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10/6/10

El corrector y la mecanógrafa que no sabían escribir

Una vez tuve a dos personas subordinadas a mí, lo que se parece bastante a lo que se llama “ser jefe”, aunque todo eso fue más bien el desafortunado desenlace de una serie de coincidencias. Fue hace muchos años, en la era de la Mac Performa; cuando la forma más ágil de comunicarse era el fax, los celulares eran una excentricidad de los corredores de bolsa e internet una cosa de la Nasa que usaban algunos académicos no se sabía bien para qué.

Yo tenía 21 o 22 años, vivía en Caracas, iba a la Universidad y trabajaba en la Fundación Rómulo Betancourt. Éramos más o menos diez funcionarios normales y tres temidas archivólogas. Los trece nos sentíamos los paladines de la historia del siglo XX de nuestro país. Así mismo, tan rimbombante como suena. Nuestro trabajo consistía en preservar los manuscritos del endemoniadamente prolífico Rómulo Betancourt, ex padre de la democracia venezolana (Hugo Chávez le retiró el título) y ex ejemplo para el resto de Latinoamérica. Nos ocupábamos de organizar, analizar y publicar las cartas que Rómulo (todos lo tuteábamos) había escrito y recibido desde los años ‘20 hasta que murió en 1981. A veces aparecían en la Fundación historiadores gringos, europeos, asiáticos, más despistados que cucaracha en baile de gallina, buscando material para alguna tesis de doctorado sobre la temprana historia de la democracia venezolana; caramba, qué orgullo nos daba eso. Eran unos tipos silenciosos que se encerraban en el Archivo y no decían nunca qué es lo que querían exactamente, cosa que ponía de muy mal humor a las archivólogas.


Las archivólogas eran tres ancianas que habían conocido a Rómulo, lo que les confería una especie de autoridad. Nosotros, los normales, podíamos estimarlo o no, a veces hasta criticábamos algunas de sus decisiones políticas, grosso modo lo respetábamos, pero las archivólogas Lo Querían. Y si un día hay que dejar como legado un archivo con el que se escribirá la historia, créanme que lo más deseable es contar con el amor de una archivóloga. 

Entretanto, mi jefe argentino había renunciado y me había dejado sola en ese mundo de Gente Grande, donde tenía que transcribir, corregir y publicar miles de cartas. Ya le conocía la letra a Rómulo, a sus amigos conspiradores, a sus enemigos, a todos los liberales, socialistas, comunistas y anarquistas que andaban agitando al Pueblo en la primera mitad del siglo pasado. Me gustaba mucho poner notas al pie. “Tal carta, sin firma en el original, es adjudicada a Valmore Rodríguez”, por ejemplo, cosa que yo misma “adjudicaba” de una forma bastante expeditiva fundamentándome en el hecho de que el tal Valmore hacía la T así y asá.

Hasta que un día dije: “¡Esto es demasiado, así no se puede trabajar!” y conseguí que me asignaran una mecanógrafa y un corrector. El corrector tenía mala ortografía y la mecanógrafa era casi analfabeta. “¡Esto es imposible, es una ignominia!”, protesté. Pero el corrector venía recomendado, punto. Y la mecanógrafa era una empleada de la limpieza que sería transferida a mi Departamento para ahorrar costos; yo era clasista y cruel si dudaba de que su buena voluntad fuera capaz de transformarse en un conocimiento pleno del alfabeto y de sus potenciales combinaciones.

El corrector era un hombre gordo, diez años mayor que yo, que me veía como una niñita sobrevalorada. Su mirada estaba llena de desprecio y lascivia. La mujer que me lo había encargado me dijo: “Enséñale a corregir, vale”. Luego de comprobar que el señor no sabía distinguir “haber” de “a ver”, le pedí que sólo se dedicara a cotejar, con las cartas originales, los textos transcritos por la recién alfabetizada mecanógrafa. Creo que fue lo único que logré exigirle, porque no doy órdenes sino rodeos, no pido trabajos sino disculpas. No soy una máquina biológica diseñada para ejercer ninguna clase de poder.

