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5/7/12

El collar de cuentas


Un jueves 7 de agosto apareció, en el rancho de los Sánchez, un hueco. Había surgido en medio de la sala y tenía un diámetro no mayor al de una mesa para seis personas. Por suerte la casa era espaciosa, aunque no lujosa, lo que les per­mitió adoptar el hueco como parte de la familia.

El hueco era negro y parecía muy profundo. Tanto que la familia Sánchez vio, al fondo, pequeños puntos de luz que parecían estre­llas. Era tan perfectamente circular que ninguno se explicaba cómo podía haberse recortado, como con la precisión de una segueta, el cemento crudo del suelo y lo que antes había debajo. En el techo también había aparecido otro hueco, justo arriba del hueco del piso y del mismo tamaño. La familia no escuchó nada durante la noche, todos tenían el sueño muy pesado.

Los Sánchez vivían en un valle de las afueras de la ciudad de Mérida, en Venezuela. Desde la carretera que bordeaba las laderas de las montañas andi­nas partía un sendero de tierra abierto por los caminantes que, al cabo de tres o cua­tro kilómetros, llegaba a casa de los Sánchez y ahí terminaba. Todo alrededor era pas­to de vacas y algunos peñascos regados por el valle. Desde la carretera se veía a lo lejos aquella casa como un punto lejano, rodeado de pequeños puntos móviles: ésos eran los niños y las gallinas. A medio camino corría, sobre un lecho de piedras, el río Chama, que formaba por ahí pequeñas pis­cinas donde la familia se bañaba y de las que Juvencia Sánchez robaba el agua que acarreaba, en dos grandes baldes, hasta la cocina. El agua era todo. Las gallinas eran buena parte del resto. Los domingos, Florentino Sánchez iba a un mercado en Mérida para intercambiar sus artesanías hechas en cuernos de vaca por frutas y verduras. 

Florentino y Juvencia habían construido su casa sabiendo que, de aparecer un eventual dueño de esa tierra, nadie podría privarlos de ella. Los niños en ese entonces eran dos. Cuando apareció el hue­co eran ya seis; los cuatro mayores, varones, y las dos chiquitas, mellizas. Don Sánchez había cubierto el suelo de tie­rra con un cemento crudo que Juvencia hacía relucir con sebo de vela hervido en vinagre. Las cuatro paredes, de bahareque, barro y cubiertas de cal, se levantaban apenas lo necesario del suelo para no darse cabezazos con el techo de ma­de­ra. Salpicadas, sin proporción, sólo algunas estampitas religiosas daban co­lor a las paredes. No había adornos sino instrumentos. Les habían robado la puerta, de modo que quedaba un agujero por el que entraba el frío seco de la montaña. La cocina era un pequeño y oscuro cuarto al fondo, apartado del resto del hogar por una entrada inde­pen­diente. La casa consistía sólo en un gran espacio separado en dos por una cortina flo­rea­da y desteñida. Al otro lado de la cortina había una serie de colchones sobre el suelo, cubiertos de decenas de mantas, donde dormía la familia entera. Del lado del fren­te estaba la mesa con burdas sillas alrededor y se erigía el pequeño taller de don Florentino. A un costado, donde debía haber una sala, estaba el hueco.

El día que apareció el hueco, todos se reunieron a su alrededor y se quedaron mirándolo sin decir nada. Florentino Sánchez trajo una pequeña piedra del patio y, en cu­clillas, la dejó caer en él. La familia aguardó, ladeando sus cabezas hacia la oscuridad y haciendo un túnel con las manos alrededor de las orejas. Se sintió el silbido de la piedra atravesando el aire, pero ningún sonido les per­mitió inferir la profundidad.

–Qué talento el del hueco éste– dijo Juvencia al fin, cuando se incorporó para juntar los huevos y preparar el desayuno. –Florentino, hágame el favor de reparar esa vaina para que no se nos caigan los muchachos ahí dentro, por el amor de dios. Habráse vis­to, semejante gobierno.

