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3/9/10

Chile mínimo en cuatro tiempos

Harta cuña, po

En pendientes imperceptibles a los ojos, pero que mi cuerpo y su aguzado instinto de supervivencia percibían muy bien, los esquís se deslizaban como sobre aguacates*. Extraña metáfora, ya sé. Es que no conocía la nieve y lo más resbaloso que yo había conocido hasta entonces eran los aguacates. Después de los días uno y dos, ya había aprendido a frenar con bastante efectividad aunque sin un atisbo de elegancia, de lo cual dan fe mis adoloridas rodillas. Vamos, es imposible que esa postura se vea refinada en ninguna circunstancia. Hay que abrir las piernas de modo que las puntas delanteras de los esquís casi se toquen: es la posición de “cuña”. Luego me enseñaron a hacer giros, también en forma de cuña y en la misma inelegante postura. Y así, torpe y chueca, luché por mi vida. Nada de esquiar aún. Todo consistía en bajar frenando y poder contarlo. 

Al tercer día comencé a dominar un poco la situación. Como se sabe, cuando se alcanza el dominio se llega al placer. Y, como el placer siempre pide más placer, a mi hermano y a mí se nos empezó a hacer chica la pista de Principiantes y se nos ocurrió la pésima idea de probar otra más compleja. No nos disuadió la elocuencia de una clínica de traumatología emplazada justo frente al centro de esquí, pero apenas comenzamos a descender pensé en ella. Las bajadas eran mucho más empinadas de lo que mi capacidad de frenado soportaba. A ver: esquiar es un camino sólo de ida. La única forma de salir de una pista es llegando al destino. No vienen helicópteros a rescatarte si te da un ataque de pánico. Los Intermedios y Avanzados pasaban a mi lado como si yo fuera un Volkswagen escarabajo cochambroso pistoneando en una pista de Fórmula Uno.

En medio de mi continuo frenado, de repente me detuve del todo, aterrada. Lo que tenía ante mí era una pendiente larga, pronunciada y terrorífica. Mi hermano bajó como si nada, pero detrás de mí frenó también un señor que venía enseñándole a esquiar a su hijo, de unos 10 años. “Esta bajada no tiene nada de principiante”, comentó el hombre, como hablando solo. Se paró detrás de su hijo y lo abrazó, para bajar apretándolo contra su cuerpo. ¿Y yo?, pensé. “¿Qué hago?”, le pregunté. Quería que me abrazara a mí también, pero me dijo sólo “harta cuña, po”. Harta cuña el coño de tu madre. Pensé en quitarme los esquís y bajar arrastrándome. Pero me dije que como lo más probable era que terminara bajando a rastras de todos modos, lo más digno que podía hacer era empezar de pie. Es mi Sentimiento Heroico, a veces le da por manifestarse. Harta cuña, po. Cerré los ojos y me lancé. Los abrí. Los ojos. Cerré las piernas. Abrí las piernas, cerré los ojos. No había combinación que funcionara: no conseguía frenar, punto. Tenía la cuña al máximo de mi capacidad y seguía bajando a una velocidad aterradora para mí. Comencé a gritar y, más o menos hacia la mitad de la pendiente, cuando vi que no me caía ni me iba a caer, comencé a gritar y reír. Quedé en un estado de conmoción que me duró varios días. Creo que es la cosa más valiente que hice nunca. A mi hermano por supuesto todo le pareció una exageración mía.

Canto pelotudo a la vida

Luego de mi hazaña, comencé a hacer giros con mayor naturalidad y a enderezar los esquís por primera vez para tomar velocidad. Pensé: “Qué lástima que tengo 39 años. Ya es tarde para aprender a hacer esto bien de verdad”. Cuando mi mente acababa de decir “…bien de verdad”, me pasaron dos ancianos. Dos hombres brasileños con un instructor chileno que les enseñaba a hacer la fulana cuña. Me duplicaban la edad y arriesgaban sufrir un paro cardíaco por la altura y el tremendo esfuerzo físico, y sin embargo estaban ahí, con su cuerpo encorvado, su calvicie, sus canas y su piel arrugada y con manchas de vejez. Qué clase de promesa o de deuda habría llevado a esos dos señores a aprender a esquiar a esas alturas de sus vidas se volvió una obsesión para mí durante el resto del día.

La recuperación de mi cerebro procesador

Cuando salí de viaje decidí dejar en casa mi celular, para no gastar en roaming. Fue una estupidez, porque lo que menos hago con mi teléfono es usar el teléfono. Tiene decenas de otras funciones que me hicieron extrañarlo horriblemente desde el minuto después de haberlo abandonado. Me insulté a mí misma varios días por haberme infligido una mutilación semejante. 

Mi amigo Diego, a quien en realidad extraño más que a mi teléfono (y es mucho decir) me recomendó entonces un artículo del New York Times que dice que la dependencia a los gadgets multifunción como el mío está dañándonos el cerebro de una forma muy peculiar. Según dice el autor, citando un estudio de la Universidad de California, el tiempo que se considera “muerto”, como hacer una cola, quedarse solo en un bar o esperar en la parada del autobús, es el que utiliza el cerebro para asimilar la información, procesarla y fijarla. No obstante, con estos teléfonos nos acostumbramos a “aprovechar” el tiempo muerto en seguir incorporando información, que por tanto no será nunca procesada. El resultado es una falla en el aprendizaje de nuevos datos.

