´

20/12/11

El instrumento de la alegría

Rob Schneider estaba cansado. Yo también. Él había pasado el día grabando su nueva serie y, al terminar, tenía que dar entrevistas a al menos diez periodistas que estábamos allí, sentados frente al set donde usualmente se acomoda el público con la única misión de reírse. Yo llevaba tres horas esperando y además había tenido que caminar de arriba abajo los estudios de CBS dos veces. Ya era tarde, tenía hambre y ganas de ir al baño. (Si uno tiene hambre y quiere ir al baño, no hay entrevistado que merezca la pena). Cuando por fin me tocó a mí, ya lo había escuchado repetir los mismos chistes varias veces con otros periodistas y asentir con la misma sonrisa a las mismas preguntas. Por eso lo primero que le dije fue:

–Esto te va a tomar sólo dos minutos, no te preocupes que te voy a liberar rápido.

16/11/11

Real Science (o cómo superar una prueba de estrés)

–Where did you park?

–Near the entrance.

–What entrance?

Esos son mis momentos de pánico cotidiano. Yo había ido, tan desatenta como si fuera al cine, nada menos que al estadio de los Dodgers, una construcción esquizofrénica con múltiples y colosales entradas donde caben 56.000 personas sin apretujarse. Había terminado el partido entre los Dodgers y los Phillies, que me sirvió al menos para habilitarme un exquisitamente mugriento hotdog, y ahora no tenía ni siquiera una sutil intuición de dónde estaba mi auto. Mis amigos se miraron con pánico (otra clase de pánico) y, muy amablemente, me llevaron a recorrer los alrededores de todas las entradas del estadio con la esperanza de que se activara mi suspendido sistema intuitivo. Pero ir de una entrada a otra era un viaje de 15 a 20 minutos por una maraña de autopistas que me parecían todas iguales. Era como si la Caperucita Roja quedara atrapada en las cuadriculadas pistas de las motos de luz de Tron.

7/11/11

El olvido por decreto

Olvidar algo a la fuerza es una pretensión tan absurda. Como si te quisieran convencer de que no tienes hambre mientras sientes tronar tu estómago. Como cuando te piden que actúes con naturalidad y lo único que consigues es perder la noción de dónde poner las manos. Como cuando un ginecólogo se te acerca con un pinza del tamaño de una tijera de podar y te dice “no te asustes”. Como cuando te advierten “no mires, no mires… a tu izquierda hay un flaco desnudo con un florero en las pelotas”. (Te dije que no miraras). Es imposible. Los reflejos son por definición mucho más eficientes que la razón, torpes, desconfiados y, ante todo, sumamente indisciplinados.

Por ejemplo, hay que abandonar un recuerdo mucho mucho, urgente. Ya. Esa es la decisión racional, la búsqueda deliberada de una emoción lógica. Pero es todo lo que necesita el instinto (¿o el inconsciente? no sé, yo no hablo Freud) para enviar una contraorden y activar en el pensamiento la reacción opuesta. Comienza entonces un desesperado combate contra el olvido impuesto por decreto, como el que libran Jim Carrey y Kate Winslet en Eternal Sunshine of the Spotless Mind, uno de los cuentos de amor más lindos de Hollywood. La película tiene una premisa delirante, pero en el fondo muy simple: basta que nos exijan que desarraiguemos una experiencia para que le crezcan raíces hasta China. Si el mandato es vaciar la memoria, es porque algo debe permanecer. Funciona en la política, en la Historia y en lo emocional. Al menos así lo entiende la intuición. Por eso el Olvido es un bichito desobediente, que germina si le da la gana, se reproduce por generación espontánea, se instala donde se le antoja y muere cuando lo mencionan. Sólo en una cosa es predecible: si le piden que aparezca, corre aterrorizado a ocultarse bajo la cama, aferrándose como una garrapata al recuerdo que se niega a destruir. 