Florentino dedicó el día a parapetear el techo con retazos de plástico y construir un pequeño cerco alrededor del hueco que protegería a los niños y a las galli­nas. Lleno de curiosidad, volvió a lanzar piedras que no escu­chó caer. Pensó que si encontraba una laja lo bastante grande podría tapar el hueco con ella, pero necesitaría la ayuda de sus vecinos para transportarla. Los vecinos vi­vían al otro lado de la loma. Se asomó a la teórica puerta y miró la loma. Ir y volver le tomaría dos días, de modo que desechó aquella idea. No tardó en percibir que el hueco absorbía los objetos. Cuando él se asomaba, podía sentir un ligero vien­to que provenía del fondo y que parecía succionarlo. Si amarraba una piedra chica a un cordel y la hacía girar fuera del hueco, ésta tardaba unos minutos en apaciguar su movimiento. En cambio, sobre el hueco, el cordel se tensaba y la piedra dejaba de girar en el acto. Los niños miraron el proceso mudos y estupefactos.

–A la mierda– dijo Florentino por fin, estrenando su voz ya al final del día.

Cuando se reunieron a cenar, los niños los bombardearon a preguntas. ¿Quién puso el hueco ahí? ¿Y por qué? ¿Por qué en nuestra casa? ¿Adónde llega? ¿Qué tan pro­fundo puede ser un hueco? Florentino y Juvencia improvisaron respuestas para no desestimular su curiosidad, como les había aconsejado la trabajadora social.

–Lo puso Dios, mijitos –decidió por fin Juvencia–, lo puso Dios y me dijo que cuando uno de nosotros se muera, lo tiráramos ahí. Ahora váyanse a acostar.

Ante tan incuestionable contestación, los niños obedecieron. Del otro lado de la cortina los Sánchez escucharon que sus hijos, alborotados, hacían apuestas y pro­po­nían juegos en torno al hueco.

–Que no los vea yo jugando con el hueco porque les zampo una paliza que se la van a contar a sus nietos– vociferó Juvencia. Luego, en voz baja, le dijo a Florentino:

–¿Y?

Florentino se levantó de la mesa como si cargara un morral pesado en la espalda y comenzó a desvestirse. Antes de atravesar la cortinilla, se dio vuelta y la miró.

–¿Y, qué?

Juvencia terminó de levantar la mesa y apiló los platos que lavaría al día siguiente. Después se asomó por el cerco que había fabricado su marido y miró el hue­co. No vio los pequeños punto de luz que se divisaban durante el día.

–Ay, ánimas benditas del purgatorio.


***


En los dos días siguientes, Florentino tuvo que recuperar el tiempo perdido por­que debía acabar de lijar las piezas que llevaría el domingo al mercado. De modo que no prestó atención al hueco y menos aún su señora, quien ya tenía bastante con aca­rrear el agua, lavar la ropa, limpiar la casa, bañar a los niños, alimentarlos y cuidar que no se mataran entre ellos. Sin proponérselo, todos continuaron con su rutina; de hecho Florentino pensó en colocar la mesa sobre el hueco para no desapro­ve­char aquel espacio. Pero a Juvencia no le pareció prudente la idea.

En la tarde del sábado, como en todas las tardes, los dos se sentaron al frente de la casa a esperar el ocaso que venía sin previo aviso y caía en un parpadeo. Tomaban infusión de limoncillo y Florentino escupía tabaco. Vieron acercarse a una persona que poco a poco adoptó la forma de la trabajadora social. Al reconocerla, los niños corrieron a saludarla y reclamarle los chocolates que ella siempre les traía.


Llegó agotada, rodeada por los pequeños que la atacaban a preguntas. Florentino los alejó chasqueando los dientes e invitó a sentarse a la muchacha mientras Juvencia fue a calentar más infusión. Estaba fresco y la trabajadora social pronto se enfriaría con el sudor pegado al cuerpo, y eso no era bueno.

–¿Decidieron qué van a hacer con los niños?– le preguntó la trabajadora social a Florentino, apremiada porque el año escolar comenzaría en dos meses.

–¡Juvencia!– gritó Florentino encauzando su voz hacia la cocina–. ¡Pregunta que qué vamos a hacer con los niños!

Juvencia se tomó su tiempo, se sentó en su lugar y le ofreció la taza humeante a la muchacha. Era una chica joven, bonita, que no entendía nada; pero ellos le tenían cariño. A los Sánchez les parecía delgada y frágil y sus manos huesudas les daban lástima. Tenía un cabello ondulado, largo y pardo, que se colaba entre los lentes diminutos.

–La escuela está muy lejos y yo no tengo tiempo de llevarlos y traerlos. Cuando sean más grandes irán por su cuenta.

–Cuando sean grandes los más pequeños, los grandes van a ser adultos– replicó la trabajadora social.

–Entonces los adultos me llevan a los pequeños y sanseacabó. O usted me los lleva. Si usted, que anda todo el día pacá y pallá, me los lleva, yo no tengo problema.

