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1/5/11

El cuento del mal escritor (cuento*)


 Domingo.

Esta mañana hice mil mandados para evitar el momento de sentarme a escribir, como si le hubiera rogado a los quehaceres que excusaran mi mediocridad.

El lunes termina el plazo de entrega para el concurso de cuentos y todavía no he escrito ninguno. Aquel sobre el profesor de inglés que le daba clases a las alumnas que asentían, no resultó. Me gustaba la idea del hombre solitario enfrentado a un público más sabio que él, pero no supe caracterizarlo sin insertar mi retrato en el texto.

Creo que no soy escritor. Ayer, cuando volvía de la editorial, sólo quería dedicarme a escribir, pero una vez que estuve frente a esta máquina ni una idea brotó de mis manos. Es como si me hubieran dado la pasión de Poe y el talento de una morsa para escribir. Puedo redactar correctamente, pero no surgen historias hilvanadas y, cuando asoma alguna, no la puedo plasmar sin que el cuento sea aburrido hasta para mí mismo.


Sí, porque al revisar mis cuentos yo mismo me aburro y no los termino de leer, me duermo con mis páginas entre las manos y, minutos después, despierto sumergido en una tristeza muy dócil.

Tal vez lo único que puedo hacer con mi facultad para redactar es lo que hago ahora: corregir estilo y redacción. Corrijo a consagrados escritores. Cometen cientos de errores que yo no habría cometido de haber sido lo suficientemente inteligente para escribirlos.

Pero no soy lo suficientemente inteligente. Soy obrero en una gran construcción. Nunca llegaré a ser el arquitecto.


Domingo. Noche.

Pensé escribir sobre aquellos viejos que vi en la Rambla el verano pasado. Como tiene una locación montevideana y es un cuento melancólico, tal vez le guste al jurado. Recuerdo bien aquella pareja que como dos elegantes buitres pasó delante de mí y se sentó en un banco frente al mar. Él se apoyaba de su bastón con la mano derecha y de ella con la izquierda. Ella era un poco más ágil y más joven. Sus miradas se sumergieron en el movimiento de las olas. Se desentendieron de la actividad frenética de bicicletas y jóvenes que había entre la playa y el banco donde descansaban; miraban la línea del horizonte y aguardaban la inmersión del Sol como se aguarda un estallido de fuegos artificiales, expectantes, como queriendo guardarla celosamente en la memoria. Como si no atardeciera todas las tardes.

Yo estaba en mi banco, escuchando a Caetano en el walkman y persiguiendo alguna idea para un cuento que pudiera emerger de algún recoveco de mi imaginación. Nada emergió esa vez ni ninguna otra. Al cabo de cuarenta minutos, lo sé porque llevaba la cuenta del tiempo dándole vuelta al cassette, la vieja se puso de pie y ayudó al hombre a incorporarse. Se dieron un beso tierno en las mejillas, ella extendió la palma de su mano y peinó al viejo el poco cabello que el viento revolvió otra vez, ofendido. Él le hizo una caricia y se despidieron. Ella caminó hasta mí, cruzó la Rambla y tomó la avenida. Él, frente al banco en el que había estado sentado, la miró hasta que fue absorbida por una esquina. El viejo estaba de pie y creo que quiso sentarse, sin lograrlo; volvió su mirada al mar y así permaneció hasta que le di vuelta al cassette.

No sé si el viejo recordó algo de repente u olvidó algo de repente, sólo vi que hizo un gesto de asombro, observó ambos lados de la Rambla, se miró los zapatos, miró su bastón y pareció perdido como si lo hubieran abandonado allí. Se encogió de hombros y comenzó a alejarse por el lado contrario del que había tomado la mujer. Con frecuentes pausas caminó a lo largo de la Rambla, lo miré hasta que fue un punto muy pequeño y lo perdí entre los demás puntos.

Calculo que debe haber perdido la memoria en pocos segundos, como un flash que le encandilara el camino recorrido. Calculo que no reconoció el mar y olvidó que su mujer volvería a buscarlo cuando terminara de hacer los mandados.

