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24/7/10

El Gobernador de Plátanoalto


El Gobernador de Plátanoalto era muy enamoradizo. Yo era su secretaria, pero nunca se enamoró de mí porque yo no era su estilo. Soy delgada y mi mirada divaga, me tropiezo con las paredes y me hago zancadillas con mis propios pies. Al Señor Gobernador le gustaban gorditas y decididas, con los ojos como flechas. 

Plátanoalto era un Estado al sur de la República Confederada de Las Bananas. El Estado de Plátanoalto era importante porque allí se concentraba toda la producción agrícola del país y Las Bananas era un país agrícola. Producía plátanos, no bananas. El plátano era como una banana pero más grande y se comía frito. 

Ya nada de eso existe. Los plátanos no se producen más y de todos modos no hay nadie para comerlos. 


Yo era la secretaria del Señor Gobernador y él era muy enamoradizo. En la Gobernación trabajábamos muy pocos, aunque había mucha gente que recibía sueldo. Había distintas comisiones que el Señor Gobernador designaba y entonces las secretarias teníamos el doble de trabajo y los comisionados el doble del sueldo. 

Ahora soy secretaria en otro país, pero eso no importa. 

El Señor Gobernador era muy enamoradizo. Un día llegó a la Gobernación una señora gordita y con los ojos como flechas. Ella se llamaba Maigualida Casado y era soltera.

El Gobernador se enamoró de Maigualida Casado porque era como una flecha. Supe que el Gobernador estaba muy enamorado porque repentinamente dejé de trabajar para él para empezar a trabajar para ella. Yo recibía un sueldo y no me importaba qué finalidad tenía mi trabajo. Mi trabajo era llamar por teléfono durante ocho horas diarias sin preguntar. 

Un día escuché a Maigualida Casado decirle al Gobernador que no le gustaba la lluvia porque le resultaba triste. Hizo un puchero para hacer plástica su tristeza. 

–Mijita– me dijo inmediatamente el Gobernador– llámeme al Centro Estatal de Lluviometría y dígamele al Director que el Excelentísimo Señor Gobernador, o sea, yo, prohíbo terminantemente las lluvias en el Estado de Plátanoalto.

–¿Y si me pregunta el motivo, Señor Gobernador? ¿Qué le contesto?– pregunté tímidamente, tropezándome con mis propias palabras. 

–Sólo dígale que la Comisión del Gran Plátano descubrió que las lluvias son dañinas para la producción. 

–No existe esa Comisión, Señor Gobernador– susurré.

–¿Usted es mi secretaria o la secretaria de quién?– se molestó conmigo. Mientras me dirigía a mi oficina lo escuché llamar a un directivo de la Gobernación y ordenarle crear la Comisión del Gran Plátano. 

Hice la llamada y no llovió más en Plátanoalto

Maigualida Casado estaba feliz. Llegaba radiante a la Gobernación y le daba de comer en la boca al Gobernador. Yo los miraba pero yo no era nadie. Estaba feliz la mujer porque no le gustaba la lluvia, me dijo que no le gustaba porque las humedades y fluidos la inquietaban. 

La otra gente, en cambio, no estaba muy feliz. Llamaban a la Gobernación de todas partes del Estado de Plátanoalto para pedirle al Gobernador algo de lluvia. Los plátanos se secaban pero la Comisión del Gran Plátano seguía firme en su teoría, avalada por los mejores expertos estadounidenses, de que la lluvia era dañina para la agricultura. La gente se convenció de que aquello debía ser cierto.

La sequía duró dos años seguidos, hasta que llegó Clavel Fuenmayor a la Gobernación: una señora gordita, con los ojos como flechas y más mala que Maigualida Casado. A ella le gustaba la lluvia. En poco tiempo Maigualida desapareció y luego supimos que había viajado al Estado de Bajorrelieve. Así que de un momento a otro comencé a trabajar para la señora Clavel Fuenmayor, de quien el Gobernador se había enamorado locamente. A Clavel Fuenmayor le gustaba la lluvia y el Señor Gobernador seguía siendo muy enamoradizo. Clavel decía que el sol le derretía el maquillaje y que era hermoso ver llover desde las ventanas, porque hacía ruido y no se podía trabajar. Porque se comían bizcochos con chocolate caliente, por eso le gustaba la lluvia a Clavel Fuenmayor.

