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6/8/10

El precio de las dedicatorias

—Disculpe que no cerré los sobres, pero no tenía pega en mi casa, ¿no me darías un poco?— le pregunté a la encargada de la oficina de correos. Siempre mezclo el tuteo con el usteo. No sé hablar con un solo protocolo.

—¿Que si tengo un poco de qué cosa?—, me preguntó la mujer.

—De pega.

—¿Qué es “pega”?

—Pega, pega. Para pegar cosas. Cerrar sobres. Hacer que las cosas se peguen.

—¡Ah! Goma de pegar.

La miré con expresión de vaca con tránsito lento.

Tenía que enviar por correo varios ejemplares de mi recién acuñado librito, como regalo a algunos familiares y amigos que no pueden o no deben comprarlo online. Así que alisté diez libros con diez pésimas dedicatorias en diez sobres. Entre paréntesis, he descubierto que soy malísima en el género Dedicatorias. “Con cariño”, “te quiero”, “te extraño” y así. Mis amigos ya comienzan a pedirme que mejor no les dedique nada, porque cuando intento ser creativa escribo verdaderas gilipolleces. (No soy española pero me gusta la palabra gilipolleces, vamos). En una ocasión hasta dibujé una sonrisita: “Gracias :-) Beso!”. Luego que vi mi obra de arte conceptual, me pregunté si Vargas Llosa pondrá emoticones en sus dedicatorias.

—No tenemos goma de pegar aquí—, me dijo la mujer al rato. –Bueno, hay ésta pero no tengo cómo ponerla, ¿viste?

Me mostró una botellita llena de “goma de pegar”, pero con una boca muy grande y sin ningún sistema de distribución de su contenido. Le dije que no importaba, que usaría mi dedo como pincel. No opuso resistencia. Así que me instalé en el mostradorcito de la oficina de correo a embadurnarme el dedo y pegotear los sobres.

Mientras, la mujer me iba sacando la cuenta y a mí me iba pareciendo carísimo el envío. ¡Casi doscientos pesos por sobre! Era prácticamente lo que cuesta cada ejemplar. Estaba enviando diez libros de porquería (admitámoslo) y eso me iba a costar lo mismo que pago por mes de electricidad en invierno. Es más, enviar dos libros me salía lo mismo que me toca pagar en La Pulpería cuando vamos a por unas mollejas, choricito, pulpón, queso y vino. Me puse a hacer analogías de esas, que son la única forma que tengo de comprender el valor del dinero.

—¡Qué caro!— exclamé.

La señora me explicó: —Es que es correspondencia.

—Por supuesto—, dije. ¿Qué se suponía que debía responder ante una evidencia semejante?

La mujer suspiró y amplió: —Si fueran impresos te saldría la mitad.

—Ah, ¡pero sí son impresos! –dije con mucha emoción,—. ¡Son todos libros!

—Tá, pero... ¿están dedicados?

—Eeeh... –dudé, pensando cuál respuesta podría convenirme más. ¿Si estaban dedicados me saldría más barato o más caro? Arriesgué decir la verdad: —Sí.

—Ah, entonces no pueden ir como impresos. Los impresos son considerados de interés nacional, pero no pueden estar dedicados porque no pueden ir dirigidos a nadie.

—¡Pero se lo estoy dedicando a la persona a la que va dirigido el sobre!

La mujer se limitó a repetirme la frase anterior y me di cuenta de que no íbamos a salir de allí. ¿Cómo carajo iba yo a imaginarme que escribir “con cariño, la puta madre” me iba a costar lo mismo que voy a pagar de electricidad en agosto? Le pedí unos minutos para pensar.

He aquí lo que pensé:

Vuelvo a casa, saco estos libros de los sobres y guardo en ellos otros libros, sin dedicatorias. Así reduzco la cuenta a la mitad. Pero alguna vaina le quiero escribir a estos huevones, después de todo son especiales. Además, qué bochorno cuando les explique luego por qué el libro fue en blanco. Pero es un montón de plata. ¡Como tres meses de gimnasio! ¿Y si escribo en un papelito aparte? Aunque la verdad, si envío libros sin dedicatoria, ¿qué hago con los que ya están dedicados? No los puedo reusar. Todavía si tuviera amigos en Uruguay con esos mismos nombres...

Bueno, tengo la tarjeta. Coño de la madre.


Total, tampoco (por suerte) publico libros todo el tiempo.

Volví del rinconcito donde me había apartado a pensar y revisé mis sobres, que habían quedado apilados a un lado. Ninguno estaba cerrado. Después de que yo me había embadurnado toda la mano, en la que ahora se me pegaba la pelusa del suéter, la “goma de pegar” solamente había mojado el papel.