Puede ser también que fueran amantes, viejos amantes que desde muy jóvenes se vieran a escondidas, entre sábanas pagadas por hora y disimulos bajo la mesa. La edad había transformado aquella pasión en un amistoso paseo ocasional por la Rambla que a nadie escandalizaba y cada vez se despedían como lo habían hecho durante tantos años, con la nostalgia del amante que vuelve a casa encubriendo sus olores.

También puede ser que tuvieran cincuenta años de casados, hubieran evaluado sus vidas y, pensando que no sería tarde para reiniciarlas, decidieran separarse; no sin antes rendir tributo al mar, testigo de su amor antiguo.

Lo más probable es que hayan acordado que mientras uno hacía un mandado, el otro haría otro para encontrarse luego al cabo de una o dos horas. Sí, eso sucedió y no merece ningún cuento. Ya se terminó el domingo y no fui capaz de comenzar un cuento hoy. Sólo me quedan las noches de la próxima semana y el fin de semana siguiente para idear la historia, escribirla, corregirla y enviarla al concurso el lunes. Eso si entre una corrección y otra no me quedo dormido.


Lunes. Noche.

No sé por qué me preocupo tanto por enviar un cuento al concurso si sé de antemano que no lo ganaré.
Hay tantos escritores tan buenos, tantas imágenes tan precisas que ellos logran describir, metáforas fulminantes que hablan de lo inmetaforizable como si cada recodo de la existencia fuera un poema subterráneo. Yo no puedo.

Hace un rato traté de escribir el cuento de los viejitos, pero me quedé en la anécdota. Un cuento no es una anécdota, debe conmover, debe abrir ventanas para hacer respirar al lector el perfume de la cotidianidad. Los viejitos existieron y, sin embargo, contados por mí son una gran mentira. ¿Por qué a otros escritores se les pueden creer las exageraciones más fantásticas y a mí no me resultan verosímiles dos viejos de mierda mirando al mar?

No sé por qué me preocupo tanto por enviar un cuento al concurso si sé de antemano que no lo ganaré.


Martes. Noche.

Queda muy poco tiempo y los viejitos son más lánguidos en mi cuento que en la vida real, como si bordear las teclas fuera para ellos una carrera de obstáculos insalvable. Un amigo poeta me decía que nunca utilizara la palabra "como". Decía que la luna era un queso, no que era "como" un queso. Que había que enfrentar la escritura así, con verdades devastadoras como espadas y no con la timidez de una comparación.

Trato de no escribir "como", como si fuera una grosería impronunciable.

Los viejos no avanzan pero he decidido que, si voy a escribir un cuento, será ese. No tengo tiempo para idear ninguna otra historia y pienso que hay algo interesante en ésta, no sé qué, la ausencia de un final, tal vez. Si pudiera localizar aquella pareja y preguntarle qué hacían ellos ese día en la Rambla, por qué se separaron, me darían el cuento completo y yo podría limitarme a la descripción.

Es tarde y pienso que no vale la pena esforzarme por este concurso. Ya habrá otros y tendré tiempo de sobra para enviar mis textos.


Miércoles. Mediodía.

Esta mañana decidí que no puedo ser tan cobarde. Debo enviar mi cuento al concurso y debo ganarlo y justificar con ello mi desprolijidad, mi irritabilidad, mi odio por mis alumnas de inglés. Comprendí por qué quiero ser escritor: porque es lo único que puedo llegar a ser. Si ni siquiera soy escritor, entonces ¿a qué viene esta barba ridícula que me empeño en dejar crecer? ¿A qué viene esta soledad, esta incapacidad de estar a dos metros de una mujer? La felicidad en mí es patológica y los éxitos se me han centrifugado y yo, mi centro, me voy quedando con una sonrisa harapienta, una caja de cigarros y tres tazas de café al día como único divertimento. Si yo fuera escritor, ah, si yo fuera escritor. Mi introversión sería un lujo; mi timidez, un recurso; mi fealdad mi arma.