La trabajadora sonrió. No entendía por qué aquella gente construía casas tan apartadas si después les tomaría tanto trabajo ir y venir del pueblo y ni hablar de la ciudad. Esa casucha ahí, en medio del valle, de la nada, no tenía sentido. Si algo le ocurría a alguien, aun suponiendo que llegara a tiempo a la carretera, no encontraría transporte hasta el poblado más cercano. Muchos de sus problemas no existirían si ellos no hubieran construido tan lejos.

–¿Lejos de qué, mija?– le preguntó Florentino riendo a carcajadas.

–De la ciudad, don Florentino, al menos del pueblo, donde hay una escuela y un hospital y todo lo que necesite.

Florentino escupió y luego miró hacia el río y más allá, hacia el valle tan verde que dolía en los ojos, hacia las montañas con sus picos nevados y su abrumadora grandilocuencia.

–Aquí hay lo que necesito–, dijo. –En el pueblo, de todos modos, la escuela no importa y el hospital no sirve– terminó.

La trabajadora social sonrió de nuevo. Don Florentino tenía razón: era de todos sabido que la escuela no estaba inscrita en el registro del ministerio y que el hospital no tenía ni alcohol.

–Mire, mija– interrumpió Juvencia. –A ver si usted sirve para alguna cosa y nos dice qué hace uno cuando aparece un hueco en la casa de uno.

Florentino asintió, complacido.

La trabajadora social no comprendió la pregunta.

–Pues venga y vea.

Los Sánchez la llevaron hasta el hueco cercado burdamente con varillas de madera. La muchacha les hizo las mismas preguntas que les habían hecho dos días antes los niños, pero los Sánchez sólo se encogieron de hombros. Repitieron las pruebas de las piedras en el vacío y del cordel en tensión e invitaron a la muchacha a asomarse, pero ella prefirió salir de la casa, mareada.

–¿Y?– le preguntó Juvencia siguiéndola –¿dónde protesta uno para que le arreglen el piso?

Comenzaba a anochecer y la trabajadora debía irse, su auto la esperaba al borde de la carretera. Prometió que haría algo al respecto y marchó con paso rápido, esquivando los pequeños charcos y con la sospecha de que no sería prudente confiarle el asunto a nadie.

–Fin de mundo, Florentino. Se nos espantó la carajita.

–Así se deja de joder.

Al día siguiente, Florentino no habló del hueco en el mercado. No por reserva sino porque lo había olvidado. Cuando cargó sus bolsas con las legumbres, lo alcanzó, jadeante, la trabajadora social, que llevaba un vestido holgado y una minúscula cartera cruzada en el torso. Le propuso que enviaran a la escuela a sus dos hijos mayores, que ya cumplían doce años uno y diez el otro, bajo la promesa de que éstos le enseñarían a leer a los más pequeños quienes, al crecer, también acudirían. Y ella se comprometía a verificar la asistencia y el comportamiento de los muchachos.

Florentino le comunicó el ofrecimiento a su mujer quien, admitiendo que esos niños ya estaban grandes e iban y venían del pueblo sin problema, aceptó a regañadientes. Los críos le servían en casa para ayudarla a cuidar a los más pequeños, pero por otra parte la trabajadora tenía razón: tal vez servía de algo que fueran a la escuela, después de todo.


***


Durante los dos meses que siguieron no ocurrió nada en la familia Sánchez que interrumpiera su rutina. Los niños se cuidaban bien de acercarse al hueco so pena de palizas inenarrables, mientras que a las mellizas, en cambio, no hubo necesidad de amenazarlas. A pesar de su corta edad, el vértigo que sentían en la proximidad del hueco las hacía retroceder aterrorizadas. Juvencia, por su parte, no tardó en utilizarlo para desechar los residuos y deshacerse del polvo de tierra que reunía con la escoba.

–Vas a terminar tapándolo de basura– le decía Florentino sonriendo.

–¿Y qué? De aquí a que se llene se lo cuento a los ángeles.

Desde el punto de vista de una familia que no tenía baño y que debía caminar tres kilómetros hasta la carretera para dejar la basura en un lugar accesible a los recolectores, un hueco así era una verdadera solución.