—Mirá, ¡los sobres no cerraron!—, dije infantilmente a la encargada.

—Te conviene comprar una Goma de Pegar en Barra.

(Les presento el uso “polite” del “te conviene”. Los uruguayos dicen “te conviene...” para darte a continuación una orden suponiendo que no te vas a dar cuenta. “Te conviene tomar por la derecha”, te recomiendan cuando viene un camión de frente a 200 km por hora. “Te conviene dar un paso atrás”, te sugieren cuando estás en el balcón a punto de suicidarte. “Te conviene comprar goma de pegar”.)

—Disculpa, pero tenía la loca idea de que aquí iban a tener goma— dije.

—Pues no— respondió.

La señora me odiaba, con toda razón. Agarré los sobres, los volví a guardar en mi bolsita vieja de Zara y me fui, prometiendo volver, rumbo a una papelería que quedaba muy cerca. En el camino, pasé delante de una vitrina con este maniquí:


No tiene nada que ver con la historia, pero en las condiciones emocionales en las que yo estaba, se imaginarán qué susto.

Mientras, iba escribiendo mentalmente esto que estoy escribiendo ahora. Lo del maniquí y todo. Así que estaba muy distraída cuando entré a la tienda. Ya verán por qué no digo cuál es, pero es muy conocida, empieza por M, termina por A y tiene nombre de insecto díptero que según el DRAE es muy común y molesto. Henchida de satisfacción por usar la terminología correcta, pregunté dónde había Goma de Pegar en Barra. Arriba. Subí, encontré varios modelos, agarré la barrita más chica y barata, de 29 pesos, bajé las escaleras y salí de la tienda pensando en lo chévere que iban a quedar mis sobres bien cerrados.

Cuando pasé de nuevo delante del maniquí sentí que tenía algo en la mano. Joder, la barrita. Me la llevé sin pagarla. ¡Anatema, anatema! ¡Había robado la Goma de Pegar en Barra! ¿Y ahora? Otra vez me senté en un rinconcito a pensar. Yo cuando pienso necesito sentarme en rinconcitos.

La lógica dictaba que volviera a ese lugar que empieza por M y termina por A y tiene nombre de insecto díptero común y molesto, para pagar los 29 pesos. Me imaginé la escena. Llega una tipa con acento venezolano, alterada por un espeluznante maniquí, pidiendo disculpas y rogando que por favor le cobren esa barrita que se acababa de llevar sin querer porque estaba distraída escribiendo mentalmente que tenía que pagar un precio muy caro por diez dedicatorias estúpidas.

Era inverosímil.

Cuando uno tiene acento venezolano, debe asumir algunas realidades. Una de ellas es que nadie te cree que no hayas tenido la intención de robar. A uno mismo le cuesta creérselo. El venezolano es ladrón por definición. El robo no sólo es socialmente aceptado, sino socialmente aplaudido. Es símbolo de hombría, de viveza. Y, por el contrario, los uruguayos son gente seria, para los que robar es algo que está MUY MAL. Un uruguayo promedio no robó jamás un durazno de una verdulería. Yo en cambio tenía “mejores amigos” que me robaban constantemente en mi casa —y tampoco estoy libre de pecado—. O sea que robarle a un uruguayo una barrita de pega, con mi acento venezolano, era algo que estaba lleno de vergonzosas implicaciones psicosociales para mí. Era como hacerle trampa a un niño en ajedrez.

Decidí entonces quedármela, pero sólo si le daba un fin noble. Esas son las ridiculeces que me inculcó Robin Hood. Cerré los sobres con la barrita, salí de mi Rincón Para Pensar y caminé hacia la oficina de correos, buscando princesas en dificultades con aspecto de necesitar mucho una Goma de Pegar en Barra. No encontré.

Llegué a la oficina de correos con aire de alma arrepentida por haber sido tan odiosa en la sesión anterior.

—Ya tengo mis sobres bien cerrados— dije, poniéndolos otra vez sobre el mostrador.

