´

16/11/11

Real Science (o cómo superar una prueba de estrés)

–Where did you park?

–Near the entrance.

–What entrance?

Esos son mis momentos de pánico cotidiano. Yo había ido, tan desatenta como si fuera al cine, nada menos que al estadio de los Dodgers, una construcción esquizofrénica con múltiples y colosales entradas donde caben 56.000 personas sin apretujarse. Había terminado el partido entre los Dodgers y los Phillies, que me sirvió al menos para habilitarme un exquisitamente mugriento hotdog, y ahora no tenía ni siquiera una sutil intuición de dónde estaba mi auto. Mis amigos se miraron con pánico (otra clase de pánico) y, muy amablemente, me llevaron a recorrer los alrededores de todas las entradas del estadio con la esperanza de que se activara mi suspendido sistema intuitivo. Pero ir de una entrada a otra era un viaje de 15 a 20 minutos por una maraña de autopistas que me parecían todas iguales. Era como si la Caperucita Roja quedara atrapada en las cuadriculadas pistas de las motos de luz de Tron.

–Think, Leila, think.

–I’m thinking! –mentira, no estaba pensando, yo sabía que sería imposible.

–Try to remember!

–I can´t!

–Did you see that tree? Does it sound familiar? That billboard? That house?

A la gente que no se pierde le es imposible entender que perderse consiste precisamente en que nada resulte familiar. Me sentía como el muñequito de Google Street cuando lo agarran con el mouse y lo sueltan a su suerte en cualquier parte del mapa.

–I remember that cat…

Porque, además, los que nos perdemos solemos fijarnos en referencias móviles. “La tienda está frente a un auto rojo”. “La escuela queda al lado de la pelota”.

–Was it a narrow street? Was it wide?

–I don´t recall!

Mis amigos son encantadores, pero tarde o temprano iban a perder la paciencia. Así que fue una larga noche que terminó cuando, hartos de mí, me llevaron a casa sugiriéndome que siguiera al otro día con un taxi. Obedecí, por supuesto. Soy una distraída dócil. La mañana siguiente, luego de llamar a la eficaz oficina de transporte para asegurarme de que no hubieran remolcado mi auto con su eficacia, pedí un taxi.

–We are going to the Dodger Stadium –le dije al taxista con mi acentuado inglés.

–Which entrance?

–I don´t know. You just drive around until we find my car.

No fui muy específica porque la experiencia me ha demostrado que explicar esta clase de cosas es inútil: la gente no consigue comprender en qué consiste vivir desorientado. Para algunos la vida es muy simple: ven el sol y sacan sus conclusiones. A mí el sol me parece una estrella adorable, pero no me informa nada. Da nociones muy complejas.

Pero el taxista detuvo el coche, se volvió hacia mí, me miró fijamente con sus helados ojos azules y, con voz muy grave, me dijo:

–Listen, I´m Russian.

¿Era una amenaza? ¿Sería que a los rusos no les gusta la vaguedad? Los personajes de sus novelas siempre tienen como diez nombres, esta gente debe de ser todo menos imprecisa.

–I came four years ago –siguió–. I know what this is about. Don´t worry. I´ve been trhu this. We are gonna find it.

(Cuando encontramos el auto una hora después me puse tan feliz que le di una esplendorosa propina de la que todavía me arrepiento.)

Más tarde, paseando por el Hollywood Boulevard, me metí en la iglesia de Cienciología porque un tipo en la calle ofrecía unos “free stress tests” que no podía ignorar. Te hacen sostener unos cilindros de metal, conectados con un cable a una máquina parecida a las que usan los mecánicos para medir la potencia de una batería, pero del tamaño –y el aspecto– de un viejo tocadiscos. Si la aguja se movía para allá, es que estaba estresada, si se movía para acá, es que no. Agarré los cilindros, uno en cada mano. Sentado delante de mí, el señor, que parecía en vestimenta y actitud un visitador médico, comenzó a preguntarme cosas sobre mi vida privada. Le conté el episodio del auto porque me parecía divertido, pero no se rió. La he intentado varias veces y no es una anécdota que le haga gracia a los gringos. Las cosas de los “losers” no les dan motivos para reírse, a menos que seas un “winner” rememorando un pasado difícil.

Durante mi narración, el cienciólogo me señaló la aguja de la máquina, según la cual yo estaba tan estresada como una batería nueva.

–You are stressed –me informó. Acababa de llegar a Los Ángeles. Era como si me anunciaran “tienes el pelo castaño”.

–How does it work? –le pregunté. –Are the cylinders measuring my blood pressure?

Me miró muy ofendido.

–No! –gritó–. This is Science!

–I’m talking about science! What’s more scientific than blood pressure?

–No, no! This is Real Science.

En conclusión, antes de echarme del edificio murmurando improperios porque le había hecho perder el tiempo, me dijo que para acceder a su Real Science había que comprar, para empezar, un libro de 30 dólares sobre la “dianética”. Su autor, Ron Hubbard, es un hombrecito vanidoso y acomplejado que, luego de fracasar como escritor de novelas de ciencia ficción, improvisó con éxito una rentable secta que llamó Cienciología. El concepto es simple: la Dianética es la base de esta post-teo-pseudociencia según la cual, si pago el dinero suficiente, podría perder el auto un día y superar cualquier prueba de estrés al día siguiente. Tentador. No les digo. Estos gringos tienen una solución para cada problema. 