–Mijita– me dijo un día el Gobernador –llámeme a la Dirección Estatal de Lluviometría y dígameles que la Comisión del Gran Plátano ha decidido que es el momento de que empiece a llover. Que llueva día y noche sin parar.

Llamé y al día siguiente empezó a llover y la gente, agradecida, fue hasta la Gobernación a agradecerle la lluvia al señor Gobernador. Como había sido muy gentil comenzaron a lloverle regalos: plátanos envueltos en papel de regalo con organza y brillantina. Cosas muy creativas.

Llovió durante dos años seguidos. 

Se crearon nuevas Comisiones porque la lluvia impedía caminar y pasear. Con las Comisiones tampoco se pudo caminar ni pasear, pero al menos existía la Comisión del Caminante y del Paseador, la Comisión del Peatón Mojado, la Comisión para la Reforma Acuática Estatal. No sé bien qué hacían, yo era secretaria de todas y llamaba por teléfono. Ellos hablaban. 

Se inundaron las calles porque los acueductos estaban tapados por los dos años de sequía anteriores en que no habían necesitado mantenimiento. Llegaban reporteros de todas partes del mundo, pero nadie los atendía porque estaba lloviendo. La gente seguía agradecida, aunque los plátanos no se podían freír porque estaban tan mojados que el aceite se salpicaba y las mujeres se quemaban el rostro y las manos. Los reporteros mostraban los autos adaptados para lanchas y el Gobernador les decía que estaba todo bajo control, que la lluvia era una medida gubernamental para que aumentara la producción de plátano.

Mucha gente perdió el trabajo porque no sabía nadar o no tenía lancha. 

–Yo les di la lluvia –decía el Gobernador en las entrevistas– porque el pueblo quería lluvia. Ahora quieren sol. Las cosas no son tan sencillas, comprenderán que al crearse la Comisión del Peatón Mojado se generó empleo para el pueblo y que yo no puedo, de buenas a primeras, quitarle el alimento a mil familias. 

La gente se conmovía, mirando a su alrededor para saber quiénes eran esas mil familias.

Cierta vez, el Excelentísimo Señor Presidente de la República Confederada de Las Bananas llamó a mi Gobernador para exigirle sol en el Estado de Plátanoalto, porque una amiga suya había querido ir de paseo y no había podido cruzar la mojada frontera. Nadie que no tuviera lancha podía traspasarla. Entonces Clavel Fuenmayor se entristeció porque la exigencia del gobierno contradecía sus propias exigencias, y se fue. Supimos que había ido al estado vecino porque nos llegaban las noticias de que allí llovía sin parar. Nosotros teníamos sequía nuevamente, así como la tenían otros estados por donde pasaba Maigualida Casado, la soltera. 

Como llovía en algunos estados y en otros no, poco a poco los primeros empezaron a hundirse. Los Estados Mojados de Las Bananas, que fue como empezaron a llamarlos, se fueron ablandando desde su línea fronteriza y hundiéndose como cuando se hunde la arena mojada.

Los Estados Secos de Las Bananas tuvieron un proceso diferente. 

Algunos se incendiaron por completo, aunque los incendios no traspasaron las fronteras porque los Estados vecinos se estaban hundiendo. Otros Estados Secos simplemente se desertizaron y la gente debió emigrar. Peregrinaban miles de personas con los rostros cuarteados, llevando baldes vacíos con la esperanza de encontrar un oasis. Pero llegaban a las fronteras y se hundían en el Estado Mojado, y se ahogaban. 

Otros Estados Secos se resquebrajaron tanto tanto que no se podía caminar sin caer en profundos hoyos de tierra dura y roja. 

Dejamos la Gobernación un día de mucho viento en el Estado de Plátanoalto, justo antes de que se desplomara por el peso de su tierra seca. Nos fuimos en la avioneta del Señor Gobernador. Él fue muy amable conmigo porque me invitó a salvarme.

Le estoy muy agradecida al Señor Gobernador. 

