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27/6/10

El hedonismo en Tres Cosas

Tengo ganas de hacer una disertación sobre el hedonismo y de cómo los embates de la sensatez se empeñan en desinflarlo con su implacable cordura. (El hedonismo es como un hermanito menor de la sensatez, voluntarioso pero caprichoso, que tiene que quedarse castigado en el cuartito, pataleando hasta que se le pase el berrinche). Pero no voy a hacer ninguna disertación. Solamente diré Tres Cosas:

Cosa 1: “Yo siempre digo que lo mejor que uno ha hecho en la vida es lo que la policía tiene registrado de sí, que el currículum perfecto es tu ficha policial”, escribe el español Enrique Vila Matas en su Dietario voluble, citando a Jorge Carrión. 


21/6/10

El Gran DT y la Incapacitada Formal



A la persona a la que nunca
le dedicaron un libro



El inmenso balón aerostático de fútbol parecía desafiar todas las leyes de la inercia cuando se movía de un lado a otro dibujando zetas y ángulos imposibles. Adriana lo había visto ascender desde el balcón y tuvo la mala idea de bajar a la calle a participar de la fiesta nacional que conmemoraba el aniversario de la victoria nacional en la III Conflagración Mundial de Equipos-Naciones.

El balón dominaba la noche, rodeado de palomas blancas y acompañado por una emotiva secuencia de fuegos artificiales.


10/6/10

El corrector y la mecanógrafa que no sabían escribir

Una vez tuve a dos personas subordinadas a mí, lo que se parece bastante a lo que se llama “ser jefe”, aunque todo eso fue más bien el desafortunado desenlace de una serie de coincidencias. Fue hace muchos años, en la era de la Mac Performa; cuando la forma más ágil de comunicarse era el fax, los celulares eran una excentricidad de los corredores de bolsa e internet una cosa de la Nasa que usaban algunos académicos no se sabía bien para qué.

Yo tenía 21 o 22 años, vivía en Caracas, iba a la Universidad y trabajaba en la Fundación Rómulo Betancourt. Éramos más o menos diez funcionarios normales y tres temidas archivólogas. Los trece nos sentíamos los paladines de la historia del siglo XX de nuestro país. Así mismo, tan rimbombante como suena. Nuestro trabajo consistía en preservar los manuscritos del endemoniadamente prolífico Rómulo Betancourt, ex padre de la democracia venezolana (Hugo Chávez le retiró el título) y ex ejemplo para el resto de Latinoamérica. Nos ocupábamos de organizar, analizar y publicar las cartas que Rómulo (todos lo tuteábamos) había escrito y recibido desde los años ‘20 hasta que murió en 1981. A veces aparecían en la Fundación historiadores gringos, europeos, asiáticos, más despistados que cucaracha en baile de gallina, buscando material para alguna tesis de doctorado sobre la temprana historia de la democracia venezolana; caramba, qué orgullo nos daba eso. Eran unos tipos silenciosos que se encerraban en el Archivo y no decían nunca qué es lo que querían exactamente, cosa que ponía de muy mal humor a las archivólogas.