´

17/10/10

Soy una maldita sobreviviente, carajo


Hace unos años Carl Sagan, uno de mis más grandes amores no correspondidos, me sugirió en un libro que pensara qué habría sido de mi vida sin La Ciencia. Lo imaginé unos minutos. Sería un bicho peludo con dientes torcidos y olor en las patas. Pero, sobre todo, habría muerto ya seis veces. 

Muerte Uno: a los tres años tuve una bronconeumonía que seguramente es la responsable de mi sinusitis crónica posterior, que me ha granjeado ya dos operaciones. No recuerdo nada, no obstante, pero tal vez ahí comenzó mi amor por la medicina (como paciente). No haré trampa considerando las dos operaciones de sinusitis como muertes potenciales, pero el que quiera sumarlas, adelante.

Mi Segunda Muerte Estrictamente Hablando ocurrió bastantes años después, cuando tenía como 20. Un dolor difuso debajo de las costillas derechas, a la altura del estómago, pero a un lado, comenzó y se prolongó un par de semanas hasta que mamá me llevó a una clínica. El doctor le había dicho por teléfono que no me diera calmantes porque quería verme “en el esplendor del dolor”. Llegué a la clínica arrastrándome esplendorosamente, llorando a gritos y puteando a todos los imbéciles que me recibían con una estúpida sonrisa amable. Me internaron de emergencia y sólo atiné a pedir que agregaran una pinza de cejas en el bolsito que ya me preparaban en casa. Me inyectaron suero, me hicieron miles de placas, tomografías, endoscopias y toda clase de exámenes invasivos, claustrofobiantes y traumáticos. Luego de descartar cáncer y úlcera, se preguntaron llenos de estupor qué demonios le pasaba a mi hígado. Tenía una infección brutal sin ningún otro síntoma. Luego de un mes de internación bajo un cóctel de antibióticos, me dieron el alta sin darme una explicación. Llegaron a considerar operarme para estudiar lo que tenía. “¡Mi hija no es una licuadora rota!”, exclamó mamá. Fui un caso de estudio para todo el equipo médico de la clínica, incluso venían médicos de otras clínicas a verme, pero nunca tuvieron una respuesta.

Un par de meses después comenzó un dolor muy parecido, pero más abajo en el vientre. Como me daba mucha vergüenza enfermarme de nuevo, no le conté a nadie. Ya había llamado la atención bastante. Pensaba que si me hacía la loca el dolor desaparecería. Decidí que podría curarme sola tomando antibióticos y analgésicos. Pero después de unos días mi madre se dio cuenta de que caminaba chueca otra vez y reconocí que la farsa de la salud ya era insostenible. Volví a la clínica doblada en dos por el dolor, el terror y el arrepentimiento. Era difícil explicarle a un médico mi vergüenza y consiguiente tardanza en acudir. Fue mi Tercera Muerte. Al menos ya tenía más práctica. Me extirparon el apéndice. Luego de la operación, el doctor dijo: “Ops, no era apendicitis después de todo”. Otra vez no sabían qué me había pasado. “Pero igual nunca está de más sacarse el apéndice”. Me sentí como una licuadora rota a la que le habían quitado un tornillo al azar a ver si andaba.

La Cuarta Muerte vino unos meses después, cuando me enfermé de varicela. En realidad no recuerdo bien el orden, puede ser que la varicela haya precedido las internaciones. Esta historia incluye una estadía en un templo Krishna, un camión lleno de chanchos y un hippie que me embadurnó de barro recitando poemas de Rabindranath Tagore. Merece un texto aparte y lo dejo para luego.

De mi Quinta Muerte no me salvé gracias a la Ciencia sino al Azar. Éramos jóvenes y bobos y estábamos borrachos en una carretera sinuosa de montaña. El conductor, novio de mi amiga, pensaba que era Ayrton Senna (y casi lo fue). Era de noche, muy tarde. En una curva cerrada hacia la izquierda, el auto siguió derechito y caímos por un barranco más o menos de la altura de un edificio de 15 pisos. La caída era casi un ángulo recto. El auto daba vueltas y todos supimos que íbamos a morir. No gritamos. Giramos dentro del auto como una media en un lavarropas. Lo de ver la vida en un segundo resultó ser completamente cierto: parecieron horas. Pensaba en el regaño que me iba a dar mamá si sobrevivía. Le pedía perdón por morirme así, era una verdadera falta de consideración. De golpe el auto se detuvo. “¿Estás bien?” “Sí, ¿tú estás bien?” “Sí, ¿tú?” “Bien”. Todos bien, completos. Salimos por el hueco que había dejado el parabrisas al quebrarse. Resultó que el auto había sido detenido por un árbol que crecía como dibujando una perpendicular en el barranco. Era el único árbol entre todos esos matorrales. Unos metros más abajo había una casita de adobe y techo de lata sobre la que habríamos caído, matándonos no sólo a nosotros sino a la buena gente que dormía allí dentro, seguramente una familia con una decena de niños. Subimos escalando el barranco hasta la carretera y nos fuimos caminando. Nos dolía todo, pero como si nos hubieran molido a palos nada más. Nunca más hice estupideces sobre cuatro ruedas. Ahora las hago a pie.