La señora me hizo de nuevo la cuenta y yo pagué en silencio una ignominiosa cantidad de dinero. Y mientras ella buscaba el cambio, deposité mi robada Goma de Pegar en Barra en su escritorio, detrás de la caja registradora, para que la mujer no la notara de inmediato. No porque realmente quisiera hacer una donación anónima, sino porque ella iba a interpretar el regalo como una ironía petulante de mi parte. Y no podía explicarle que no lo era, sino que por culpa del precio de las dedicatorias me había robado la barrita sin querer y que como soy venezolana no me atrevía a devolverla y que por eso había decidido darle un fin noble. Estoy al tanto de que mi lógica puede dejar atónita a la gente que atiende los comercios. Así que anonimato. Más noble, imposible. Los venezolanos solemos robar recursos al Estado. Pero que un venezolano regale anónimamente recursos al Estado de otro país sin pedir apoyo político a cambio, ¡ja! Eso sí que no lo había escuchado jamás.

Espero que el negocio que empieza por M, termina por A y tiene nombre de insecto díptero común y molesto me perdone el delito en virtud de mi diplomática generosidad. 

25 comentarios:

La pelúa dijo...

me reí mal
mi cansancio respiró un poco...
love you

MAGE dijo...

ay Leila, mirá que sos graciosa!! Me mantuviste con una sonrisa todo el relato pero cuando vi la foto del maniquí y leí:

"No tiene nada que ver con la historia, pero en las condiciones emocionales en las que yo estaba, se imaginarán qué susto"

me descostillé de risa. Ya sé de dónde es ese maniquí (mi trabajo implica que ande mucho por los shoppings). Yo también me altero cada vez que lo veo. No sé si está para llamar la atención o qué, pero te juro que ni loca me dan ganas de mirar la ropa que tiene puesta!

Me da mucha gracia que te haya pasado lo mismo.

Beso, linda. Y gracias por las sonrisas.

Franco (fvidiella.com) dijo...

Definitivamente uruguayos y venezolanos debemos de ser distintos. Yo hubiera vuelto a la tienda que empieza con M y termina con A y tiene nombre de insecto y pagado lo que corresponde.

Luego hubiera cerrado los sobres, y caminado hasta una oficina de correos diferente, y los hubiera pasado por impresos, porque el costo de entregar el libro es el mismo si es un impreso de que si no, y como no me gusta que me roben, intentaría equilibrar la cusestión. O sea, estaría robando recursos del estado, pero haciéndome el cuentito de que no.

mmm, corrijo: somos iguales venezolanos y uruguayos!

Leila Macor dijo...

Si yo tuviera ese sentido común, Franco, no me pasarían estas cosas...

A-nah! dijo...

El correo... no hay una vez que vaya y no pasen cosas raras, porque además acá las reglas varían según el empleado, siempre tengo que hacer cosas diferentes para enviar lo mismo.

Con el dinero tambien me pasa que entiendo su valor con analogías, y siempre llego a la conclusión de que las cosas no están caras sino que yo gano poco. Es un desastre.

Y el maniquí...

...

...

...

Nada... ¿qué voy a decir? Jejeje.

Tripié... ¡qué buena anécdota! ¡gracias!

Beso.

Narrativadora dijo...

Hola Leila, he descubierto tu blog y desde luego pienso quedarme. Te felicito por tu original sentido del humor. Me has hecho reír (lo cual no es fácil) y admiro tu escritura. Bueno vale, me muero de envidia... frente a textos así sólo se puede aprender.
Un beso

Juana Gris dijo...

MARAVILLOSO
casi me meo cuando mostrás la foto, en serio...
besote

Nacho_31 dijo...

Leila, la verdad que sos muy graciosa pero no por eso dejas de narrar cosas que nos describen a los uruguayos, me gusta mucho tu vision de nosotros que no por ser una foranea es errada. Yo diria que es más bien muy certera y respetuosa también. Estoy leyendo "Lamentablmente estamos bien" que lo compre apenas lei una cronica que publicó Busqueda hace un par de semananas. Segui mostrando como nos conoces que así vas bien. Muchos exitos. PD es la primera vez que comento un articulo de un blog

ednaleah2 dijo...

Muy agradable tu relato sin duda con el dejo de surrealismo que te caracteriza.
Lamento que de tantos venezolanos que conociste no me conociste a mi, que me doy cuenta hasta cuando me dan vuelto demás y lo digo y cuando me doy cuenta fuera de la tienda me devuelvo a devolver lo que no es mio.
Pero claro en general la cultura del Venezolano es tal como dices.
Un encanto leerte

Federico Gauffin dijo...

Si robaste sin darte cuenta, sos ladrona por naturaleza. Jajaja
Felicitaciones por el libro.

Tatito dijo...

No se como hacés, pero no paré de reírme en todo el relato, es genial, realmente muy bueno.

"Ya verán por qué no digo cuál es, pero es muy conocida, empieza por M, termina por A y tiene nombre de insecto díptero que según el DRAE es muy común y molesto."