Al comenzar las clases, en octubre, los Sánchez tuvieron oportunidad de arrepentirse de haber hecho caso a la trabajadora social. En menos de dos semanas la casa se les llenó de niños que iban a ver el hueco del que tanto fanfarroneaban los pequeños Sánchez, ávidos de aceptación en el nuevo grupo de amigos. Al cabo de un mes comenzaron a llegar los padres de esos niños y Juvencia se encontró a sí misma atendiendo a la visita y ofreciendo infusiones a diestra y siniestra. Debía lavar los pocos tazones de que disponía al menos cuarenta veces al día y refunfuñaba porque el agua que traía con tanto esfuerzo no le alcanzaba para nada. Las mujeres le preguntaban dónde quedaba el baño y Juvencia señalaba el río, con una vergüenza que nunca había sentido antes. 

Cuando volvió la trabajadora social, acompañada por un inspector que deseaba ver el hueco del que se hablaba en todo el estado, le costó encontrar entre la multitud a los dueños de casa. Se respiraba el olor a sudores fríos, secados y absorbidos por los suéteres de lana. La gente se agolpaba temerariamente en torno al hueco y sólo algunos, al detenerse frente a él, hacían el silencio de la reverencia. Ciertas familias aprovechaban el paseo para hacer un picnic en los alrededores de la casa; de allí provenía un bullicio del que sólo se atrapaban comentarios sueltos sobre el hueco, agudos chillidos de niños y decenas de radios que competían por la supremacía del volumen.

La trabajadora social entró a empujones y halló a Florentino quien, colapsado, protegía su cerco de los curiosos. Supo por él que Juvencia se afanaba en la cocina. Las personas lanzaban piedras y hacían un corto silencio llenado con risas al cabo de unos minutos. Luego salían a fumar. A los Sánchez no les gustaba que las gallinas picotearan las colillas.

La trabajadora social fue hasta la cocina y ayudó a Juvencia con los tazones sin decir una palabra, mientras el inspector, con su libreta en la mano, apartó del tumulto a Florentino para interrogarlo. A don Sánchez no le costó responder a las preguntas iniciales, respectivas a la locación y fecha de aparición del hueco, pero le siguieron otras más complicadas.

–¿Sabe que albergar una oquedad no registrada en su residencia puede ser ilegal?

–Ilegal es que el gobierno me abra un hueco en la casa– replicó Florentino.

–Responda con sí o no.

–¿Cuál era la pregunta?

El inspector, fastidiado, pasaba a la siguiente:

–¿Tiene usted un seguro para los visitantes?

–Seguro que se van a ir de aquí o los echo a patadas. Ya le dije a doña Juvencia que no los atendiera más.

–Un seguro de vida.

–Si ellos no están seguros de su vida, eso no es problema mío.

El inspector escribía NO en el cuestionario y pasaba a la siguiente pregunta.

–¿Desde qué punto de vista planea explotar turísticamente la oquedad? Elija una opción: Científico. Religioso. Vertiginoso (usted entiende, los deportes de alto riesgo pueden encontrar acá un nuevo incentivo). Continúo: Alternativo. Turístico.

–¿Deportes de qué?

–Dígame, don Sánchez, sinceramente: ¿tiene algún plan para el hueco?

–Sí– contestó Florentino, contento por comprender al fin.

–¿Cuál?

–Taparlo con aquella piedra que está allá– dijo señalando la ladera de una montaña–, ¿la ve? ¿Cree que el gobierno me ayude a traerla?

–Esto no es un problema del gobierno.

–¡Cómo! ¿No lo pusieron ellos aquí?

–Este hueco es problema suyo.

Don Sánchez sintió de repente que se quedaba sin piso. Si el gobierno no se responsabilizaba, entonces ¿a quién reclamar?

–¡Juvencia!– llamó. –Usted no habrá puesto ese hueco ahí para recibir visita, ¿no?

–Disculpe, señor Sánchez– interrumpió el inspector –Los huecos no se ponen. Se abren.

Florentino le dio la espalda, entró a la casa furibundo y echó a gritos a los curiosos que se sacaban fotografías haciendo morisquetas y balanceando los pies por encima de la cerca. Tardaron, pero salieron protestando por sus derechos. Sólo quedaron los Sánchez y la trabajadora social. El inspector se marchó con el gentío.

–En cualquier momento llegarán los japoneses– dijo, críptica, la joven. –La noticia de su hueco llegó a Caracas y les aseguro que ya se deben haber preparado paquetes turísticos para venir a verlo. También habrá masas de psíquicos y adivinos que vendrán a justificar sus predicciones. Ustedes necesitan ayuda.