15 comentarios:

Victor dijo...

Jua jua jua...que encantadora historia, je je je...realmente me imagino la situación y me da mucha gracia. Poco a poco irán dándose cuanta de cómo acotar tus despistes, mientras, muy importante que tomes puntos de referencia geográficos :-)
Me encantó lo de la prueba de estrés, lo dejaste estresado a él jua jua jua!! Bien hecho :-D ...y chica, ¿tu has visto Tron? WoW!!¿Por qué estás tan lejos? Bueno, saludos y gracias una vez más por compartir tus historias geniales. Éxitos, no te pierdas ;-)

jimeneydas dijo...

Es que hay muchas maneras de perderse:

1) No sigues el camino indicado, pero llegas a donde te dirigías;
2) A pesar de seguir el camino y todas las señales, no llegaste a tu destino, pero no hay problema, regresas sin más por donde viniste;
3) No sigues el camino ni llegas a tu destino, pero puedes desandar lo recorrido y volver al inicio;
4) No tienes ni la más pálida idea de dónde estás, ni cómo llegar a donde te diriges, y mucho menos de cómo llegaste a donde te encuentras ni de la forma de regresar!
Cualquier estudiante de arqueología te pueda dar anéctodas de cada una, aún contando con mapas, foto aérea y aún GPS, jeje

ednaleah2 dijo...

Hola Leila... muchos saludos y un fuerte abrazo.... todo eso porque estás muy lejos o a lo mejor quien está lejos soy yo que estoy en esta Venezuela...
Te comento que yo me considero la más atipica de las ingenieras porque en realidad soy bastante distraida, para conseguir un sitio al que ya fui debo ir muchas veces más y por el mismo camino, para poder aprendermelo, nunca cuento un vuelto, nunca reviso la mercancia, para hacer mercado necesito una lista y en fin pequeñas cositas así... Pero tuuuuuu, para ser periodista te pasas de distraida... Más el cuento fué como siempre hecho a la altura de tu gracia para narrar tus cosas.

Anónimo dijo...

Muy, muy bien... Esa ironia tuya es un himno.
Y, algo que me encanta, es saber que esa distración tuya no es una fantasia novelesca.
Es de ti...proprio proprio.

Anónimo dijo...

Muy, muy bien... Esa ironia tuya es un himno.
Y, algo que me encanta, es saber que esa distración tuya no es una fantasia novelesca.
Es de ti...proprio proprio.

Anónimo dijo...

Estupendo! Soy una desorientada habitual y no creo que podre lograr entender este aspecto cientifico. De igual manera mi esposo estodounidense no puede concebir que no he logrado superar este aspecto de mei vida. Continua compartiendo tus ideas. La lectura no requiere orientacion, sino concentracion. Que maravailla! Verdad? Un saludo

Anónimo dijo...

Leo tu blog desde que vivía en Las Palmas, Islas Canarias, y ya me gustaba... ahora vivo en Kingston, Ontario, Canadá, y sigo leyéndolo... vas de strength en strength que dirían los anglosajones...

Un saludo y no pierdas las buenas mañas.

Alfa Segovia de Stanley dijo...

¡Estupendo relato! Lo único que le faltó fue algún fragmento de la letra del tango "Desencuentro" de Aníbal Troilo(música) y Cátulo Castillo (letra) El "desencuentro" de ellos es existencial, pero se empieza por el tuyo:
"Estás desorientao y no sabés que trole hay que tomar para seguir..."
Perderse es tal cual lo relatás. De jodido para arriba. Menos mal que diste con el ruso.

Leila Macor dijo...

Bueno, gracias. Qué bueno que hay otros desorientados que no saben qué trole tomar. Igual prefiero tomar uno equivocado que perderlo.

Nicolás Nunca dijo...

Bueno, resulta que me encontré con un librito tuyo...acá en mis pagos...
"lamentablemente estamos bien"
Es correcto , el título?
No te enamorés de Uruguay eh?
Un abrazo de años luz.

Nicous

Leila Macor dijo...

El título de hecho es incorrecto, debería haber sido "Lamentablemente, estamos bien" -con coma-, como me indicó un purista luego.
Respecto al paisito, ya a estas alturas no importa si me gusta o no. Es mi casa y es donde está mi gente. Saludos!

[H] dijo...

muy gracioso, tenia mucho tiempo sin pasar por aqui, al leerlo me recordo mucho un episodio de Seinfeld donde Kramer (alguien muy parecido a ti, jajaja,mentira) pierde su coche en el estacionamiento ...

Leila Macor dijo...

Sí, yo también me acordaba de ese episodio. Creo que vi todo Seinfeld de principio y a fin al menos 20 veces. besos!

Anónimo dijo...

genial

Anónimo dijo...

genial