Pero no duró mucho el señor. Tras mis protestas y su evidente falta de interés (solamente podía hablar de béisbol), fue despedido un par de meses después. No le sirvieron sus influencias. En cambio a la mecanógrafa le fue mejor. A pesar de que antes de ser ascendida habría escrito unas 100 palabras en total en su vida y que se refería a las viejitas como “las archibiólogas”, hizo un curso, puso gran empeño y aprendió a mecanografiar con todos los dedos, aunque con la mayor lentitud. Igual nadie en la Fundación tenía ningún apuro y nos enorgullecía nuestro experimento privado de ascenso social. Sólo espero que la mujer haya desentrañado bien los garabatos que los presos políticos habían escrito en clave para conspirar contra las sucesivas dictaduras.

Los historiadores suecos, gringos y japoneses que venían a investigar la historia reciente de Venezuela, bien podían haberse detenido a mirar cómo operábamos en la Fundación para hacerse una idea de lo frágil que era nuestra democracia y de cómo se supone que debía funcionar.

24 comentarios:

joselo dijo...

El corrector y la mecanógrafa que describís más que frágiles parecen inservibles. Y sin embargo -perdoná si te ofende mi halago-, me quedo mil veces con la democracia venezolana y su Rómulo antes que con la gringa y su imperio, la japonesa y su nostalgia del suyo, la sueca y su parte en el de las tres más su monarquía.
Entre otras cosas porque vos sos producto de ella y ni frágil ni inservible. Escribí más seguido, Leila, que se te extraña.

Dacita dijo...

Leila, por mor de los venezolanos, cuéntanos más de esta fundación! Todo esto que cuentas es en Uruguay? Me resulta una historia magnífica. Me dio risa, cuando vi la imagen de la revista Time, me dije: "Ese como que es Rómulo, se parece a Rómulo", y fuah!

Leila Macor dijo...

Dacita: ... y huele a Rómulo. Es en Caracas. En Uruguay también pasan cosas raras, pero nunca de este tipo. Joselo, gracias. No me ofende pero es desproporcionado ;) ¡Saludos!

Alicia dijo...

Jaja ¡menudo equipo! debe de ser desesperante que te pongan ayuda de ese tipo... para eso, mejor lo hacías tú sola ¿no crees? Un abrazo

La Tilde Perdida dijo...

Una historia muy entrañable. Las dos caras de la moneda: la limpiadora que se esfuerza en su nuevo trabajo como mecanógrafa y el "enchufado" sobrino de la jefa que no hará nada por aprender.

Liseita dijo...

Tu nota me genera tantos sentimientos encontrados... porque, claro, no conozco a los protagonistas de la anécdota. Pero sí a la fundación abierta a investigadores, sus publicaciones, los amigos que trabajaban allí. Y, ahora, con muy poco dinero y menos gente, la casa dividida y casi vacía, todavía se hace el esfuerzo y los libros y eventos no dejan de salir. La batalla no está perdida. Si no nos aferramos a esa idea, cómo hacemos para seguir aquí?

Leila Macor dijo...

Siempre se hizo un gran esfuerzo para mantenerla a flote, pero -en serio- es una suerte que persista. No estaba segura de que siguiera en pie después de tantos años, me alegra mucho saberlo.

mundoantonio dijo...

Hola Leila, seguro que mas de una multusápida comiste cerca de esas cartas. Recuerda que Rómulo dijo: We will come back, bueno esperémoslo.

Odoardo Graterol dijo...

La vida y sus "durezas" o "asperezas" vistas a través de tus ojos (o escritos) resulta deliciosa. Tal vez eso es lo que se denomina "espiritualidad"

Leila Macor dijo...

¿"multusápida"?

Anónimo dijo...

