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21/6/10

El Gran DT y la Incapacitada Formal



A la persona a la que nunca
le dedicaron un libro



El inmenso balón aerostático de fútbol parecía desafiar todas las leyes de la inercia cuando se movía de un lado a otro dibujando zetas y ángulos imposibles. Adriana lo había visto ascender desde el balcón y tuvo la mala idea de bajar a la calle a participar de la fiesta nacional que conmemoraba el aniversario de la victoria nacional en la III Conflagración Mundial de Equipos-Naciones.

El balón dominaba la noche, rodeado de palomas blancas y acompañado por una emotiva secuencia de fuegos artificiales.


Las casas se vaciaron y todos los habitantes se habían vertido a lo largo de la costa, mirando el cielo deslumbrados por el espectáculo. Algunos se secaban las lágrimas con los guantes. La multitud se agolpaba en los balcones, las calles y veredas, sobre los autos o sentados en la arena helada; todos abrazándose y besándose con emoción en honor a una victoria pasada. Era una gran fiesta. Todas las selecciones barriales estaban ahí, junto con sus Representantes Funcionales. Los Árbitros para la Defensa del Fútbol Nacional (ADFN) mantenían el orden. La gente no hacía caso del frío y hasta disfrutaba el viento agudo que venía del mar. Adriana parecía uno de ellos, o creía parecerlo. Salió sin temor, segura de que nadie notaría su presencia entre tanta gente.

Adriana había tenido esa noche la delicadeza de ponerse la camiseta de la Selección Nacional, creyendo que así evitaría percances. Hacía mucho tiempo que no salía a la calle excepto para excusarse con la Directora Técnica (DT) Barrial por faltar al entrenamiento matutino y luego para ir a trabajar, donde procuraba hablar con la menor cantidad de gente posible. Pero esa noche deseaba ver gente y respirar un poco. Se abrió paso a empujones para alejarse de su edificio en caso de ser descubierta. No sabía quiénes eran los Inspectores Civiles de su zona, nadie lo sabía. De seguro la DT Barrial, esa mujer inmensa y hombruna, lo sería. También la vecina a veces parecía serlo por la suspicacia con que la miraba.

La música se hizo más fuerte cada vez y la gente entonaba cantos de tribuna. Adriana movió la boca pretendiendo seguir la letra. Caminaba hacia la orilla para sentarse en la arena a disfrutar del anonimato que le permitía la Fiesta Nacional, cuando en el camino la encandilaron dos potentísimos faroles y se encontró con un micrófono bajo la boca y un montón de gente a su alrededor. El periodista, un hombre delgado y alto, con aspecto de buen jugador, la interpeló sin saludarla, envuelto en la euforia que su programa requería:

–Usted parece mediocampista, ¿no es así?

–Mediocampista–, repitió automáticamente Adriana, insegura de su actual posición. La palabra le sonaba a insulto.

–¿Quién es el mejor goleador de su barrio?

Adriana titubeó. No había participado en un solo entrenamiento desde que se había mudado a la zona y se disculpó por no responder la pregunta.

–¡Cómo! ¿No lo sabe? ¿En qué zona entrena usted?

–La M.

–A ver, señorita, díganos la hora en que tuvo lugar la victoria que se celebra hoy.

Adriana se dio cuenta de que estaba perdida y miró por encima del micrófono el círculo que se había hecho alrededor del periodista y ella. La gente había dejado de hacer muecas a la cámara y la miraba estupefacta. El periodista era, evidentemente, un Inspector Civil y la ignorancia de Adriana estaba siendo televisada en vivo. Con la mirada le suplicó misericordia al hombre, pero él, satisfecho por haber descubierto a una Incapacitada Formal, continuó:

–¿Cuál es el número del jugador que cerró el torneo clausura la semana pasada con un gol cinco minutos antes de finalizar el partido?

Adriana primero se sintió paralizada, pero cuando el periodista le hizo una seña a tres Árbitros que estaban acodados en un auto a unos metros de distancia, tuvo la buena fortuna de reaccionar para correr en dirección contraria, golpeando a quienes se interponían en su camino y sin fijarse más que en el suelo que debía pisar. En la carrera sentía, como en una pesadilla borrosa, que la gente la abucheaba y trataba de detenerla halándola del pelo y la chaqueta; los rostros desenfocados le parecían grotescas reproducciones humanas; escuchaba los gritos, ya lejanos, de los ADFN instándola a que se detuviera. Sin embargo ella seguía, fugitiva como siempre. No miró hacia atrás hasta que la gente a su paso dejó de asirla de los brazos para frenarla y supuso que los Árbitros la habrían perdido. Sólo entonces se paró en seco para recuperar el aire.