Por eso quiero ser escritor. Es lo que le dije al Director esta mañana, cuando le pedí que me adelantara tres días de mis vacaciones. Ahora seré libre hasta el domingo, llamaré a las alumnas de inglés para que no vengan el viernes en la noche y me encerraré en casa hasta el lunes en la mañana, cuando entregaré mi cuento y volveré al trabajo.

Después debo cortarme el pelo y comprar algo de ropa para que la premiación no me tome desprevenido. Trataré de ir al dentista porque mis caries son capaces de hacerme una mala pasada justo ese día. El público, al verme, no dudará de mi perspicacia y todos hablarán conmigo prestando atención a cada palabra que pronuncien. Con recelo, con esmero. Yo les seguiré el juego, repetiré sus últimas palabras pensativamente, haciéndoles creer que hay algo en ellas que me ha conmovido.


Jueves. Noche.

Ayer escribí toda la tarde y parte de la noche y hoy hice otro tanto. Me detuve sólo para comer. De vez en cuando tenía que levantarme de la silla para caminar porque se me congelaban las manos, el frío penetraba por las ranuras de la ventana y me entumecía los dedos. Sin embargo es poco lo que hice. Escribía una palabra, buscaba un sinónimo, la dejaba. Me venía una comparación así como me viene un orgasmo, para sentir después el mismo desamparo. El cuento está escrito pero le falta agudeza y belleza, ahora acabo de leerlo y me dormí un rato antes de terminar.

Tengo una tristeza muy dócil, dócil como el pozo en el que me encuentro hoy.

Me abraza con amor mi pozo, me envuelve y quisiera dejarme arrebatar por él, romper la soga que me ata a la superficie, acuclillarme, chuparme el dedo y sentir calor.
 
Creo que si todos los cuentos que se enviaran al concurso fueran míos, lo declararían desierto.


Viernes. Noche.

He decidido hacer de los viejos una pareja de amantes. Los vuelve más escabrosos y a la vez se hacen hermosos en ese amor solapado, ese amor de hotel. Quise que hablara ella:

“Anoche soñé contigo. Yo casi te había olvidado, pero qué bien te recuerda mi inconsciente. Tu beso suave que acariciaba mis labios como el mar lame la orilla, tus manos rugosas que me envolvían como la arena a un guijarro. Quisiera hoy recordar por última vez esa suavidad que percibí durante muchos años a cuentagotas. Si desandara el tiempo no cambiaría mi vida porque sólo como tu amante he podido amarte siempre. Hoy nos veremos por última vez en nuestro mar, sé que morirás pronto y yo debo dejarle a tu esposa, a mi amiga de siempre, el privilegio de un dolor privado. Debo alejarme como lo he hecho hasta ahora, simular inquietud por tu salud y no esta pesadumbre que me desarma. Esta carta será tuya y será mía cuando todos hayan muerto, amor.”

Es poco lo que sé de amor y menos de amor de hotel, igual. Si hubiera viajado, si hubiera vivido, si me hubiera acostado con muchas mujeres, incluso con algunos hombres. Si hubiera zozobrado alguna vez, si el azar me hubiera estremecido. Pero no conozco la desesperación, la euforia, el amor loco, la desfachatez adolescente.

No sé cuándo pensé que yo podía ser escritor. Hoy es un afán como para un niño lo es ser bombero. Pero el niño tiene tiempo de elegir, de cambiar de opinión, de decidir que será arquitecto. Yo, en cambio, necesito un epitafio que me justifique. Ser escritor es lo único que adornaría mis huesos.


Sábado.

Ayer tuve que salir a caminar en la noche porque sentía miedo acá en casa. Me desperté sudando bajo las cuatro frazadas y todos los temores se hincaron sobre mí en un torbellino. No sé cuánto duró ese humor, tal vez segundos o tal vez horas. Me vi atropellado por un auto, hecho picadillo por una licuadora, comido por un tiburón. Las alucinaciones más extravagantes se recrearon en el aire y yo grité de tal modo y tanto tiempo que mi propio grito me espantó a mí y a mis fantasmas, que huyeron.

El pánico es una traición de la cotidianidad.