Me alegré entonces de haber dejado mi teléfono en Montevideo para probar un poco cómo era la vida hace diez años, cuando escribía en servilletitas de bar con una lapicera prestada, no sabía en qué parte de la ciudad estaba ni quién hacía qué en dónde. Me tomé un par de cervezas en el barrio Bellavista de Santiago, escribí lo que quería escribir y ahora no tenía nada que hacer con las manos. “Mi cerebro está procesando información, mi cerebro está procesando información”, me dije. “Después de todo, están ocurriendo milagrosos engranajes neuronales dentro de mí, no es que esté inactiva”, me insistí. Aunque no recibía mucha menos información que digamos, porque tengo un monólogo interior incesante. Habría que averiguar si los monólogos interiores valen o también impiden que se procese la información. Por las dudas respetaré, reverencialmente, cada tiempo muerto que me toque vivir en adelante. Quien me vea desde afuera deberá pensar: “Caramba, he aquí una mujer que está a todas luces fijando datos”.

Ofertón

Caminando por el Paseo Ahumada en el centro de Santiago, vi a un chico punk, con kilos de metal encima, vestido de negro, chapas, cueros, argollas y un peinado intimidante. Estaba de pie en medio del bulevar con un cartel en la mano que decía: “Abrazos gratis”. Yo necesitaba uno urgentemente. Le sonreí (gratis), pero no solicité su servicio. Sí, ya sé. 

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(*) En el Cono Sur, "paltas".

15 comentarios:

sagos dijo...

Muy divertido, no paré de reirme!

Cecilieaux dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Cecilieaux dijo...

(errores ortográficos, no censura)

Graciosísimo y fascinante.

No había pensado que a una venezolana la nieve le sería algo extraño aún a la vetusta edad de 39. Y la semejanza con el aguacate, ni hablar ...

Y sobre el aguacate, me suena que Macor es probablemente moro y que un antepasado tuyo probablemente se violó a una antepasada mía, pero ... hablá en cristiano, m'hija, y decí palta, no aguacate, que sonás como esos mexicanos que doblan las películas.

Como siempre, tu fanboy.

Jorge Ojeda dijo...

La aventura de deslizarte por primera vez me recordó mi primera vez que me fui a hacer snowboarding, iluso yo imaginando que sería exactamente igual a usar una patineta. Nunca había comido tanta nieve en mi vida, o aguacate?. Y pensar que ni siquiera pasé de la pendiente de principiantes. De nada valió comprar el equipo, la tabla, las botas, como buen consumista, ahora yace en mi ático esperando turno para el siguiente invierno.

En cuanto a los gadgets, awww los gadgets, no puedo vivir sin ellos, lo confieso. Soy Apple fan hasta la muerte. Sin embargo nunca he dejado de dibujar garabatos en papel, servilletas, cuadernos y lo que se encuentre. El lápiz es una antiguedad y un lujo usarlo hoy en día.

Que ricos y refrescantes son tus relatos Leila.

Un abrazo gratis desde la Ciudad de los Vientos.

Liseita dijo...

Me encanta!

Jaime dijo...

Tiene Vd razón en todo, doña. Y qué bien me escribe. Y lo joven que es, sólo 39.

CASKO dijo...

de tanto reirme, me dejaste la panza como después de una clase de gap (glúteos, abdominales, panza).

A-nah! dijo...

Lo pude imaginar todo. Lindo Chile y linda anécdota, te la envidio porque a mí no me dio chance de llegar a la nieve y por ende aún no la conozco.

Besos,

A+

Federico Gauffin dijo...

Jajaja.
¡Qué gracioso!

Anónimo dijo...

Tu experiencia con los esquis mes hizo acordar a Bridget Jones, en versión vernácula y sin Colin Firth... y vamos, sin tanta estupidez
Yanina

Pos yo dijo...

Jajajaja. Chile y aguacate, es casi la receta del guacamole (entiéndase "ají" por chile). Quedé intrigado por el artículo del NYT. Podrías darnos la referencia?

LuKiA dijo...

Jajaja, hace 5 años anduve en Chile, en Valle Nevado. Te admiro, yo no pude aprender a esquiar decentemente, mi mejor amiga fue una valla que siempre me detuvo de romperme algo.

ladyMirinda dijo...

la metáfora del aguacate, maravillosa!!! y dile aguacate que es mucho más lindo que palta...acá en el sur, es dodne se dice palta, en el resto del mundo, sobre todo donde es habitual comer aguacate, (avocado) como donde me crié, Colombia, le decimos aguacate...(agua pasó por aqui, cate que no la ví)
Y me identifico plenamente con la idea de que a estas alturas es dificil empezar hacer cosas por primera vez, pero que más audaz que un señor de 70 años que decida aprender a manejar un PC y además se haga una cuenta de facebook? acaso debemos ponernos límites? el que no arriesga no gana,ese es mi lema!
me gustan tus ideas y tus letras...

Cristina dijo...

Cecilieaux ... para mí decir aguacate está en cristiano, pero cuando vengas (no vengás) a México te invitaré un guacamole o debo decir "paltamole". Y lo de "esos" mexicanos es despectivo, pero te perdono cheeeee, con todo y acento...

Anónimo dijo...

Hola! Extraño tus textos Leila, porfa, regresaaaa! escríbenos algo. :)
Nirazid