Sudaba como un caballo a pesar del frío, las sienes le palpitaban y cayó arrodillada, las manos apoyadas en el suelo, para escupir el cansancio. Todo le daba vueltas y sólo escuchaba su respiración sofocada, como si buceara en un mar revuelto. La tranquilidad aparente la abrumó. Cuando oyó la música nuevamente notó que nadie le prestaba atención; el ambiente había vuelto a ser el mismo que antes: los niños, la emoción del público, los jóvenes tomando cerveza y el inmenso globo-balón erigiéndose en el cielo estrellado. Con disimulo Adriana se deshizo de la chaqueta, que podría identificarla, y se quedó con el jean y la camiseta. Caminó con aparente paso tranquilo hasta su casa, maldiciendo su idea de salir a la calle esa noche. Pensó en el baño que se tomaría. En el fondo creía que nadie la delataría, pues ¿quién iba a ver televisión en una noche tan especial? Ni siquiera El Gran DT debió haber permanecido inmune a tal despliegue de artificios.

No obstante, cuando bajó del ascensor y se detuvo delante de la puerta de su apartamento para buscar las llaves, sintió que la vecina de enfrente le daba una palmadita temblorosa sobre el hombro. “Te vi en la tele”, le dijo. “Sabés que yo siempre estoy pendiente de vos, ¿no?”

–¿Y? ¿qué tal salí?–, preguntó Adriana con coquetería, acomodándose el cabello.

–Muy linda–, le dijo la anciana, clavándole los ojos en la camiseta. –¿Por qué estás tan despechugada, mija? ¿Y tan transpirada? ¿Qué hiciste después de la entrevista? ¿Por qué dejaste al hombre con las palabras en la boca?

Adriana titubeó y abrió la puerta de su apartamento. No sabía si la vieja estaba siendo amable con ella o si quería sacarle información. Si fuera una Inspectora Civil la habría abordado más directamente. Entró y trató de cerrar la puerta, pero la vecina la detuvo con la mano.

–Me robaron–, explicó Adriana, tratando de zafar. –Y estoy muy cansada. Buenas noches–. Con una fingida sonrisa despidió a la mujer y cerró la puerta, de la que se apoyó con un suspiro de alivio. Lamentó no tener ningún plan y consideró que sólo a la mañana siguiente comprendería la relevancia del incidente. Se recostó en el sillón, prendió la tele y antes de cambiar de canal ya se había quedado dormida, envuelta en un miedo viejo al que ya se había acostumbrado como quien se acostumbra a un rizo rebelde.

El sol la despertó a través de la bandera de la Selección Nacional que había distribuido gratuitamente el Gran DT y que ella usaba como cortina para complacer la política futbolística. Atragantó un café que se mezcló con el sabor de la pasta de dientes, se vistió atropellando su cuerpo con la ropa, se calzó el yeso en el brazo como todas las mañanas y corrió a presentarse al entrenamiento matutino.

–Llegaste cinco minutos tarde–, le dijo la DT Barrial. Adriana le explicó que le daba mucho trabajo vestirse con el yeso y, señalándolo, le recordó que aún no podía entrenar debido a su Incapacidad Temporal.

–Hace tres meses que tenés ese yeso, Adriana. ¿Esperás que siga excusándote de tu Entrenamiento Obligatorio?

–En virtud de mi Voluntariado Vespertino, tal vez sí–, pidió Adriana.

–Nunca te vi haciendo ningún voluntariado. ¿Qué hacés?

–No espere que se lo diga, sabe que es secreto.

–No me vas a hacer creer que sos una Inspectora Civil, nenita. ¿Pensás que no me doy cuenta de que merecés una Inspección del Pentágono?

–No estará insinuando que soy una Incapacitada Formal, ¿o sí?

La acusación era grave y la DT se excusó con la muchacha, temiendo tal vez ser denunciada por calumnia. Pero sus ojos se habían llenado de desconfianza y Adriana tuvo la certeza de que la mujer la había visto en la tele la noche anterior. Nunca antes le había hablado de ese modo y, para aplacar su suspicacia, le aseguró que esa tarde la vería en la plaza durante el voluntariado. La DT Barrial, que en el fondo no era mala persona, la excusó como todas las mañanas desde que se había mudado a la Zona M.

