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16/8/10

Blues del divorciado*


“Todo dia ela faz tudo sempre igual
Me sacode às seis horas da manhã
E sorri um sorriso pontual
e me beija com a boca de hortelã.”
Chico Buarque

"El ómnibus está lleno como todos los domingos a esta hora. Lo llenan las camperas, el olor a naftalina y el vaho de aliento colectivo que viaja con todos nosotros durante tres meses.

Es invierno hoy en Montevideo.

A mi lado tengo a un padre y un hijo. El niño no se llega a vislumbrar entre la bufanda y el gorro; el hombre, en cambio, muestra una barba de fin de semana y un par de ojeras sobre su sonrisa complaciente, garabateada en el rostro con descuido. “Cómo nos divertimos hoy”, dice el señor. “Sí”, acepta el niño con una voz tubular que emerge desde la bufanda. “Tomamos un helado”, insiste. “Sí, tomamos un helado”. “Fue divertido”, vuelve a decir el hombre, tratando de sacarle alguna efusividad a su hijo frío, aburrido. “Hasta sacamos un boleto gratis para el partido”, sigue. “Sí”, dice el niño, sin ánimo de contrariar. “¿Y qué más?”, pregunta el padre. “Nada más, papá”, termina el niño, tajante, sin un esbozo de sonrisa en sus ojos plomizos.


Los domingos son para los padres. Para las madres no somos más que los señores que sacan a sus hijos a pasear los domingos. Ellas se van a tomar café y a hablar de nosotros, tienen su día libre. Nosotros, en cambio, nos volvemos malabaristas, payasos, aviadores, magnates para tratar de convertir este día en una experiencia deslumbrante para nuestros hijos. Y apenas podemos convencerlos de lo divertido que fue tomar un helado.

El ómnibus está lleno de padres e hijos. Toda la ciudad lo está. Menos mal que casi siempre hay algún partido. Está bueno ir a la cancha, a los niños les gusta. El fútbol es el único vínculo que nos queda. Yo no sé nada de fútbol ni me interesa, pero a mi hijo le gusta. Simulo ser del mismo cuadro que él y hago grandes esfuerzos para que no descubra mi ignorancia. El domingo pasado me preguntó por el número de un jugador. Yo le respondí que los números no importaban, que la capacidad de jugar estaba en el corazón. Él se carcajeó en mi cara y me pregunté cuán niño creo yo que es Javier. Cuán ingenuo puedo pretender que es. Hasta cuándo podré engañarlo, o si acaso es él quien me engaña a mí. Si acaso él tampoco sabe de fútbol y simula interesarse para mantener ese vínculo conmigo.

Es más difícil cuando se trata de niñas. Entonces los padres deben renunciar a la cancha o hacer alguna trampa con el tiempo para poder ver un partido. Yo no tengo ese problema, no me importa perderme un juego. A mi hija la llevo a tomar un helado y al parque; me siento con sus muñecas y me dejo pintar las uñas. He demorado más tiempo en la peluquería de Barbie de Mariana que en todas las que he ido en mi vida entera. En invierno es poco lo que podemos hacer. Mis hijos conocen el zoológico de memoria y ya no quieren ir ahí. Se aburren en casa. La casa de un hombre divorciado no es divertida para un chico, no hay nada que hacer. A veces nos quedamos viendo tele, pero ellos no dejan de preguntarme cuándo volverán a su casa. Sólo quieren jugar con los amigos de la cuadra. Yo sé que soy egoísta, pero no importa, los amo a gritos y quiero que se queden conmigo hasta las seis de la tarde aunque el aburrimiento los aplaste. A mí me aplasta.

Tu ausencia me aplasta, Amalia. Tu ausencia es tu presencia donde faltas.

El domingo pasado, cuando fui a buscarlos en la mañana, tenían los ojos hinchados de tanto llorar y la madre me miró avergonzada tras la puerta, encogiéndose de hombros, tal vez disculpándose por haberse visto en la necesidad de obligar a los niños a salir conmigo. Amalia los chantajea para convencerlos. Es una buena mujer.