Me gusta mucho como escribes! Abrazos desde Colombia

edu dijo...

ay... lamento no haber podido presenciar ese experimento socio-editorial. aunque me dejas la íntima satisfacción de haberlo propiciado involuntariamente con mi huída a tiempo.
siempre pensé que si algún día vuelvo a pisar caracas, haría lo posible por volver a entrar a esa casa. ¿seguirán los mismos guardias en la puerta?
hay imágenes de esa época que no se me borran: las mariposas enormes que aparecían por la mañana adheridas a la pared del despacho, el gesto diario de abrir aquellas persianas de madera que daban a la piscina y el ávila, las conversas con arturo y las otras durante el almuerzo(¿cuál de esas chicas fue después tu mecanógrafa?), una vez que hiciste espaghetti y las chicas no entendían que eso sin ensalada y plátano fuera una comida, los mangos que rescatábamos del tejado de las archibiólogas, las archibiólogas mismas y su celo infinito (y sus celos infinitos por quien osase, ya no toquetear, simplemente manifestar su interés por toquetear sus sacrosantos papeles), la firma de rómulo en sus cartas (y por toda otra parte), mi empeño disléxico por teclear "betanocourt" hasta que descubrí las macros del mac. ¿qué habrá sido de la vida de toda esa gente?

Jonathan Bermúdez Carvajal dijo...

Excelente. Me encanta la frescura con la que escribes.

alf dijo...

Estimada Leila: este documento - usted misma-, es la mejor muestra de que la buena voluntad, la asertividad y el amor a lo que se hace, son herramientas para la creación en su amplio sentido. ¿Cómo no son requeridos en las solicitudes de empleo?, por supuesto no aplica para los casos brillantes de los "recomendados"

LuKiA dijo...

Niñita sobrevalorada jajaja. Le pusiste líneas a la cara que ponen los "doctores" que trabajan conmigo...

Muy buen relato, me ha hecho reír mucho.

Gracias y bonita semana.

Leila Macor dijo...

¡Edu! !Qué lindos recuerdos! Lo de las mariposas enormes negras peludas era horrible, jamás lo incorporaría en un Recuerdario Nostálgico. Pero los mangos... me había olvidado de los mangos. Dios, los mangos. Los mangos y Dios. Además, me gusta que des fe del celo absolutista de las archibiólogas. Te mando un beso enorme.

A-nah! dijo...

Wow. Lo mismo puedo decir del Archivo de la Cinemateca Nacional allá arriba en el Panteón donde los mejores documentales producidos durante nuestra frágil democracia se dedican a echar hongos.

Little did we know.

Rubén Prado dijo...

¡Conchale vale! sería bendecido sí tuviera una jefe como tú. Cada uno de mis blog http://masriosnadables.blogspot.com/ sería redacto-ortográficamente perfecto.

gp dijo...

Buenísimo!
No conozco ni al famoso Rómulo ni a la Fundación de la que hablás...pero no sé por qué, al leerte me sentí atrapada en un eterno y desesperante trámite en un organismo estatal.

gp dijo...

Buenísimo!
No conozco ni al famoso Rómulo ni a la Fundación de la que hablás...pero no sé por qué, al leerte me sentí atrapada en un eterno y engorroso trámite en cualquier organismo estatal.

Cecilieaux dijo...

Y, decime, che: ¿qué diferencia hay entre un Betancourt que fue golpista y supresor de libertades y Chávez, que tiene, reconozco, sus cuitas?

Leila Macor dijo...

Ceciliaux: cuando dije que a veces hasta criticábamos algunas de sus decisiones políticas, me refería exactamente a su apoyo -como civil- al golpe a Medina Angarita. Pero los contextos no pueden compararse. Las cosas no son blanco y negro. Aquello en efecto fue una metida de pata. Y a Chávez lo espera la Historia.

La pelúa dijo...

y yo retomando la lectura del falke por II vez... excelente post mi reina pepiada

Gustavo dijo...

Muy bueno. Me gusta.
Te va muy bien esa manera de contar 
muy intimista autobiográfica. Estoy leyendo tus escritos así lentamente y para disfrutarlos. Te felicito.