Adriana se sentó en la banca. Mientras duró el entrenamiento trató de memorizar los pases y el tipo de faltas cometidas para descubrir las reglas del juego, digamos, autodidácticamente. No podía comprar un libro de instrucciones o pedirle a alguien que le enseñara: eso la habría delatado de inmediato. Pero Adriana se distraía porque no lograba interesarse, cosa que le había sucedido todas las mañanas que podía recordar. Los Jugadores tenían una gran ventaja en la sociedad, pero los de la banca, como ella, debían demostrar sus Capacidades Potenciales. Hubiera preferido ser de la casta de la Hinchada Nacional para no recibir más exigencias por parte de la Selección Nacional que conocer todos los cantos barriales, estatales y nacionales. Pero había que tener una elevada carga de testosterona para funcionar con la agresión necesaria. Al menos así lo había dispuesto El Gran DT.

Cuando terminó el entrenamiento, era muy temprano todavía para ir a la oficina. Los altoparlantes instalados en cada esquina ya estaban transmitiendo el primer partido estatal del día y la voz de los relatores comenzaba a apoderarse de la ciudad. Era una linda mañana de invierno y Adriana ofreció su rostro pálido al sol, mientras caminaba hacia el bar al que siempre iba a desayunar.

El local estaba casi vacío. Un hombre tomaba su café y alargaba las piernas hacia el muchachito que le lustraba los zapatos. Era grueso y de aspecto feroz, ni el niño ni ella misma se hubieran atrevido a mirarlo a los ojos; y mucho menos a interrumpir su lectura de las tablas de posiciones de esa mañana. Cuando Adriana entró, el hombre se levantó con pesadez, le dio unas monedas al muchacho, pagó la cuenta y se fue, dejando el café a medio tomar y las tablas sobre la mesa. El mozo le hizo una advertencia negativa con la cabeza que ella no pudo comprender. Adriana miró la televisión del bar, era de esas que había distribuido El Gran DT en todos los locales comerciales para la transmisión pública de los partidos. Tenían un gran pentágono negro, el símbolo de la Selección Nacional, dibujado a los costados para que se recordara a cada instante la amabilidad del Gobierno. El noticiero comenzó con la fotografía de Adriana y la voz en off de El Gran DT solicitando su inmediata comparecencia ante las autoridades de los Árbitros para la Defensa del Fútbol Nacional. El Gran DT siempre hablaba en off, nadie conocía su rostro. Su voz, sin embargo, sí era reconocible, se escuchaba varias veces por día en los altoparlantes de las veredas, la radio, la televisión e incluso interrumpiendo la música ambiental de las oficinas.

Adriana tembló cuando vio su propia imagen congelada en la pantalla. Luego la cara de su vecina inundó la televisión, narrando el encuentro que ambas habían tenido la noche anterior. Poco después comenzó el relato de las estadísticas futbolísticas y finalmente se retomó la transmisión del partido, con lo que se inauguraba un nuevo día. El mozo cerró la puerta del bar y dio vuelta al cartel para que nadie entrara. Luego se acercó a su mesa y, carraspeando, le dijo, con voz ronca: “Parece que sos una Incapacitada Formal, ¿no?”

Adriana no podía pensar. No sabía jugar fútbol y la estaban buscando todos los árbitros de la ciudad. Con horror pensó en la Isla para Incapacitados donde enviaban a todos los que, como ella, recibían tarjeta roja del gobierno.

–¿Qué te hiciste en la garganta? –le preguntó al mozo, más interesada por la inmediatez que por su propio futuro. Estaba dispuesta a permanecer en el bar hasta que la vinieran a buscar los árbitros, si es que no la lapidaba antes la Hinchada Nacional.

–Fui al partido de anoche y grité hasta desgañitarme. Deberías haber hecho eso alguna vez, al menos te dan puntos.

–Me descubren adonde vaya–, explicó Adriana, apoyando la barbilla en el dorso de la mano. Recordó la vez que se había dormido durante los últimos diez minutos de un partido muy reñido. Los inspectores la acusaron de inmediato y recibió entonces su tercera tarjeta amarilla. Ahora su rostro sólo mostraba resignación.

–He vivido mudándome de zona desde que puedo recordarlo. No habría aguantado mucho tiempo más de incógnito, igual. En todas las selecciones barriales mi ignorancia fue evidente y no he podido hacer voluntariados, porque los niños se dan cuenta enseguida de que no sé enseñarles a patear. Sí –continuó Adriana, hablando sin modulaciones–, se supone que hago Voluntariado Vespertino en las plazas, pero no fui nunca.