Ese domingo fue terrible. Mariana, la pequeña, no quería salir y estuvo enfurruñada todo el día, llorando por todo cuanto pudiera contradecirla, desde el color del cielo hasta la negativa de un chocolate. Me hizo una escena en el supermercado y gritó que yo no era su padre. La gente se volvió hacia mí, dispuesta a defender a la niña de este monstruo que soy. Su hermano fue el único capaz de tranquilizarla. A veces Javier parece más padre de ella que yo. Me dijeron que habían salido conmigo porque de lo contrario no podrían ver televisión durante toda la semana. El domingo pasado fue así. Deseaba llorar y gritar, apretarlos contra mi cuerpo, a mis hijos. Pero ni siquiera pude mirarlos. Les tomé la mano y los llevé a casa sin decir una palabra.

No es sencillo. Ahora estoy caminando y me acerco al parque Rodó. Me disgusta este parque, está lleno de padres e hijos. Ahí van, tomados de la mano. Los niños saben que cualquier cosa que quieran les será concedida, y así andan sus padres, llenos de paquetes, manchados de helado y chorizos, cargando patines, arrastrando a sus hijos en bicicleta. Pensando quién sabe qué dulzuras con esas caras de amor abstraído. Yo no, yo voy solo. Este domingo voy solo.


***

No quiero recordar el día en que mi esposa vio ese papel que debí haber tirado. “No tengo nombre ni edad. Sólo tu lengua frenética, roedora”. Eso fue lo que ella me escribió. Ella, la otra, mi otra. Roedora. La comparación de mi lengua con un topo no me resultó muy feliz. Era apasionada, pero no la amaba como a mi mujer. No valió la pena. Sólo para recibir un papelito tonto que debí haber tirado. ¿Pero cómo iba a tirarlo? Ella me había dicho “es un poema corto, leelo y tiralo”. Y yo no le hice caso.

Y nos jodimos todos.

Aunque todavía dudo de si valió o no valió la pena. Los domingos no hay escapatoria, no valió la pena. Cuando voy a buscar a mis hijos y me reciben huraños con los ojos hinchados, no valió la pena. Sin embargo, cuando me encontraba con ella después de tan vergonzosos arreglos de coartadas y tiempos, sí que la valía. Y cuánto. Todos somos iguales. Por eso ahora me siento como dentro de un cuento de Benedetti y ese señor gordo con una niña en los brazos que lo aparta, diciéndole que le pica la barba, parece un dibujo de Quino. Todo es muy chico aquí. Todo se parece a alguna otra cosa. Yo mismo soy quien menos me sorprende cuando me veo retratado mil veces en este parque.

Al principio era emocionante tener una amante. No me quitaba el sueño, era un divertimento. Me hacía sentir bien el deseo que ella tenía por mí. Era reparador. Pero una vez que tuve una amante perdí el miedo de tenerla. Antes, algo así habría sido inconcebible, me habría horrorizado la idea. Después fue irremediable y supe que nunca más sería fiel. Ni a mi esposa ni a ninguna otra esposa que tuviera en el futuro. Ni siquiera le exigía mentalmente fidelidad a mi mujer, al contrario: me habría tranquilizado saberla infiel a ella también.

"¿Y entonces para qué mierda estamos juntos, digo yo?". Dijo ella.

Hay quienes dicen que cuando un hombre se acuesta con una mujer está haciendo sólo eso, pero que en cambio las mujeres quieren amor, no quieren sexo. Si fueran como nosotros comprenderían, al menos mi esposa habría comprendido, que no tiene ningún sentido hacer tanta alharaca por un papelito olvidado en un pantalón con una frase procaz.