Juvencia y Florentino cayeron agotados sobre sus respectivos asientos, agradeciendo en silencio a la joven. Doña Sánchez suspiró cuando percibió que el suelo estaba cubierto de colillas y faltaban algunas estampitas de las paredes. En ese momento lo que más deseaban los Sánchez era tapar ese hueco que hasta entonces no les había molestado en lo más mínimo, pero adivinaban que si colocaban la piedra como querían, los curiosos, con la impunidad que otorga la multitud, la apartarían para mirar abajo de ella. La trabajadora social se acariciaba la barbilla con la mano y caminaba como una paloma enérgica alrededor del hueco. Los lentes le brillaban y sus ojos, tras ellos, parecían titilar. Tenía el cabello revuelto y las mejillas enrojecidas por el frío y la conmoción.

–Usted me va a abrir otro hueco alrededor del hueco– le dijo Florentino.

–Primero que nada, hay que reforzar el cerco. –Dijo ella sin hacer caso–. Hacer uno de hierro, más alto y con barrotes más unidos. Después tenemos que edificar una pared y abrir otra puerta lateral para aislarlo: así los turistas entrarán a verlo sin tener que molestarlos a ustedes. También tenemos que construir un gallinero, vi cómo otros niños correteaban a las pobres bestias. El estrés puede endurecer la carne ¿cierto?

–¿El qué?

–Después tienen que preparar un texto, un folleto tal vez, que los libere de repetir la historia cientos de veces–, prosiguió la trabajadora social, demasiado enfrascada en su propio discurso para explicarlo. –También podríamos poner varios carteles a lo largo de la carretera que digan, por ejemplo, a medida que se avecine la entrada a este valle: HUECO A 100 MTS. No crean que es fácil llegar acá.

–Hay huecos cada cien metros en la carretera– rió Juvencia.

–Se aclarará. HUECO INFINITO A 100 MTS. –insistió la muchacha, dibujando un rectángulo imaginario con las manos para hacer ver a los Sánchez la magnitud del cartel. –Y– continuó, – finalmente, deben cobrar una entrada, con lo que recuperarán los gastos que les haya causado todo esto y además ganarán dinero. Puede ser positivo, créanme. Podrán comprarse una mula, un caballo tal vez, sus niños llegarán más pronto a clase. Las mellizas se encargarán de vender las entradas en la puerta y los varones mantendrán el orden de la fila.

Florentino y Juvencia se miraron aturdidos. Desconocían  la envergadura de una masa turística ávida de novedades y, por lo que alcanzaban a comprender, les parecían exageradas las previsiones de la muchacha. Ellos no pensaban ganar dinero. Sólo deseaban librarse de las personas que le impedían a Florentino trabajar con sus cuernos de vaca y obligaban a Juvencia a traer agua del río varias veces al día.

–Eso también puede aclararse– apuntó, exaltada, la trabajadora social. –En los folletos y en el cartel de la carretera se puede añadir una nota que diga algo como: se ruega a los visitantes traer su propia agua para beber.

–Ay, no, mija. El agua no se le niega a nadie.

Ya había anochecido y los niños dormían. Desde hacía dos semanas se acostaban sin hacer berrinches, fatigados por la actividad de aquellos excitantes días. 

–Por supuesto– prosiguió la trabajadora social–, yo les libraré de todo esto. Ustedes sólo díganme si desean que lo haga y me encargaré de la pared, de los carteles, del folleto y de todo lo que haga falta. Cobraré sólo un cuarenta por ciento de las ganancias.

–Eso es mucho, mija– dijo Florentino mostrando los dientes con picardía.

La trabajadora social se sonrojó.

–Veinte.

–Así está mejor. Nosotros ponemos el hueco y usted lo demás.

Hecho el trato, los Sánchez invitaron a la muchacha a pasar la noche en la casa pues ya era tarde para ella. Le dieron el colchón más mullido y un buen atado de mantas porque el frío que se colaba por la teórica puerta estaba arreciando.

Los sonidos agazapados de la noche se hicieron sentir cuando los Sánchez se durmieron. Ninguno de ellos roncaba; se oía el canto gorgojeante de cigarras y sapos que, desde el río, delimitaban su espacio. Al fondo un murmullo constante, como el zumbido marino de un caracol. La trabajadora social se incorporó. El ronroneo se escuchaba apenas. No era el Chama. Si movía un músculo, perdía la concentración y el ruido desaparecía. Sin embargo ahí estaba de nuevo. En cuclillas, se acercó al hueco y permaneció quieta a su lado, protegida por el cerco. Jadeaba. Era un ruido tubular, un poco metálico, indescriptible para el vocabulario humano.