–Ya es tarde– le dijo el mozo, con su voz ronca de ultratumba. Luego se levantó, la tomó de la mano y le ordenó, disfrutando de su pequeño momento de poder: –Seguime.

La llevó hasta la cocina del bar. A Adriana ya todo le daba lo mismo y si el mozo quería violarla o esclavizarla, pues no le resultaba menos atemorizante que ser enviada a la Isla a coser pentágonos negros en millones de camisetas.

La cocina parecía normal. Atravesaron la puerta grasienta del fondo y llegaron a una especie de depósito. El muchacho espantó las cucarachas cuando prendió la luz e iluminó pobremente el sucucho húmedo y las paredes enmohecidas.

–Parece que sos un gusano–, dijo él. Adriana no le prestó atención, dopada como estaba por su propia incomprensión. Le extrañó que el mozo fuera pequeño y delgado, eso sí, distinguiéndose con tanta evidencia del cuerpo atlético necesario para ser un buen ciudadano.

El muchacho corrió una estantería de metal oxidada y polvorienta que se apoyaba a una pared y, tras ella, apareció un gran hueco, disparejo e intencional, abierto a golpes en el cemento. Se encorvaron para sumergirse en él y caminaron a lo largo de un corredor estrecho, burdo y desigual como el de una mina. Olía a tierra húmeda y el aire estaba enrarecido por la falta de ventilación. Hacía mucho frío y Adriana comenzó a tiritar. Luego de caminar varios minutos, la cueva se abrió en un gran espacio lleno de gente que parecía trabajar tras sus escritorios. El aspecto grutesco del lugar contrastaba con las computadoras enchufadas a cables sueltos que corrían por las paredes de tierra. Nadie les prestó demasiada atención, todos parecían ensimismados en su trabajo. Adriana se despabiló entonces y advirtió, con una mezcla de horror y alegría, que estaba entrando al corazón mismo de la Resistencia.

Notó con nitidez la presión de su sangre palpitándole en las sienes y sonrió.

Caminaron hasta el fondo del gran cuarto, atravesaron otro agujero y llegaron a un espacio más chico, en el que había un escritorio de metal tras el que se sentaba un hombre muy gordo. Adriana trató de recordar la última vez que había visto a una persona obesa. Ese señor seguramente no salía nunca de la cueva, habría sido enviado de inmediato a la Isla de Incapacitados.

El gordo la miró por encima de unos lentes imperceptibles que se sumergían en sus mejillas y le sonrió con algunos dientecitos amarillos de piraña.

–Te estábamos esperando–, le dijo. –Pero no terminábamos de comprender de qué bando eras. Por la frecuencia con que te mudabas parecías Inspectora.

El mozo se había ido. Adriana sintió que un brazo la rodeaba y al darse vuelta vio a su DT Barrial, que le sonreía con un gesto amistoso. –Estamos en todas partes–, le dijo. –Y pronto tomaremos la ciudad. Las selecciones estatales caerán por su propio peso. Es sólo cuestión de tiempo. Bienvenida a la Selección de Gusanos.

–¿Gusanos?

–Nos llamamos así porque vivimos bajo tierra. Pero en realidad lo correcto sería llamarnos la Selección de Incapacitados. Yo me he compenetrado con esta causa a pesar de no serlo.

–Pero yo no soy incapacitada. Sólo no sé jugar.

–Ya aprenderás–, le dijo la mujer, retirando con cautela el yeso que Adriana aún llevaba puesto en el brazo. Nuestro símbolo será un pentágono azul.

–¿Qué tipo de Resistencia es ésta?– preguntó Adriana, masajeándose el brazo que había estado tanto tiempo inmóvil.

–La única Resistencia posible. El Gran DT es un payaso. Nuestro Gran Incapacitado–, continuó la DT Barrial, señalando al gordo que las escuchaba conversar–, es la persona más indicada para gobernarnos y hacernos vencer en la próxima Conflagración Mundial de Equipos-Naciones. Su incapacidad será motivo de orgullo y estímulo para todos los ciudadanos. Las clases de Educación Moral y Física serán sustituidas por nuestro proyecto de Incapacitación Formal para la Victoria Verdadera.

–Entonces–, replicó Adriana–, ustedes sólo proponen sustituir un símbolo por otro.

–El símbolo no–, aclaró el Gran Incapacitado tras su escritorio–. Sólo la tinta con la que se imprime. Es lo más económico.

–Es decir–, dijo Adriana–, ésta podría llamarse la Revolución de la Tinta Azul.