Luego lloré como un bebé. No sé por qué lloraba pero no me es difícil sospechar el motivo. Tomé mi saco y salí a la calle en busca de algún bar abierto donde comprar cigarrillos. La neblina no permitía ver más allá de una cuadra y el frío se embutía bajo mis ropas. Bebí varias grappas, el bar estaba a oscuras y se acodaban primitivos alcohólicos en la barra. Eran casi todos adolescentes. Personajes terroríficos; son los bufones de la sociedad: intolerantes e intolerables. Pienso que notaron mi llanto y se rieron de mí, como si tuvieran la certeza de que yo era inofensivo.

Soy descaradamente inofensivo. Los niños y los animales lo notan de inmediato.

Decidí que no soy escritor ni tengo por qué forzarme a serlo. Hay mucha gente que es feliz sin serlo ¿por qué yo no? ¿Por qué no busco una esposa y me dedico a cortar el pasto de alguna idílica casa de verano?

Qué lástima que perdí tres días de mis vacaciones en esta tonta carrera.


Domingo. Madrugada.

Mañana será la entrega de los cuentos. Todavía están allí los borradores corregidos del mío, creo que estoy a tiempo de revisarlo por última vez e ir preparando las copias y los sobres. Aún debo pensar en un seudónimo. ¿Edgar Allan, tal vez? ¿Don Quijote? Tiene que ser algo serio, llamativo, intelectual. En traje de luces iré a recibirte, fama, y estaré apoyado en el nombre del mejor.



Domingo. Mediodía.

¿Estarán los demás concursantes en el mismo estado que yo, o para ellos será lo más natural ir mañana al periódico y entregar sus sobres, como si estuvieran pagando la luz? ¿Cómo serán los otros cuentos?


Domingo. Noche.

He releído mi cuento. Es un insulto para aquellos ancianos que caminaban por la Rambla como arquetipos.
¿Dónde reside el talento, entonces? ¿Qué rincón de mi cuerpo ocupa, qué debo ejercitar, a quién debo acudir?

Hay talento dentro de mí, sé que como un avieso enano se esconde y lo hace por diversión. Me hace jugadas como los duendes escandinavos y debo llamarlo por su nombre para hacerlo aparecer. ¡Rumpelsztilzien! ¡A ti te invoco, putañero desalmado!

Tengo todas las características de un buen escritor excepto una buena historia que contar y la capacidad para hacerlo.

Ojalá haya alguien en este mundo que pueda considerarme escritor a pesar de eso, con una sola persona me bastaría para levantarme de mi pozo y andar, como Lázaro, y asustar a mis monstruos y ser el fantasma de mis fantasmas.

Yo solo no puedo. 



(*) Este cuento recibió una mención en el Concurso de Cuento Breve  del diario El País y la Editorial Banda Oriental, en Montevideo, 1997. Luego Banda Oriental lo publicó en una compilación de cuentos ganadores y mencionados de ese concurso, titulada "La confesión de Johnny". (Es el título del cuento ganador, de Carlos María Domínguez).

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15 comentarios:

Juana Gris dijo...

Me gustó mucho y me hace gracia que yo quise escribir un cuento muy parecido! Pero como no soy escritora, nunca lo hice ;)
Seguí publicando amiga.

Leila Macor dijo...

Je, claro, es la clase de cuentos que salen de la procrastinación! Gracias Juanita

Menosquemarx dijo...

Me alegro de poder leerte de nuevo.
Gracias.

PonchoMaster dijo...

Leila, este cuento está de verdad genial... Tocaste una fibra extremadamente sensible en mi ser, pues me vi parcialmente retratado, como el escritor frustrado que soy.
Con la sentencia: "Tengo todas las características de un buen escritor excepto una buena historia que contar y la capacidad para hacerlo", me identifiqué por completo, tanto que juraría haberla diho yo... Por favor, Leila, amenázame para no robármela :-D

Poncho.
ponchomaster@gmail.com

Leila dijo...

Puedes usarla! Pero respetando el crédito ;)
Saludos

Anónimo dijo...