Ella, la otra, era una gran amiga de Amalia. Y claro, todo empezó a ser cada vez más irónico. Pero ya era tarde. Ya ella había "perdido su nombre y su edad", ya no le importaba nada sino sentir mi lengua, roedora, inventándola. Qué hermosa palabra: ella. Me decía que era una hoja en blanco y mi lengua un pincel. Era tan básica. Lo decía así porque soy pintor, porque suponía que me excitaría pensando en esa imagen cada vez que encarara un lienzo. En la cama me decía que la mataba de placer y luego me lo repetía al oído, bajito, en reuniones sociales, incluso en presencia de mi mujer. Exageraba. Yo sólo quería acostarme con ella, con esa mujer exquisita que siempre me había gustado. Pero cuando al engaño se le sumó la ironía, ya era tarde. Ella ya había monopolizado mis poluciones. Nuestras citas se hicieron cada vez más frecuentes. Y yo nunca le dije nada, ni una palabra de afecto. Menos mal.


***


Acá sentado en el parque, solo, se está bien. Hoy la ciudad amaneció forrada de neblina. Tengo las manos heladas dentro de los bolsillos de la campera y soplo mi propia bufanda para calentarme los labios. Estoy encogido y las hojas secas juegan a mi alrededor. Los niños parecen paquetes envueltos mil veces. “No, papá, no me gusta la mayonesa”, le dice aquella pequeña a ese hombre. “¡Cómo! ¡Antes te gustaba!”, replica él, molesto, a lo que ella responde “ya no” y se pone a llorar. “Pero nena, no te preocupés, si no te gusta no la comás. Dejá de llorar, por favor”, suplica el padre.

Escucho en una radio que terminó el partido. No ganó el que se supone que es mi cuadro, no gana nunca. No voy a ir más a ver un juego. Me fastidia sentir que hay veintidós hombres dándole a la pelota para darme la oportunidad de salir con mis hijos. Ellos quieren jugar fútbol en su calle, no quieren mirarlo con un padre aburrido que no sabe de qué hablarles, que no recuerda el nombre de sus maestras, que no conoce a ese chico que la niña asegura es su príncipe azul. ¿Por qué las mujeres serán tan mujeres? ¿Por qué son siempre ellas las que se conmueven cuando la mar está brumosa y el sol tapiza el cielo con un rojo aterciopelado y ese tipo de cosas? ¿Por qué creen en el príncipe azul y en los amaneceres? ¿Por qué escriben papelitos?

Sea un engaño mutuo o no, el fútbol nos une bastante a mi hijo Javier y a mí. Le regalo llaveros y banderas, inventamos nuevos insultos que no serán cantados en la barra brava. Pero Mariana no, ella es diferente. Ella quiere amor, no quiere sexo, no quiere fútbol.

Hace varios domingos Mariana estaba alegre y hacía correr su cuerpecito de un lado a otro del apartamento. Gritaba y cantaba, molestando a Javier que jugaba Nintendo y se daba vuelta de cuando en cuando para asegurarse de que yo estuviera pendiente de sus hazañas. Yo lograba atrapar sus miradas y lo felicitaba a tiempo por haberse ganado otra vida o por haber matado a un contrincante. Cuando los mandé a bañarse, Mariana salió desnuda de la ducha, arropada con una toalla y atrapada por otra que intentaba envolverle la cabeza. “Papá, ¿me veo hermosa?”, me preguntó. “Sos una princesita”, le dije. Me miró pizpireta y se sentó en el colchón con una pose que había visto hacer a su madre cuando posaba para mí. “Pintame”. Y la pinté. Le dije que era una pizpireta. “¿Y qué es eso?”. “Lo que sos vos”. Ella se rió y se quedó quietecita en su estudiada pose. Cuando Javier salió de la ducha vio un retrato bastante terminado y quiso formar parte de él, sentándose al lado de su hermanita para que también lo pintara. Nuestro equilibrio es tan delicado que el más mínimo soplido puede derrumbarlo, y hay que esperar una semana entera para armarlo nuevamente, desde cero, como los castillos de naipes. Mariana hizo un berrinche del que aún me cuesta recobrarme y Javier se sentía desplazado si no lo pintaba con ella, o si lo hacía en otra cartulina. Traté de distraerlos y los saqué a pasear. Pero ya se había roto.