Se reunieron todos los Gobernadores en la casa Presidencial y se fueron en un avión, llevando a sus mujeres, muebles y otras pertenencias. Maigualida Casado y Clavel Fuenmayor me saludaron afectuosamente. Yo me fui también en ese avión y vi por la ventanilla cómo a mi República Confederada de las Bananas se le hundían algunos estados y se le incendiaban o resquebrajaban otros. Desde arriba, el país se veía como un tablero de ajedrez implosionando.

Fue difícil conseguir trabajo acá donde estoy porque en mi currículum estos desórdenes no me hacen quedar muy bien. Fue difícil para mí y para las demás secretarias que gracias a la amabilidad de los Gobernadores pudimos salvarnos. Fue difícil porque, además, la culpa fue de nosotras que no entendimos bien las órdenes.

En el aeropuerto, antes de despegar, leí un cartel que decía: "Lasciate ogni speranza".

Lo que pasa es que los Gobernadores son muy enamoradizos, le expliqué mentalmente a quien fuera que lo hubiera escrito. 

16 comentarios:

Gitane dijo...

Impresionante, felicitaciones!

COCOLINO dijo...

leila sos una genia total admiro como escribis. este cuento es increíble.
ds

Anónimo dijo...

Hola Leila! Hola a todos! No se si sonreír o llorar con esta narración... aunque puedo decir que me gustó. Siento que "algo" en este cuento me resulta conocido, es como tan real dentro de esa serie de acciones tan disparatadas. Como un guiño a la verdad que nos abraza hasta asfixiarnos. Gracias por escribirlo.
Nirazid.

ednaleah2 dijo...

Realmente tienes una imaginación envidiable. gracias por hacerme reir... una realidad de como son los gobiernos en la bruma de tu cinismo mágico.

Profesor Van Hallsing dijo...

Hola,Súper!Che, esta vez te salaste en serio. No recuerdo haber leído algo tuyo que me gustara más. Te quiero! Beso!

MAGE dijo...

ESPECTACULAR, Leila!!!!
ES-PEC-TA-CU-LAR!!!!
Qué cuento tan maravilloso!
Felicitaciones!!!

Leila Macor dijo...

Gracias! :D

Miriam dijo...

Leila, está tan interesante, con un ritmo que hace que se lea de un tirón, porque queremos saber cómo se irán desatando esos nuditos que, como perlas van haciendo el entramado. Y... sabes qué??? Lo guardo para leérselo a mi nieta (unos dos años, más o menos para que lo pueda disfrutar). Gracias

Franco (fvidiella.com) dijo...

¿dónde está el botoncito de "me Gusta"?

Anónimo dijo...

Hola, me encanta eso de "despáchate".

El cuento se lee con interés buscando el desenlace, pero una se queda un poco ploff, no sé, igual es porque esperaba verle una relación con algún país o gobierno real.

No termino de encontrarle sentido a que por enamoramiento, que no amor, haya hombres que pierdan el norte y fastidien muchas vidas ajenas; lo de las comisiones-generadoras de dinero "fresco"- son más realistas.

Perdón, igual mi problema es pretender encontrarle tres pies al gato y un mensaje.

Un saludo, te leo a menudo pero sin participar, espero que esta primera vez no resulte molesta aunque sea un poco ácida.
Rosanna

Franco (fvidiella.com) dijo...

tira más un cabello de mujer que una yunta de bueyes...

Leila Macor dijo...

Hola Rosanna,
Tienes razón, parece increíble pero eso tan tirado de los pelos (y no hablo de los pelos de los que habla Franco), como que un jefe pierda el norte por un enamoramiento banal y eso acabe fastidiando a mucha gente, es la única parte real de la historia. Pero tampoco es de mis cuentos preferidos, no te preocupes. Entiendo ese ploff que dices. Es que los otros cuentos son muy largos. Capaz que los publico en varias entregas.

tropi dijo...

:)
sos grossa.
sabelo.

Franco (fvidiella.com) dijo...

Además de grossa, hoy es cumpleañera.
Felicidades!

Ana Laura dijo...

Me ha encantado este cuento, tan mágico y tan... real.

No conocía tu blog, acabo de llegar desde el blogroll de Con sabor a mí, y realmente me atrapaste con la primera entrada que leí. Si te parece, sigo leyendo, dando vueltitas por aquí.

Un saludo, y felicitaciones!

LuKiA dijo...

Me gustó mucho Leila. Gracias.