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16/11/11

Real Science (o cómo superar una prueba de estrés)

–Where did you park?

–Near the entrance.

–What entrance?

Esos son mis momentos de pánico cotidiano. Yo había ido, tan desatenta como si fuera al cine, nada menos que al estadio de los Dodgers, una construcción esquizofrénica con múltiples y colosales entradas donde caben 56.000 personas sin apretujarse. Había terminado el partido entre los Dodgers y los Phillies, que me sirvió al menos para habilitarme un exquisitamente mugriento hotdog, y ahora no tenía ni siquiera una sutil intuición de dónde estaba mi auto. Mis amigos se miraron con pánico (otra clase de pánico) y, muy amablemente, me llevaron a recorrer los alrededores de todas las entradas del estadio con la esperanza de que se activara mi suspendido sistema intuitivo. Pero ir de una entrada a otra era un viaje de 15 a 20 minutos por una maraña de autopistas que me parecían todas iguales. Era como si la Caperucita Roja quedara atrapada en las cuadriculadas pistas de las motos de luz de Tron.

7/11/11

El olvido por decreto

Olvidar algo a la fuerza es una pretensión tan absurda. Como si te quisieran convencer de que no tienes hambre mientras sientes tronar tu estómago. Como cuando te piden que actúes con naturalidad y lo único que consigues es perder la noción de dónde poner las manos. Como cuando un ginecólogo se te acerca con un pinza del tamaño de una tijera de podar y te dice “no te asustes”. Como cuando te advierten “no mires, no mires… a tu izquierda hay un flaco desnudo con un florero en las pelotas”. (Te dije que no miraras). Es imposible. Los reflejos son por definición mucho más eficientes que la razón, torpes, desconfiados y, ante todo, sumamente indisciplinados.

Por ejemplo, hay que abandonar un recuerdo mucho mucho, urgente. Ya. Esa es la decisión racional, la búsqueda deliberada de una emoción lógica. Pero es todo lo que necesita el instinto (¿o el inconsciente? no sé, yo no hablo Freud) para enviar una contraorden y activar en el pensamiento la reacción opuesta. Comienza entonces un desesperado combate contra el olvido impuesto por decreto, como el que libran Jim Carrey y Kate Winslet en Eternal Sunshine of the Spotless Mind, uno de los cuentos de amor más lindos de Hollywood. La película tiene una premisa delirante, pero en el fondo muy simple: basta que nos exijan que desarraiguemos una experiencia para que le crezcan raíces hasta China. Si el mandato es vaciar la memoria, es porque algo debe permanecer. Funciona en la política, en la Historia y en lo emocional. Al menos así lo entiende la intuición. Por eso el Olvido es un bichito desobediente, que germina si le da la gana, se reproduce por generación espontánea, se instala donde se le antoja y muere cuando lo mencionan. Sólo en una cosa es predecible: si le piden que aparezca, corre aterrorizado a ocultarse bajo la cama, aferrándose como una garrapata al recuerdo que se niega a destruir.