Otras veces no pelean por mi cariño. Aquello fue un honor para mí. Otras veces me rechazan, me odian, se pelean por ir en el asiento de atrás del auto, lejos de mí. Lo más lejos de mí posible. Ese mismo día, en el cine, nos sentamos separados porque ninguno de ellos quiso quedarse a mi lado. Luego los llevé a casa y los dos iban atrás, y Amalia, su madre, los recibió con una mueca, disgustada porque se habían portado mal conmigo. Amalia. Qué hermosa palabra: Amalia.


***

Cuando las citas se hacen cada vez más frecuentes, los amantes comienzan a descuidarse, confiados en la suerte que han tenido hasta entonces. Yo sabía eso por la experiencia de mis amigos y aún así no pude controlarme. La disfruté como quien disfruta un buen asado y en este momento me siento indigesto y querría vomitar. Eso debí pensarlo antes de roer, inventar, dibujar a una mujer con un pincel algo más que imaginario.

Pero en aquel entonces no me preocupaba demasiado el futuro. A medida que me descuidaba, que ella se volvía insoportablemente seductora, que Amalia me hacía sentir indigno de su compañía, yo me iba formando miles de teorías sobre la culpa y el pecado.

No lograba sentirme mal por lo que hacía. No me sentía pecador. Incluso sentía que lo merecía. La culpa se dirigía hacia mí mismo, por mi incapacidad de sentirme conforme con todo lo que yo tenía de confortable y decoroso a mi alrededor. Y como el remordimiento no me carcomía, y como el pecado era un concepto que no entendía, no me preocupé por tirar el papelito. Pero debí tirarlo. Debí rechazarla en la cama cuando me decía que me quería, debí prohibirle que me sedujera en público. Es que ella era una gata, se frotaba sobre mí como una serpiente, me jodía como una perra. Yo no podía con tanto.

No tengo deseos de recordar lo que ocurrió. No en este parque frío.

Total, no fue como imaginaba que sería. Sin embargo sé que de volverme a casar lo volvería a hacer, porque hasta el día de hoy sigo sin entender dónde está el pecado, sino en esos niños huraños y juguetones, lejanos, que me preguntan por qué no vuelvo a casa.

No, no estoy muy convencido de mis propios argumentos. Es muy débil la frontera entre los argumentos y las excusas, es como confundir las intuiciones con las esperanzas.

Al menos sé que eso me hace humano.


***

Los padres comienzan a fastidiarse de tanta paciencia vomitada de mala gana y el frío está haciéndome tiritar acá, a mí, que estoy tieso y encogido como una esponja vieja. Qué humano nada. Si supiera en qué consiste lo humano no me detendría a mirar.

Voy a buscar a mis niños, tal vez pueda sacarlos un rato a alguna parte, tal vez Mariana me haga el favor de corretear a mi alrededor y jugar a la princesita. Ojalá me inviten a jugar con ellos. Ojalá que este maldito día se termine pronto, ojalá se abolieran los domingos por siempre y las mujeres no fueran tan mujeres, para yo no ser tan yo.

Por eso no voy más a la cancha. Porque antes tenía muchas más cosas de qué hablar con mi hijo, porque a mí no me interesa, porque la niña tampoco quiere ir, porque la niña quiere amor, quiere un amanecer aterciopelado. Quiere que Dios le haga masajes en la Rambla, como decía su madre Amalia. Amalia. No he dejado de pensar en ella desde que salí de casa. Su rostro huraño de los domingos, su dulzura de los domingos. Fue tan implacable. He estado distraído en este parque como un niño perdido y quisiera escucharla en un altoparlante, llamándome, abrazándome con su voz cálida. Quisiera recordar más a mi mujer. Quisiera recordar su olor en las mañanas. Su aliento a café y pasta de dientes de las mañanas. 