La DT Barrial se rió pero el Gran Incapacitado, cuyas carnes se desparramaban por la silla, no desestimó la idea:

–Siga opinando, compañera, que nos interesa escuchar a todos los sectores. Usted constituirá un núcleo fundamental de nuestra Revolución. Esperemos que continúe siendo tan creativa. Y usted –le dijo a la DT Barrial–, encárguese de que se convierta en la mejor goleadora de nuestras filas.

Adriana suspiró con cansancio. El hombre les indicó que se retiraran. De vuelta en el gran recinto donde todos los demás trabajaban tras sus computadoras, la DT Barrial la presentó a cada uno de sus nuevos compañeros y, finalmente, le indicó su escritorio. Adriana se sentó mirando el monitor con indiferencia. Luego de buscar entre carpetas unos minutos, la DT Barrial halló una pila de papeles que colocó sobre su escritorio.

–Tu primer trabajo será transcribir estas tablas de posiciones. Pronto tendremos una imprenta para nuestro propio diario y te encargarás de ella.

Adriana sintió que una pereza descomunal caía sobre sí como un manto suave y pesado. Sus ojos se cerraban y comenzó a acariciar la idea de vivir en la Isla para Incapacitados, donde podría encontrarse con gente como ella que hubiera sido expulsada del país, e incluso de otros países de la región, por su inutilidad. Imaginó una babel idiomática o una especie de bar extraterrestre con personajes extravagantes que harían alarde de sus respectivas incapacidades. No le desagradó la idea y calculó que bien valdría la pena el intercambio: coser pentágonos negros o azules en las camisetas de millones de personas a condición de vivir en relativa libertad. Relativa porque, de igual modo, la Isla no dejaba de ser una cárcel de la que no saldría jamás.

Trabajó hasta bien entrada la tarde. Sólo entonces tomó una decisión y solicitó una audiencia con la DT Barrial.

–Tengo que buscar a mi perro –mintió. –No puede vivir sin mí y la vecina, que me delató, no se encargará de él. Será sólo ir y venir, nadie me notará, prometo. Sabés que estoy acostumbrada a huir.

La DT Barrial le hizo una caricia en la mejilla, que Adriana recibió con disgusto. –Sos una buena chica–, le dijo suavemente. –Prometeme que vas a volver.

Adriana atravesó entonces el corredor, de nuevo asfixiada por la falta de ventilación, y volvió al bar. Luego salió a la calle con tranquilidad y caminó hacia el parque, donde se suponía que debía hacer su Voluntariado Vespertino. Después iría a su casa y esperaría a que los ADFN la capturaran. Estaba decidido.

12 comentarios:

F. de P. dijo...

¡!

tabi dijo...

buenisismo... sobre todo en este momeento de locura futbolística... hasta yo griot y pataleo cuando no se casi nada de fut...y soy de la opinión que para qu eno peleen por un balón hayq eu comprarles uno a cada uno. Así se evitan esas patadas y demás cochinadas ;)

sagos dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
sagos dijo...

Ciencia ficción deportiva? jajaja.
Si, mejor entregarsele a los Árbitros del BigDT... Un final negro.

La dedicatoria es bellísima, gracias por mi parte.

Juana Gris dijo...

Brillante Leililla, en serio, lo has logrado.
"Por la frecuencia con que te mudabas parecías Inspectora"- no paro de reirme.
Es impresionante, impresionante!

Franco (fvidiella.com) dijo...

Muy bueno! Cuándo sale la película?

Aldo dijo...

COME FAI A SCRIVERE UNA COSA COSI IN UN PAESE CHE DELIRA PER IL FOOTBALL?
TI MANDANO DAVVERO NELL' ISOLA DEI DEFICENTI...!

Jimena dijo...

Genialmente genial!

Leila Macor dijo...

Pues deben haberme administrado la pastillita roja (¿o era la azul?) durante el sueño, porque hoy estoy celebrando que Uruguay pasara a cuartos :)

gl dijo...

http://escribirparaque.blogspot.com/

¡pah!
he quedado mudo de alegría

Seba Bonda dijo...

Pf. Espectacular. Demasiado lindo.

Tony dijo...

Gracias a un comentarista de esta columna supe de Leila. Fue un deleite de principio a fin el leerlo. Felicitación!

A una semana de aquél suceso repaso la página de El Espectador y me encuentro nuevamente con esta chica... Ya quedo en búsqueda de su último libro. El teléfono del que habló, la producción del programa me lo negó.

Pero bueno, al menos llego a tiempo de dejar un cálido abrazo de cumpleaños.

Salud, Leila! Me alegra "conocerte" y espero que celebres como mereces.