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29/8/09

En suspenso



Este blog se fue de vacaciones, por mantenimiento de la
autora (o viceversa). Ambos prometen regresar.

22/8/09

Extraño al Puma

Muchos adoptan comportamientos inusuales impelidos por la extraña excitación que los colma al toparse con un extranjero. “Yo conozco a alguien de ahí” es el primer síntoma de esta curiosa emoción. Por ejemplo cuando el taxista me dice que conoce a un venezolano que vive a cuatro cuadras de su casa y es panadero, debo actuar como embajadora de mi tierra: “¿Ah sí? ¡Caramba, qué interesante!”. No puedo ser muy efusiva, no obstante, porque si no esta persona se empeñará en presentarnos, para luego escucharnos charlar con la complaciente sonrisa de la madre que ve a su pequeño socializando correctamente en el recreo. Por culpa de esa idea de que dos personas de la misma nacionalidad deben tener ganas locas de conocerse, he tenido que convivir cenas enteras con coterráneos nefastos con quienes no habría compartido ni la cola de la cédula.


16/8/09

Negación


“My dad thinks I paid for all this with catering jobs.
Never underestimate the power of denial”.

(Ricky Fitts en
American Beauty)

Lo más aterrador de la negación es no saber qué es lo que se está negando. Qué recuerdo se borró y por qué. Qué hay delante de nuestras narices que no vemos y por qué no lo vemos. El problema no es que la visibilidad sea corta, se puede vivir con eso, creo. Se puede vivir –y se vive– mirando sólo lo que se quiere o se puede ver, bajo el lente que se elija, con la deformación que convenga y las prerrogativas que a uno le satisfagan. El problema es no tener ni idea de qué es lo que ese radio de visibilidad está ocultando. Todo está aquí, cercándonos, pero sólo advertimos la bruma que nos tapa la visión. Suponemos nuestro entorno y asumimos como propios recuerdos autoimpuestos, revisitados en disuasivas fotografías. ¿Qué garantías tenemos de que lo que vemos realmente está? ¿De que no recreamos todo a partir de las formas fantasmales de la niebla, de que no implantamos situaciones y personajes imaginarios así como uno ve caras en las manchas de las baldosas del baño? No hay que subestimar el poder de la negación. Podemos estar negando todo lo que sucede alrededor y vivir en una barquita roja en medio del Mar de los Sargazos creyendo que somos dueños del barco y del océano. Pero puede venir un golpe de viento, liberar un metro más la visibilidad y develar bruscamente el monstruo, el abismo, la isla. Puede venir un golpe de viento y mostrarnos por unos segundos el horror de la negación: la negación expuesta. Plantada ante nosotros reivindicando su odiosa existencia, como si uno de esos topos subterráneos sin pelos emergiera a la superficie para burlarse de nuestra conmocionada sorpresa: “Cómo, ¿no sabías que yo estaba aquí?”

Cuando era pequeña, mis hermanos y yo jugábamos mucho con los ladrones, unos cangrejos de arena que habitan algunas playas caribeñas. También se conocen como ermitaños. No tienen caparazón propio, como las tortugas, sino que viven en conchas de caracoles muertos. A medida que crecen, se mudan velozmente a otro caracol más grande o se lo roban a otro cangrejo tras una lucha feroz. Sus cuerpos son blandos como mejillones, retorcidos y maleables para encajar en el molusco que adoptan; pero tienen patas sólidas, resecas y temibles como para pelear hasta la muerte contra cualquier amenaza a su hogar y al cuerpecito ridículo que ahí se esconde. Por eso no salen fácilmente. Una vez que hallaron su casa la defienden con todo el furor de sus pinzas y patitas puntiagudas. Nosotros les prendíamos fuego y nos reíamos como locos cuando los veíamos escapar: se deshacían de la carcasa y corrían desnudos por la arena a buscar algún otro molusco con sus frenéticas patas de cangrejo fanfarrón arrastrando una existencia lábil, gomosa, pálida, que nunca había visto el sol. Era repugnante. Yo gritaba con el grito agudo de una nena asqueada y exaltada.

Así mismo, como el cuerpo de un cangrejo ladrón expuesto por el fuego de niños crueles, es una negación súbitamente revelada.


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7/8/09

Super-objetivados y guanabís

Un dramaturgo ruso muy conocido, Constantin Stanislavski (juro que es conocido), en su libro dedicado a entrenar actores, definió lo que consideraba el “super-objetivo”: una meta única, que atraviesa el sentido de todas las acciones de una persona. La intención de Stanislavski era que los actores descubrieran el super-objetivo de sus personajes para poder representarlos.

Por ejemplo, el super-objetivo del escritor Paul Auster es desentrañar las trampas que nos hace el azar. El de, qué sé yo, Madame Curie, era descubrir para qué demonios servía el radio que había descubierto. El de Einstein, lo mismo pero con la relatividad. El de Umberto Eco, complicarle la vida a los estudiantes con interesantísimas teorías literarias que nadie entiende. El de Henry Ford, optimizar el tiempo de sus obreros para producir más y más barato. El de Marx, que no existiera gente como Ford. Y yéndonos a otro plano de la realidad, el super-objetivo del Conde de Montecristo era vengarse y el del Quijote, desfacer entuertos.