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(*) Este cuento recibió el tercer premio en el concurso del Banco de Previsión Social en Montevideo, en 2005. Luego fue publicado en una compilación que no encuentro y cuyo título no recuerdo.

17 comentarios:

guillermo mischkinis dijo...

Navajas.

NO puedo terminar de leer.

son navajazos en el aire.

en cuanto ( en cuento ) tome aire, lo leere.

de no corrido, o sea, de a poco.

como se saborea un vino, una locura, un reconocimiento.

brindo por tu texto, imposible.

Franco (fvidiella.com) dijo...

Agradezco que mis hijas vengan con una sonrisa conmigo, y que esa sonrisa se borre por un instante cuando ven que el fin de semana se acaba.

Agradezco que no haya habido un papelito ni una "ella" que me haga cuestionarme muchas cosas.

Agradezco que ahora sí haya una "ella", pero con nombre y edad y pueda usar el tiempo que estoy sin mis hijas para dar rienda suelta a mi lengua roedora.

Agradezco que sea mi pispireta quien retrate, quien me retrate, junto a su hermana, mi "ella" y su hijo que ya es casi mio.

Agradezco la falta de escenas en supermercados.

Agradezco que mi vida ya no sea un blues.

Me encanta el relato, fundamentalmente por ser tan distinto a mi vida. Me encanta porque me dice "vas bien, es por ahi el camino".

Ah, y agradezco que no me gusta el fútbol!

edu dijo...

es curioso, franco, cómo aun sintiéndonos tan lejos de este relato, no podemos evitar pensar en nosotros a cada frase. o no tan curioso, viniendo cada frase de quien viene.

Tatito dijo...

Tomé aire profundamente... apreté los dientes... se me revolvió mi pasado reciente atravesandome como una cuchlla, y terminé el relato de un tirón. Sencillamente salvaje.

¿Como haces para escribir desde dentro de mi, de mi historia con divorcio, con mi hija de 8 años, con tardes de domingo al cine o al zoologico ese donde ya no quiere ir?

No fuí infiel... no hubo "ella" ni papelito en el bolsillo, ni lengua de roedor... pero hubo una traidora llamada Rutina con la que nos engañamos mutuamente, cuando la descubrimos... ya era tarde.

Hoy mi vida es otra, ya han pasado casi cuatro años de aquello... pero agradezco (si... a veces hace falta) el cachetazo que me diste con este relato...

Un beso.

TP dijo...

Bravo, bravísimo; ha sido un auténtico placer leer esta entrada, pocas veces leí, sobre el tema en cuestión, algo tan claro, tan preciso, tan "bisturí". Por momentos pude sentir ese dolor, el vacío, las ausencias. ¡Ah,qué maravilla sería ser Amalia!

COCOLINO dijo...

Sin palabras. aguda observadora del alma humana. Pienso tras leer: y si al fin y al cabo este relato no demuestra que estamos todos condenados, hagamos lo que hagamos. Leila, nuevamente felicitaciones

Anónimo dijo...

Genial post and this post helped me alot in my college assignement. Thank you as your information.

sorjuana dijo...

Impresionante, sentí mucha melancolía, sobre todo por mi separación reciente, sin "ellas" y por mi voluntad, pero no puedo dejar de ver el dolor de él retratado aquí. Yo, que soy su Amalia, pero sin errores adolescentes de su parte.
Por suerte, es un padre full time, no de domingos. Eso es tristísimo.
Pero igual se siente el dolor de lo perdido.
Está bien escrito, muy bien resuelto. Desde mi percepción particular de lectora, me molestaron un poco las "explicaciones" (aclarar la edad de los hijos o "presentárselos" al lector, como sabiendo que se está siendo leído). Fueron los únicos momentos en que "salí del trance" y tomé conciencia de que estaba leyendo un cuento, pero fuera de eso me dejé envolver. Muy bueno.