30/10/11

La bomba domesticada

Se metió en mi casa, haciendo tic tac. La miré con desconfianza. Era una esfera negra llena de pólvora, con una mecha y un reloj adentro. Rodó sobre la alfombra y se instaló en la sala, a mirar televisión conmigo. Por las dudas la acaricié y ella ronroneó con delicia. Le ofrecí vino, la saqué a pasear; le cedí un puesto en la mesa, un lugar en la cama, un espacio en mi pensamiento, un destino en mi escritura. Se disfrazó de Hello Kitty, de ratón Mickey, de osito Gummy; se disfrazó tantas veces que comencé a juguetear con su mecha, dejé de escuchar su reloj y creí que ya no me amenazaba. Se había convertido en una bola suave de peluche que podía abrazar al dormir. Cuando sentí que había renunciado a su cruel naturaleza y que su pólvora se había vencido, le di todas mis llaves. La dejé entrar en mi cuerpo, circular por mis venas, distenderse dentro de mí, hasta que se apostó en un rincón cálido entre mi pecho y mi espalda. Desde allí inundó mis espacios vacíos, reconfortó los heridos, colmó los incompletos. Convirtió en risa el desencanto y en certeza el espejismo. Arropó las lastimaduras pasadas y entibió mi sangre con millones de alegres partículas de placer. Con sus brazos delicados de bomba domesticada, me acarició de adentro hacia afuera y de afuera hacia adentro, derribando una a una, dulcemente, todas mis defensas. Y entonces, tras una brutal risotada, detonó. 

28/10/11

Cosas Grandes

Según el DRAE, un pusilánime es alguien “falto de ánimo o valor para tolerar las desgracias o para intentar cosas grandes”. Lo hermoso de esta definición es que no se presenta como un insulto. Es, digamos, una discapacidad, como la ceguera o el sentido de la orientación, una de los cuales yo padezco. (“Hola, no distingo la derecha de la izquierda”. “Mucho gusto, yo soy pusilánime”). No sabemos no obstante qué es exactamente una Cosa Grande. Construir una casa de cinco pisos. Conquistar un territorio. Tener una caligrafía abultada. Tejer un suéter talla XL. Derrocar a un dictador. Inventar el iPhone. Escribir siempre en mayúsculas. Amar. La Real Academia carece de su habitual precisión aquí, pero supongamos que Intentar Cosas Grandes es, más o menos, asomar la cabeza fuera de la medianía.

21/10/11

Stop being sweet

“You sound too sweet".

“Of course I sound sweet, I AM sweet”.

“Well, stop being sweet!”.

Así de simple. Que deje de ser dulce. Sencillísimo. De golpe esa supuesta dulzura de la que he sido acusada toda mi vida, y que cuando vivía en Uruguay me era además muy útil para ganar simpatías, se convierte en un defecto del que debo deshacerme. Como si fuera una sábana sucia, un cepillo de dientes olvidado por un visitante que tal vez no vuelva.

23/9/11

Lectura forense

Milan Kundera escribió en alguna de sus novelas (nunca recuerdo dónde leo las cosas, perdonen) que en asuntos de amor la mujer es una especie de analista forense de la lengua, mientras el hombre, afecto al detalle en cualquier otro ámbito (deportivo, por ejemplo) se transforma de golpe en el rey de la totalidad. Pone como ejemplo: el hombre dice “te quiero” y la mujer quiere saber cuánto, por qué, cómo, desde cuándo. Kundera se burla lógicamente de la mujer y coloca al hombre en una especie de pedestal de la Razón, dado que es capaz de entender y sentir Grandes Conceptos sin perderse en la minucia terrenal típicamente femenina de la cantidad y la forma. Lo estoy diciendo con mis palabras porque no recuerdo para nada cómo lo expuso Kundera y sólo estoy tomando su idea general. Suponiendo que esa ridiculez merezca el epíteto de “idea”. Por supuesto, siempre me pareció un concepto falso, sexista e idiota. Se imaginará usted, querido lector, el desencuentro con mi Yo Racional (o lo que queda de él, si alguna vez lo tuve) cuando descubro a mis estúpidos estrógenos haciendo un fino trabajo forense dedicado, en especial, a defender el pensamiento de Kundera. Recibo un mail que dice: “pienso en ti” y me quedo detenida en un vacío significativo. Esa totalidad no me dice nada, es un Gran Concepto tan inaprensible como el dios de los iconoclastas. Piensa en mí cuánto. Mucho, poco, a veces, cada 10 minutos, una vez por hora, cada 3 horas, dos veces al día, cuando va al baño, cuando se lava los dientes, cuando pelea con un taxista, cuando pide un jugo. Qué lo hace pensar en mí. Piensa en mí cómo. Con qué frecuencia. Qué intensidad. Piensa pensando qué cosas. Siente cosas físicas, le duele el pensamiento, le agota, o son recuerdos inofensivos que van y vienen. Provoca el pensamiento o le llega solo. Se acuerda de anécdotas o piensa en abstracto oh Leila Leila. Qué anécdotas. Piensa en mí unos segundos y desaparezco o me instalo unos minutos en su pensamiento. Es positivo o negativo lo que piensa. Se duerme pensando en mí o se duerme mirando la tele y pensando en Mad Men. Al despertarse piensa en mí o se acuerda de mí luego, cuando revisa el mail, o al final del día, cuando está cansado y se da cuenta de que le falta algo por pensar. Qué carajo significa “pienso en ti”, Kundera maldito. 