Hechizada, la futura agente turística se adormeció con el encantador ronroneo. Percibió que un vaho cálido provenía del hueco: era la brisa ligera que don Sánchez dijo haber sentido ascender desde él. Se durmió escribiendo en el aire el texto del folleto.

A la mañana siguiente, la trabajadora social se despidió prometiendo que comenzaría los trabajos. En sólo diez días, aseguró, estaría todo listo y Juvencia podría recibir a la mismísima reina de Inglaterra si era necesario.

–Florentino, vea si me puede hacer unos veinte tazones con sus cuernos –, dijo Juvencia.


***


Tal vez no a la mismísima reina de Inglaterra, pero sí a buena parte de la farándula mundial, incluidos presidentes, ministros y obispos, debió Juvencia invitar un té de limoncillo. 

La casa había cambiado poco, pero la organización era mayor. La trabajadora social se encargaba de organizar las visitas grupales y había contratado baquianos que, con sus burros y mulas, llevaban a los turistas a través del valle hasta el hueco. No se permitía la entrada a más de diez personas por vez y las colas llegaban a veces hasta las orillas del Chama.

El dinero que ahorraba la familia Sánchez fue guardado bajo los colchones del cuarto. Florentino le armó a su esposa un caño que canalizaba agua desde el río hasta la cocina. El baño les siguió pareciendo inútil y la nobleza europea debió aprender a pelar el trasero entre las grandes piedras que bordeaban el río. Algo cambió en la vida de los Sánchez, pero no de manera drástica. La única gran compra consistió en una vieja mula, como había vaticinado la trabajadora social, útil para transportar a los niños a una escuela que de todos modos no importaba. Florentino siguió trabajando en el taller, pero ahora vendía mucho más caras sus artesanías sin moverse de su casa.

Cuando se anunciaba que alguien importante iría a ver el hueco, se restringían las visitas. Entonces una legión de policías acordonaba la zona y los mismos Sánchez debían identificarse ante ellos cada vez que salían de su casa. Visitaron el hueco científicos y pseudo científicos, todos con argumentos igualmente refutables. Tanto geólogos y astrónomos como astrólogos y ufólogos se rascaban la cabeza, completamente atónitos. Los primeros llegaban con extraños instrumentos que nada medían. Los Sánchez no podían comprender las teorías que éstos exponían sobre la no existencia de aquello que no era nada. Por otra parte, los ufólogos y religiosos se conformaban con darle sentido al hueco mediante hipótesis tan vagas que ni los Sánchez dejaban de ridiculizar.

–Es sólo un hueco raro, mijo– decía Juvencia a todos. Los científicos sonreían con su orgullo herido, conscientes de que, en el fondo, la ignorancia de la señora Sánchez no distaba mucho de la de ellos.

También venían muchos hippies de todas partes del planeta. Los Sánchez estaban acostumbrados a esa raza: las montañas estaban plagadas de ellos. Eran los mismos que ponían carpas en los valles y luego llegaban a la casa castañeteando los dientes y suplicando por una taza de té caliente. Comían hongos, tenían pelos largos y se vestían de manera extraña. Todos llevaban vestidos floreados, colas de caballo, pulseras y collares. Sólo a ellos los Sánchez les permitían acampar cerca de su casa, incluso a veces los dejaban entrar a la cocina para que prepararan sus mejunjes. Parecían respetuosos, no se tomaban fotografías y eran muy agradecidos. Pero hablaban un lenguaje incomprensible.

–¿Qué energía sienten ustedes desde que está el hueco?– les preguntaban.

–La única energía acá es la de la mula– respondía Florentino, golpeándose los muslos con las palmas de sus dos manos mientras reía divertido.

–Yo lo que siento– decía otra –es como si algunos duendes diminutos que estaban atrapados en el centro de la tierra hubieran por fin encontrado el camino de salida. Pero no podemos verlos porque pertenecen a otra dimensión.

–Sea quien sea– terminaba Juvencia, –tiene que dar la cara y repararnos el piso. Si querían poner un hueco, podían ponerlo fuera de la casa ¿no?