Leila Macor dijo...

Gracias, Sorjuana. No suelo hacer esto, pero estuve tan de acuerdo con tu crítica que corregí inmediatamente los detalles que señalaste. Tenías toda la razón. Gracias, repito. A los demás, los que se sintieron identificados y los que no: qué suerte. Saludos!

Anónimo dijo...

Hola Leila. Yo lo que agradezco es haber encontrado tu blog. Admiro tu capacidad para enganchar a tus lectores.

Rubén Prado dijo...

Hola Leyla!

Como los escritores, escritora en este caso, nos damos licencia para escribir desde el otro sexo, qué bien lo has hecho, jugando a ser el hombre tan hombre.

El genio puede hacer de la circunstancia más pueril algo verdaderamente conmovedor. ¡Genio!

Un abrazo.

Justo Villamil dijo...

Leila congratulaciones por tan magnifico cuento. Leo hace mucho tiempo todo lo tuyo, pero este cuento es muy bueno. Todos los honbres divorciados hemos pasado por situaciones parecidas y tu haces uso adecuado de las situaciones para hecer tan lindo cuento, reitero congratulaciones y gracias, muchas gracias por editarlo.

Anónimo dijo...

Para los nuevos divorciados o separados, como en mi caso, es una visión de un futuro dificil y casi imposible de evitar, no pude dejar de leerlo por más que lo intenté y me parecio real y lleno de sentimiento, trataré de coger consejo, pero muchos de los sintomas son imposibles de remediar. Tampoco fue mi caso el de la existencia de "ella" ni el papelito, pero muchos elementos de esta historia acompañan a todas las rupturas, gracias por presentarme este panorama que empiezo a vivir con mi hermosa hija y que por ahora, si se alegra mucho de verme tambien prefiere estar con su madre despues de un tiempo conmigo, para mi será mas dificil ya que en mi ciudad no tengo un zoologico. Felicidades.

Luis Lacave dijo...

Coño, qué duro!(sniff, sniff) No se parece a nada de lo que te he leído, no sé cómo hiciste para escribir eso, pero te aseguro que le sacaste su lagrimita a más de uno. Inevitablemente uno(el que ha pasado por algo parecido)se refleja en el personje, pero además sabe que no podría contarlo mejor, de lo bien dicho que está. Ese tipo es tan real, que uno dice: "ese soy yo, somos todos".
Deberías ponerle una advertencia, para que las personas deprimidas y despechadas no lo lean. Es uno de esos textos que uno no puede decir si le gusta o no, porque no lo lees, lo vives y lo sufres (y me disculpas el enorme lugar común, pero no hay otra).
¡Y yo que estaba gozando una y parte de la otra con "El precio de las dedicatorias"! ¡No, no hay derecho!

lucialadra dijo...

Ah, pero qué palo, qué puñetazo en la boca del estómago. Es la primera vez que te leo y me gusta. Mucho, me gusta.
El cuento me partió al medio, y eso que no soy hombre, ni estoy separado, ni tengo hijos.
Un lujo lo suyo.

gustavomendoza dijo...

Excelente relato Leila. Debes haber visto muchos casos de padres separados y familias disfuncionales para escribir algo tan tan creíble y bien logrado. Aunque faltaron algunos pasajes de violencia domestica y unos tiroteos y carros volcados para darle mas acción al relato. Mentira Leila, tu relato es exquisito. Felicitaciones.

gustavomendoza dijo...

Excelente relato Leila. Debes haber visto muchos casos de padres separados y familias disfuncionales para escribir algo tan tan creíble y bien logrado. Aunque faltaron algunos pasajes de violencia domestica y unos tiroteos y carros volcados para darle mas acción al relato. Mentira Leila, tu relato es exquisito. Felicitaciones.