knows exactly how many undocumented immigrants live in Miami Beach, but Pew Research estimated that half a million were living in South Florida, mostly in Miami, in 2017. They try to eke out a living cooking, cleaning, and pampering the tourists who fly in for a few nights to enjoy the brazen, kicked-back party life, Florida style. All right, not really Florida style, it’s their style, the style the out-of-towners bring in with them.
Many of Miami Beach’s waiters, cooks, valet parkers, and baristas aren’t allowed to drive since undocumented workers can’t get a license in Florida. They get around by bike, and almost never leave the island. They earn about seven hundred dollars a month or, if they’re lucky, double that, with tips. Most are now jobless and have no access to healthcare—not that they had it before the pandemic. A 33-year-old man from Guatemala, Miguel (not his real name), muses on his rent: “We managed to pull it together for March but we haven’t paid our April or May rent. Things are bad. I don’t know how long we can hold out.” He wonders aloud how long the hiatus will last—weeks? Months? No one knows. Sure, Florida has slowly begun reopening its economy, but when will the tourists return to the beach? When will they crowd that stretch of sidewalk where Gianni Versace was murdered?




The naughty, even delinquent character of Miami Beach as we know it today took shape back in the roaring twenties when the island was a paradise for rum smugglers coming in from the Bahamas during Prohibition. Hotels had to be built quickly to meet the demand for places to carouse, and a line of pleasing but simple art deco buildings soon sprung up along Collins Avenue. By the mid-twentieth century, the beach had also become a refuge for Cubans fleeing Castro’s Cuba and for Jews both young and old, some of whom departed to beaches further north when a wave of drug crime hit in the 1980s. Back then, the island was infamous but also wildly sexy, thanks to Miami Vice and Scarface, where Al Pacino played one of the tens of thousands who came to Miami with the Mariel boatlift, joining their fellow Cubans in making Spanish the city’s unofficial first language. Today (yesterday, actually), tourists pause in front of the Ocean Drive building where Tony Montana rushes out to escape from the Colombian narcos, taking in the stairwell with due solemnity, as if in the presence of a relic.
Then came real estate developer Tony Goldman, buying up buildings in the 80s and 90s and painting them shades of pastel. This is the same Goldman who built up New York’s Soho and, more recently, made Wynwood Miami’s fashionable and edgy neighborhood for artists. Thanks to his pastel magic wand—and the money laundering that fuels the South Florida real estate market—the island was painted a neon-pink pastiche, a giant meme for the rest of America, a magnet for global tourists.
If all were well on Ocean Drive, thousands of tourists would now be sitting on sidewalk tables, a thin layer of sand, sweat, and salt water on their tanned skin, gulping down giant cocktails and rollicking with laughter until the check came, the waiter having neglected to mention that each drink costs fifty bucks. Until things shut down in March, Miguel and his two brothers worked at ocean-view restaurants on this stretch. Since none of them is documented, though, they don’t qualify for unemployment. Nor will they be getting that twelve-hundred-dollar check—just as Americans who have an undocumented family member won’t. That’s the case of Juan (his real name), a thirty-year-old man from El Salvador with U.S. citizenship. He also worked at an Ocean Drive restaurant; the child he had with his undocumented wife was born here in the States, but their family won’t be receiving the check that bears, in large script, President Donald Trump’s signature.
All Miguel, his brothers, and Juan can do is take the kids to Flamingo Park, where the immigrants out of work converge for respite, and wait. Wait for the music, the honking, and the noise to resume, for the vacationers to once again pass drinks from one car to another, for the girls to get back to twerking up against the lampposts. For now, all there is is silence, until out of nowhere an engine revs and a Ferrari, Porsche, or Lamborghini zips down Ocean Drive, as out-of-place as a toucan on a glacier. Hip hop blasts from their open windows, but two or three blocks later it has faded, leaving the streets to the chirping birds, the lonely extras, the dearth.
This is what the apocalypse looks like here. A Lamborghini that turns no heads and countless immigrants on the edge of abject poverty, all jonesing for that same bittersweet scent of puke, piss and Sunday-morning empanadas on Miami Beach.