Y hace unos años, ya en Uruguay, sufrí mi Sexta Muerte. Por una neumonía me internaron en Cuidados Intensivos un par de días, luego estuve 20 días hospitalizada, y una recaída tras el alta me tuvo dos semanas más en la clínica. Literalmente tenía sólo medio pulmón andando. Ahora sí iba a morir seguro, se veía en las expresiones de la gente que me venía a visitar. Entraban muy sonrientes y se pegaban un susto tremendo al verme. “¿Tan mal estoy?”, preguntaba. “Nooo…”, decían nerviosos, como si hubieran visto cucarachas anidando en mi boca. Poco antes había leído, en uno de esos estudios de la universidad de Pittsburgh o así, que la risa no sólo cura, sino que además el cerebro no distingue la risa verdadera de la falsa. El cerebro recibe la información de la alegría según determinados gestos, pero sin reconocer si ésta proviene de un estado de felicidad real o no. Así que durante mi internación mi entonces-marido y yo nos ocupamos de enviarle a mi cerebro mucha información de risa, falsa o cierta, daba igual. Él me llevaba libros humorísticos, cómics, chistes. No me causaban demasiada gracia, pero yo hacía un esfuerzo y sonreía igual, convencida de estar sumando algo a la vomitiva cantidad de antibióticos, calmantes y vaporizadores que recibía a cada rato. Estoy segura de que los antibióticos hicieron la mayor parte, sin embargo. Tampoco soy tan lunática.

Soy una maldita sobreviviente, carajo. Más respeto. 

10 comentarios:

Odiseo en Puebla dijo...

Sea el azar, la Ciencia o los milagros, me da mucho gusto que sigas entre nosotros, compartiendo tu ingenio y tu originalidad al escribir. Y me da también mucho gusto encontrar que el Venerable Carl Sagan (él sí debería ser venerable, no como otros) nos hermane.

A-nah! dijo...

Si no se escuchar tan mal por estos sures, diría que eres un gato :)

Keep surviving Leila!

Leila Macor dijo...

Ser un gato no es el mejor de los elogios por acá, realmente
Gracias, besos!

Federico Gauffin dijo...

¡¡Yo también soy un maldito milagro!! Me acabo de dar cuenta gracias a tu texto... ¿O seré la mala suerte con patas?

edu dijo...

recuerdo cuando salí yo de mi operación de sinusitis y me quitaron esos malditos tapones de la nariz y casi me desmayo. tú me habías dicho que no dolía para no asustarme y, cuando confesaste tu mentira piadosa, te quise todavía un poquito más. un besote, leila.

Leila Macor dijo...

¡Uy perdón, Du! Odio cuando los médicos no te previenen de un dolor futuro. Pero bueno, estrictamente no duele, sólo impresiona como si te sacaran el cerebro por la nariz...

Juana Gris dijo...

La vida es un milagro demasiado peligroso... y siempre, siempre, estamos a punto de morir. Es normal tener miedo, irse a la montaña y no querer bajar nunca más. Es normal-
Me alegro que hayas sobrevivido, te quedan 2 vidas más, no las desaproveches.

Franco (fvidiella.com) dijo...

Ahora quiero saber detalles de la cuarta muerte...

Inconformista crónico. O chusmeta.

¡мэиğаиα! dijo...

Ok, oficialmente te quedan dos vida!
Sorry, sólo cumplo con informarte
JAJAJA

las dijo...

Como te escribo desde Venezuela lo puedo decir sin complejos: "Eres una verdadera gata" y además escribes muy bien y con mucho humor.

Eso sí, espero por tu historia de la varicela. A mi marido le dio ya crecidito y casi se lo lleva.

Saludos,

Morelia