¡Bienvenida! Es bueno leerte de nuevo y saber de vos.

Como corresponde acabo de escribirte un largo comentario,que expresaba directamente lo que senti al leer tu último cuento...y al pasar a la fase "elegir una identidad" (eso me recuerda un poco a aquellos libros "elige tu aventura"..pero bueh..).Intenté dejar de ser "anonimo" y ahi le erré ampliamente,ya que todo mi mensaje se borró.

Asi que aqui vamos de nuevo,desde el anonimato. El blog es como la vida misma,en fin.

Lo primero que noté fue que esta es la primera vez que no te puedo imaginar como la heroina (en sentido heroico,claro) de tus historias y me sorprendí al encontrarme conque habias creado un nuevo personaje.

Hay momentos dentro de "el cuento de los viejitos" que me parecieron francamente poeticos y hermosos,otros graciosos.

También vi que rompistes varios moldes,además de tu personaje,el tiempo es algún momento del pasado,cuando aún se usaban los cassettes (es eso o a tu personaje le gustan las cosas antiguas,todo puede salir de la imaginación de esta niña).

Me gustan mucho esas puertas que dejas entreabiertas,como pistas de una gran trama,de un gran misterio que en el fondo esperaran ser descifradas,anhelantes,tal vez, de ser descubiertas.

El personaje tiene una profunda ternura,es muy dificil no identificarse con alguno de sus sentimientos,dudas y vivencias.

También supongo que debo agradecerte que ahora ya puedo agregar la procastrinación (¿a que suena elegante?)a mi colección de afecciones.

Algunas frases son tan certeras que duelen. Creo que la de "tengo todas las caracteristicas..." es digna de Groucho Marx y me hizo reir muchisimo.

Me gustan mucho esas peliculas (ahora sobreexplotadas como idea) el estilo "fake" documental....algunas que te siembran una pequeñisima duda que te hace correr a internet(no sin cierta inquietud) para corroborar la veracidad de los terribles hechos mostrados en el film (léase aliens,brujas,monstruos,politicos,etc.)



Asi que la posdata,digamos,a tu cuento me hizo pensar un instante en la existencia de ese protagonista/hombre/escritor...

Luego de unos segundos y sonriendo,me sentí envuelto por la calida certeza de que todo ese micromundo que habia visitado unos momentos antes,venia del alma y la mente de una maravillosa/mujer/escritora.



Asi que felicitaciones !! y como dije es muy bueno saber de vos.
Un gran abrazo de tu fan (anónimo obligado por razones tecnologicas)

Alejandro
Si te dejó otra vez mi mail,me voy a sentir un poco menos anónimo,asi que...
AJET1966@HOTMAIL.COM

Cala dijo...

Me atrapo tu cuento Leila, lo disfruté y acaparó mi atención hasta el final !
saludos ! Cala

jmjbegood dijo...

Leila, leerte es divertido e inspira reverencia.

Gracias por hacer más rico el devaneo digital y permitir no sentir culpa por estar procrastinando unos minutos de vez en cuando.

Cecilieaux dijo...

No sos escritor. Sos escritora.

Rubén Prado dijo...

Leila, definitivamente soy mal escritor.
http:/masriosnadables.blogspot.com

Pos yo dijo...

Es tan bueno que me dieron ganas de leer el que ganó. Seguro fue una tremenda injusticia.

Anónimo dijo...

Hola Pos Yo, yo sí lo leí y te aseguro que tienes toda la razón.
Gabriella

Victor dijo...

¿Dónde estabas chica?! Enfrentaba cada vez en vez tu blog con la última entrada editada y temblaba ante la idea de no volver a leerte hasta el próximo libro. Hola!!! Hermoso, con Pearl Jam en mis auriculares me entregué a la historia...me desgarró, es mi peor pesadilla. Me fascina lo que haces, por favor no hagas esas pausas interminables...Excelente!! La chica está nuevamente en el pueblo!!

Argote dijo...

felicidades por el metacuento procrastinador

Ana dijo...

Felicitaciones por el cuento!! Muy bueno, gracias!