1/9/11

Madre de Leila Macor expresa preocupación por pérdida de estilo de su hija

LOS ÁNGELES, 31 Ago 2011 (Agencia) - La humanista italiana Gabriella Pelissero señaló el jueves su preocupación porque teme que el estilo de su hija Leila Macor se vea afectado por su trabajo como corresponsal en Los Ángeles, constató la propia periodista en una entrevista telefónica con su mamá.
   Cuando se le preguntó si en efecto considera que el estilo de una agencia de noticias es capaz de influenciar negativamente el proceso creativo de la escritora, la ex empleada de Sears y campeona regional de Scrabble de 78 años respondió: "Sí".
   "¡No chica!", replicó la periodista supuestamente de 33 años y figura despampanante en el encuentro de larga distancia con su madre en la tarde del miércoles, poco antes de ir al baño. "No te preocupes que el blog y el trabajo no tienen nada que ver", agregó.

28/5/11

Being a Woman in a Man’s Environment: Uruguayan Barbecues

(ANTHROPOLOGICAL NOTES)

Women in both rural and urban Uruguay are often confronted by barbecues, which are social situations where their skills, maturity, kindness and respect to men’s tasks are thoroughly examined by other women. The examination is particularly demanding for the new female if she is presented as The Bride, given that in this event older women are not only studying the ability of the new woman to fit into their group, but also her willingness to start a family with the young fertile male and her suitability as a new member of the clan. In order to restrict this study we will focus on this particular situation.

When I started to study Uruguayan Barbecues as a gregarious phenomenon where the established clan decides whether to accept a new female member or not, I met an old lady (Martita) who accepted the idea of having me in her brothers’, sons’ and son-in-law’s barbecues, so far as I didn’t interfere with the construction and deconstruction of their ties –although Martita stated this request in a different (and altered) way, asking me not to have sexual intercourse with any of them. Shame.

1/5/11

El cuento del mal escritor (cuento*)


 Domingo.

Esta mañana hice mil mandados para evitar el momento de sentarme a escribir, como si le hubiera rogado a los quehaceres que excusaran mi mediocridad.

El lunes termina el plazo de entrega para el concurso de cuentos y todavía no he escrito ninguno. Aquel sobre el profesor de inglés que le daba clases a las alumnas que asentían, no resultó. Me gustaba la idea del hombre solitario enfrentado a un público más sabio que él, pero no supe caracterizarlo sin insertar mi retrato en el texto.

Creo que no soy escritor. Ayer, cuando volvía de la editorial, sólo quería dedicarme a escribir, pero una vez que estuve frente a esta máquina ni una idea brotó de mis manos. Es como si me hubieran dado la pasión de Poe y el talento de una morsa para escribir. Puedo redactar correctamente, pero no surgen historias hilvanadas y, cuando asoma alguna, no la puedo plasmar sin que el cuento sea aburrido hasta para mí mismo.


8/2/11

El Divino Efecto Placebo

En lugar de escribir una retahíla de excusas para justificar mis tres meses y pico de abandono de este blog, diré solamente: tengo tendinitis en una rodilla. Específicamente en un lugar con el gracioso nombre de poplíteo, que es el hueco posterior de la rodilla; donde dobla uno la pata, digamos, y ocasionalmente la estira. Qué tiene que ver una inflamación poplítea izquierda con actualizar un blog, se preguntará el lector. Pues nada. Ya lo verá.

Después de mi genial idea de ponerme a esquiar en agosto del año pasado en Chile, poseída por el maligno espíritu de una turista snob, mi rodilla no me ha perdonado las ínfulas de deportista. Y al cabo de estos casi siete meses de dolor, la única constatación que he podido hacer sobre la Vida y la Verdad, es: nunca te roban tanto como cuando más necesitas ayuda.

Como soy un bicho escéptico, alópata y cínico, por supuesto acudí a un traumatólogo y luego a una fisiatra, quien me envió dos semanas a fisioterapia. Comencé a sentir que me estaban jodiendo cuando insertaron mi pierna en un cilindro hueco y lo “encendieron” sin que yo notara ninguna diferencia respecto a su estado anterior, por lo que aquello para mí bien podía ser un rollo de papel higiénico gigante.