Los japoneses no tardaron en llegar. La trabajadora social tenía razón: eran como langostas. No atendían al hueco sino que sonreían detrás de él y frente a la cámara. Los dos niños mayores se habían encargado de juntar piedras que acumulaban en pequeños montículos cerca de la casa: así los turistas podrían percibir por sí solos la profundidad del hueco. Los japoneses, en cambio, traían sus propias piedras de porcelana y hierro que contenían una caja de resonancia miniaturizada capaz de hacer retumbar el sonido de una caída a miles de metros de distancia. No había nada insondable para ellas, decían. Pero en el hueco no se oían caer.

Los alemanes, en cambio, se sorprendían más por el paisaje que por el hueco, interesados por la forma de vida de la familia Sánchez. Los norteamericanos le ofrecían a Juvencia convertir el hueco en merchandising. Juvencia reía, pero a todo se negaba. La familia Sánchez sólo aguardaba, ansiosa, que la moda del hueco pasara pronto.

Hacía ocho meses que se había comenzado a explotar turísticamente el hueco y hasta los niños estaban ya aburridos de él. Juvencia hacía lo posible por recuperar su vida, pero era difícil no toparse con un curioso en su casa que buscara un baño o agua fresca. Florentino se preocupaba a su vez por el pasaje del río y la debilidad del puente le hacía temer un desastre. El Ministerio de Turismo había dedicado un gran presupuesto a promocionar el hueco, pero se desentendió de la infraestructura que lo rodeaba.

Al cabo de un tiempo apareció un señor muy bien trajeado y con un papel en la mano: decía que era el dueño del hueco. El papel lo confirmaba. El Dr. Ruperto Zucchini, que así se llamaba este señor, era regordete y bajo, casi enano, de aspecto roedor. Cubría la media calva peinando hacia arriba sus pocos cabellos engominados. Llevaba un pesado reloj de oro y un insólito anillo de graduación en sus gruesos deditos. Sus mejillas se enrojecían al menor movimiento y llegó a la casa en un mar de sudor. Los Sánchez supieron que, varios meses atrás, el Dr. Zucchini había registrado el hueco y esperado luego el momento de mayor auge para proceder al reclamo. Le pedía a la familia una indemnización y reclamaba para sí el usufructo de la oquedad.

–Mire, doctor– dijo Florentino, –si esta tierra no es suya, ese papel está equivocado.

–Cierto– corroboró, irónico, el Dr. Zucchini –la tierra no es mía, pero el hueco sí. En el hueco no hay nada, de modo que todo lo que lo rodea, puede usted quedárselo. Pero las ganancias que se hayan obtenido con el hueco me pertenecen.

–Pues aunque la tierra no sea mía tampoco, yo mando acá. Así que decida usted si se larga o se tira en su hueco, que es todo suyo.

El Dr. Zucchini no tardó en volver con un abogado y los Sánchez debieron darle el dinero que escondían bajo los colchones. La trabajadora social, convertida en dama de beneficiencia, participó a voluntad en el pago de la indemnización. Eso les permitió a Florentino y Juvencia retener algo para construir una pequeña cabaña cercana a la anterior. Ahora querían que la trabajadora social se arreglara sola con el Dr. Zucchini y con todos los turistas del mundo.

Cuando, días después, los Sánchez habían comenzado la construcción de la casita lateral, llegó azorada, a caballo, la trabajadora social. Venía agitando un diario por los aires y, con la respiración alterada, les leyó la noticia de que había aparecido un hueco idéntico, del mismo diámetro y con las mismas características, en Bali.

–¿Y eso qué es, mija?

–Una isla al sur de Japón.

–Ay, qué bueno, mija. Así tienen su propio hueco y no vienen más para acá.

–Dice el artículo que no se sabe desde hace cuánto tiempo está el hueco ahí. Un grupo de turistas mochileros lo descubrió en medio de la selva y lo denunció al pensar que se trataba de un cañón de misil. Pero no. Es idéntico a éste. Tiene puntitos de luz en el día que se apagan en la noche. Dicen que suena igual al de ustedes y que tiene el mismo viento cálido.

–Me parece muy bueno.

La trabajadora estaba sobreexcitada. Nadie sabía el significado de aquellos dos huecos. También en aquellas tierras los científicos habían enviado sondas, aparatos extraños que debieron retornar, calcinados por el calor del centro del planeta, sin encontrar el fondo. Ninguna investigación, por millonaria que fuera, despejaba las dudas sobre el hueco.

–¿Y por qué creen que son dos huecos distintos?– dijo Florentino. –Para mí que es el mismito hueco. ¿Dónde queda eso?

