´

24/12/12

¿De qué se ríen los venezolanos?

Often, what happens to art makes more point than the art itself
Jayan Rajan 

Foto tomada de La Patilla
De que le han arrancado al bebé. Pero casi me gusta más. ¿Un monumento a la Paternidad en Venezuela? Por favor. Seamos realistas. Ahora, el monumento a la Paternidad en Ciudad Guayana representa, con su demoledora semiótica, la nación improvisada que somos, definida por la frivolidad, la deshonestidad y el vandalismo. Un niño arrancado de las manos de su padre, para vender su peso en bronce. No hay imagen que simbolice mejor la cultura del saqueo de los venezolanos.

La Paternidad, una escultura de 800 Kg de bronce y 3,5 m de altura que muestra a un hombre alzando en brazos a un bebé, fue develada en 1992 en “la explanada del Papa” de Ciudad Guayana, en el estado Bolívar. (No en 1985, como está reseñando la prensa). El escultor es mi padre, Aldo Macor, quien acaba de cumplir 84 años y vive su retiro en Montevideo. Yo era adolescente cuando papá trabajaba para aquella obra, presencié con hartazgo su proceso creativo y, como buena joven rebelde y malagradecida que era, no quise ir a su inauguración porque estaba harta de oír hablar de ella.

9/12/12

¿Autorreferencial, yo? ¿Yo?

Ciertamente, ando un poco (bastante) autorreferencial, pero una tampoco edita libros todos los días y estoy encantada con la edición de Puntocero de "Nosotros los impostores", además de muy halagada por el paseo en los medios que di la semana pasada en Caracas. Un poco menos halagada, no obstante, por el ataque al hígado que me hizo perder 2 kilos en 8 horas, producto del agua tropical y/o del Baileys vencido de mi hermano.

30/11/12

"Nosotros los impostores" se imposta otra vez

Ya sé, ya sé. Créanme que cuando la publicación del último texto de mi blog data de hace más de un mes, me convierto en una recriminación con patas. Pero algo saldrá -seguro- muy pronto, a raíz de mi próximo viaje a Caracas, adonde iré a presentar la semana que viene una edición "venezolana" de Nosotros los impostores.

12/9/12

La perpetua insaciabilidad de tequeños*

Cuando los venezolanos en el exterior expresamos nuestra nostalgia por los tequeños, nos miran con extrañeza. Cierto, son sabrosos, pero tampoco son gran cosa, vistos desde afuera. Una masa de harina de trigo envuelve un trozo de queso anodino y se come como una empanadita frita, de cerca de 1,5 cm de diámetro y 5 o 6 cm de largo. Una nadería. Cualquier gourmet preferiría comer, como entrada, camarones al ajillo o dedos de mozzarella empanizada. 

Lo que no saben los extranjeros es que los venezolanos nos hemos criado bajo el signo de una perpetua insaciabilidad de tequeños, que explica nuestra devoción. 

23/8/12

No te fumes ese joint: estoy hasta la madre*

Partida de la Caravana de la Paz. Detrás de la valla, Tijuana.
Del lado de acá, San Diego. Los mexicanos se despiden.
Cualquier persona deseosa de abrazar una causa humanitaria express decide fácilmente dejar de usar zapatos Nike en protesta por el trabajo esclavo en Asia. O bien puede abstenerse de comer animales que son tratados con crueldad. Pero estos activistas del foie gras no son tan rápidos a la hora de dejar de fumar marihuana u oler coca porque detrás de su diversión haya más de 50.000 muertos en México. ¿Por qué? ¿No leen las noticias? ¿Nada les hace clic?

Quienes nunca han probado drogas, tal vez no entiendan la diferencia entre un consumidor recreativo y un drogadicto. Bien, es la misma entre quien toma una copa de vino en una cena y un alcohólico. Nunca me opuse al consumo recreativo, como concepto, de drogas blandas. Mi rechazo vino luego. Llegó un momento, durante el manejo cotidiano de la noticia como editora de una agencia de prensa, en que validar un despacho cada día sobre los muertos en México comenzó a convertir las drogas en un producto demasiado macabro para invitarlo a una fiesta. A menos que sean de cosecha propia o el consumidor conozca su origen.

31/7/12

El Guasón de Colorado*

Al día siguiente, una mujer compraba un rifle para su hija de unos siete u ocho años, en la misma tienda donde el Guasón había adquirido las armas con las que mató a 12 personas durante la noche. “Éste es muy grande para ti, cariño, vamos a buscarte otro”, dijo la madre, con una voz muy dulce, como si estuviera comprándole los zapatos de la primera comunión. Yo temblaba cuando saqué la foto a escondidas, tras un anaquel de la tienda, y sólo conseguí esta toma desenfocada. Lo último que quería en la vida era enfurecer a una señora que le compra armas a sus hijos como rito iniciático.

Estaba en la anodina ciudad de Aurora, en las afueras de Denver, la capital de Colorado, un estado del centro-oeste que aloja las Montañas Rocosas y donde las mayores actividades al aire libre son la caza y la pesca. Me había enviado AFP para cubrir el tiroteo y llegué en la mañana del viernes 20 de julio, 10 horas después del ataque. La ciudad parecía desierta, no sé si por efecto de la tragedia o porque estos suburbios gringos no suelen ser muy vitales, menos bajo 40 grados a la sombra. Muy pocos autos tenían que ser desviados de la avenida que pasa frente al cine, clausurado en un cordón policial que tomaba una manzana. En el estacionamiento, cientos de periodistas habían montado campamento y, bajo toldos de campaña, ya estaban transmitiendo hacía horas.


16/7/12

“¿Quieres tener hijos?”

“¿Quieres tener hijos?”. Pum. Así nomás. La pregunta vino justo después de “mucho gusto”, de parte de un tipo que definitivamente no quería perder el tiempo conmigo.
Ahí estaba yo, pues, de golpe, relatándole los quehaceres de mi fecundidad a un desconocido. Lo conocí en un sitio de citas online. Nos reunimos a desayunar. (A los gringos les encanta conducir 40 minutos y pagar 20 dólares por un par de huevos revueltos con tocino y pan tostado.) Cuando llegué, él ya estaba sentado. Era músico, como todo el mundo en Los Ángeles. Buen lector, con pensamiento científico y sentido del humor. Mi mente iba haciendo check, check, check. Pero cuando se puso de pie, resultó ser un gigante. No un tipo alto cualquiera: un Gigante de más de dos metros. Un hombre que habrían quemado en la Edad Media; que sembraría el terror en Perú. Podía matarme con una sola mano sin ningún esfuerzo. Y yo no quiero salir con alguien que puede matarme con una sola mano y sin esfuerzo. Me gustaría que le costara al menos un par de horas. 

5/7/12

El collar de cuentas


Un jueves 7 de agosto apareció, en el rancho de los Sánchez, un hueco. Había surgido en medio de la sala y tenía un diámetro no mayor al de una mesa para seis personas. Por suerte la casa era espaciosa, aunque no lujosa, lo que les per­mitió adoptar el hueco como parte de la familia.

El hueco era negro y parecía muy profundo. Tanto que la familia Sánchez vio, al fondo, pequeños puntos de luz que parecían estre­llas. Era tan perfectamente circular que ninguno se explicaba cómo podía haberse recortado, como con la precisión de una segueta, el cemento crudo del suelo y lo que antes había debajo. En el techo también había aparecido otro hueco, justo arriba del hueco del piso y del mismo tamaño. La familia no escuchó nada durante la noche, todos tenían el sueño muy pesado.