Jejeje... felicitaciones y sigue deleitandonos con ese humor tan fresco y natural...

Un beso.

Anónimo dijo...

¡Gracias, Leila! Me reí muchísimo. Y si, yo hubiera hecho lo mismo que Franco. Un abrazo

Morelia Morillo dijo...

soy una más que casi muere de risa. Soy venezolana, pero -como estudié en un colegio de monjas- pues sólo una vez robé un trajecito de muñeca y pasé como cinco años rezando diez padrenuestros antes de dormir. Me encantó tu relato.

aic dijo...

buenísimo, estoy todavía tentada! Y tu lógica absolutamente ilógica es insuperable.
Y tranquila, que no sos ladrona por naturaleza si no se te ocurrió lo que sugiere Franco, una auténtica viveza criolla...
En cualquier caso, empezá a pensar en alternativas para incluir dedicatorias -sin que estén en el libro- para tu próximo "best seller"!

Anónimo dijo...

He llorado de risa con tu nuevo relato. Si mi opinión tuviera predicamento en las altas esferas del gobierno, te propondría como merecedora de una orden al mérito por tu generosa donación al Correo uruguayo. yow (no se como se publica este comentario)

edu dijo...

leila... me hiciste reír un buen rato... y me hacía falta.

una vez me paré a comprar no sé qué fruta a una tipa que tenía un puestito en la calle justo delante del centro comercial que estaba a la vuelta de mi casa y cuyo nombre acabo de extraviar detrás de una neurona caducada.

no me acuerdo de los precios pero ponele que eran 20 y le pagué con un billete de 100.

el caso es que le di dos billetes de 100 en vez de uno. entonces la tipa enarboló el segundo billete (que se aprestaba a devolverme) al grito de "está bien que estas cosas le pasen a un extranjero, para que vean que los venezolanos somos honrados".

al tiempo, varios que andaban alrededor asentían lamentando no tener una banderita que agitar.

¡cómo me gustan tus historias!

ŋαττ dijo...

Un amigo me recomendó leer tu blog, y bueno, le hice caso y no me arrepentí.
También escribo y soy venezolana. Viví 14 años en Uruguay, pero ahora estoy nuevamente en Venezuela.
Me gusta tu jocosidad. Este relato me recordó un poco a mí misma en ciertas ocaciones. Me alegra que aún quede gente así en el mundo.

Saludos.

Patrycia dijo...

impecable!

beso para ti!

Pos yo dijo...

El relato es muy bueno, pero la foto es de verdad impresionante!

Rubén Prado dijo...

Algo similar me paso en tu patria natal cuando fui a buscar una piola, cuando lo que necesitaba era un guaral. Después que todos los empleados del lugar se rieron de mi ya era muy tarde para decirles que era colombiano y que su burla les costaría algunas cositas...

Anónimo dijo...

y yo pensaba que los chilenos eramos los mas ladrones del mundo ...

Eres un libro abierto... es un don,

A veces ser así, sin corazas ni mascaras que te protejan, simplemente terminas destrozada por la estupidez humana.

Mi mas profundo cariño para ti.

andrea dijo...

No sé cómo decir que te admiro sin sonar freaky ?
En fin, sólo queria decirte que cuando sea grande quiero ser como tú!
Saludos desde Suecia!

Cate dijo...

Siempre pensé que Uruguay era tierra cósmica paridora de cosas fantásticas. No solo por Galeano, Benedetti, mi compañero ilustrador Ugo Ramallo, y otras maravillas.
Y es que todo no hace más que confirmármelo. La frase "la miré con cara de vaca con tránsito lento" sólo puede haber sido pensada por alguna creatura fantástica.
Gracias por las carcajadas, qué bien hacen. y tan gratuitas que son.
Yo aquí, coleada en tu blog. Al que he llegado paseando por los laberintos. Saltando como en rayuela.
Sólo quería decir Gracias por la Risa.

Santiago (el vigo) dijo...

te descubri en la terminal XXX antes de salir de vacaciones para argentina, tu libro (y ahora tu blog) es el culpable de que la gente me mire como extraterrestre mientras me rio a mas no poder enfrente de un libro o de una computadora con texto en la pantalla.
Creo que ya soy adicto

Santiago (el vigo) dijo...

te descubri en la terminal XXX antes de salir de vacaciones para argentina, tu libro (y ahora tu blog) es el culpable de que la gente me mire como extraterrestre mientras me rio a mas no poder enfrente de un libro o de una computadora con texto en la pantalla.
Creo que ya soy adicto