La trabajadora social tomó prestada la pelota de los niños y les dibujó un somero mapamundi. Cuando acabó percibió que en efecto Bali, si la había dibujado correctamente, era la antípoda de Venezuela.

–Es el mismo hueco– susurró la trabajadora social, asustada por el descubrimiento del señor Sánchez.

Pero ese descubrimiento ya lo habían hecho los científicos cuando decretaron el hueco Patrimonio de la Humanidad y neutralizaron con ello las ambiciones del Dr. Zucchini, quien partió a registrar el nombre Macdonald en un atolón deshabitado en el Pacífico. Ahora los dos huecos, o el gran hueco, no era de nadie. Ya no se podía cobrar entrada y pronto el dinero no bastó para amansar a los turistas, que comenzaron a probar la potencia de sus autos de tracción en el valle, destruyendo el pasto, despistando a las vacas y alardeando frente a los Sánchez, que los miraban espeluznados ante tamaña vulgaridad.

Florentino y Juvencia se dedicaron a la construcción de su nueva casa, que decidieron levantar a un kilómetro de la anterior, más arriba en la montaña para que nadie tuviera la voluntad de ir a molestarlos. Su rancho se había convertido en un observatorio astronómico improvisado que mantenía "estricta reserva", como les gustaba decir, sobre sus operaciones.


***


Poco tiempo duró el observatorio. En la noche del 1° de diciembre del siguiente año, un inmenso y brillante cilindro surgió del hueco, destruyendo la casa, y emergió desde la profundidad de la Tierra hacia el espacio exterior. Los Sánchez, por primera vez en sus vidas, se preocuparon por comprar diarios y pedirles a los niños que leyeran las noticias. Al parecer, los científicos no podían discernir dónde terminaba el cilindro, que era blancuzco, irrompible, inofensivo y de un material, parecido al plástico, desconocida para ellos. Lo habían fotografiado con potentísimos telescopios, pero el tubo se perdía, turgente, en la inmensidad de la noche sin que se vislumbrara su fin. Lo mismo ocurría en Bali: el cilindro atravesaba la Tierra de parte a parte por su centro a través del hueco, sus cabos se perdían en el infinito y los astrónomos no habían podido prevenir el fenómeno ni explicarlo.

Dos semanas después se hizo pública la noticia de que un enorme cometa, también ensartado en el inmenso cilindro que atravesaba la Tierra, se dirigía hacia ella en un choque inminente. Destruir al astro antes de que colisionara no era una opción: su explosión crearía una onda que recorrería el cilindro y se expandiría por todo el planeta. Sin explicación aparente, el gran cometa había reducido su velocidad a medida que se acercaba a la Tierra. Los astrónomos calculaban que, en lugar de un choque propiamente dicho, ocurriría un empate que, más allá de los desastres climáticos y la extinción de millones de especies, entre ellas la humana, no provocaría mayor desgracia.

Los Sánchez sólo escuchaban las noticias referentes a su hueco, a su cilindro y al cometa que también estaba ensartado en él; ajenos a la ola de suicidios que mermaba la población mundial.

–Juvencia– dijo Florentino, sentado en el patio de su nueva casa. Escupía tabaco en dirección al valle y miraba el cilindro que se proyectaba hacia el cielo desde el hueco –Fíjese usted, qué talento. La gente armando todo este alboroto y lo único que pasa es que alguien está haciendo un bonito collar de cuentas con nosotros.

–Sí, mijo. Menos mal que nos mudamos. 

9 comentarios:

cactus dijo...

Buenísimo Leila!!! Besos grandotes, M

Lulu dijo...

Me gustó muchísimo, Gracias!!! que final tan poético....

Victor dijo...

Fantástico y llama a la reflexión. Me encanta como escribes. Valió la pena tanta espera para esta nueva entrada. Hasta la próxima, éxitos!

Santiago dijo...

eh, em, esperaba al final algo así como cuento ganador del concurso literario "Habia una vez..." Realizado en venezuela en marzo de 2012

Leila Macor dijo...

Hola Santiago, de hecho sí ganó un concurso una vez, el primer premio de la Fundación Neoana de Monagas, en Venezuela, en 2007. Saludos!

Santiago dijo...

ja, mi intuición masculina no falló esta vez
Felicitaciones, por escribirlo, es un lindo cuento.

Franco (@fvidiella) dijo...

Excelente!

Rubén Prado dijo...

La urbe nos hace rememorar, volver al rupestre campo.

María Victoria Salas Lozano dijo...
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