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24/4/09

La memoria boba

Como cuando uno se despierta molesto por el sueño tonto que acaba de tener. Nuestro sistema nervioso se ocupa de tejer una elaboradísima red de neurotransmisores que tienen el deber de elaborar las imágenes mentales más absurdas, que nos servirán para fijar lo aprendido en el día (eso dicen), relajarnos, divertirnos o alimentar a los psicólogos. Y sin embargo uno malgasta ese prodigio soñando tonterías.

Por ejemplo una mañana me desperté furiosa porque había soñado que una limpiadora del Montevideo Shopping tenía que comprar su propio cepillo para limpiar los baños, lo cual en el sueño me parecía muy injusto, como me lo habría parecido en la vida real. Dejando de lado las implicaciones socio-económicas de esta inútil pesadilla, su discurso sobre la lucha de clases y su condena a la tiranía de los oligopolios –pues estoy segura de que mi inconsciente no intentaba nada de eso–, no se trataba más que de un sueño estúpido que no deja ni una sonrisa ni una enseñanza, nada. Un desperdicio neuronal.


17/4/09

Diálogos de pareja

Saben cuáles son. Esos en los que uno no entiende de qué demonios se está hablando. Esos diálogos que uno tiene con su pareja cuando la relación está llegando a su fin o cuando se está ante una situación muy seria que cambiará las reglas del juego y establecerá nuevos parámetros de convivencia. Yo nunca entiendo nada.

El problema es que se usan demasiadas metáforas. Y no sé a ustedes, pero a mí nunca me explican cuál es la metáfora, a qué remite, dónde se ancla. Encima son momentos demasiado serios para arruinarlos con una pregunta tan prosaica como “¿A qué te refieres con que 'la estantería está abombada', qué representa esa estantería en tu imago mundi?”. Así que prefiero seguir adelante, a ver si en algún momento se me devela el misterio. “Ah, está abombada… ¿muy muy abombada?”, pregunto, tratando de desentrañar qué tiene que ver eso conmigo. “¿Por el peso o por la humedad?”. Lo increíble es que él piensa que yo sé de qué estamos hablando. Me mira con cariño y responde con fastidiada condescendencia: “Mi amor, sabes bien que no es por la humedad”. En estas misteriosas conversaciones he llegado a comprometerme a cosas honestamente fantásticas, por ejemplo a comportarme como una reluciente biblioteca nueva, para que me sigan queriendo. Debe ser por eso que luego me dicen que no cumplo mis promesas.


10/4/09

Dos más dos es cinco

El dramaturgo alemán Bertolt Brecht estaba tan harto de ser criticado o aplaudido por recursos teatrales que nunca había intentado, que escribió en una carta: “Me siento como un matemático a quien alguien le dice, estimado señor, coincido con usted en que dos más dos es igual a cinco”.

Puedo decir con gran entusiasmo que tengo algo en común con Bertolt Brecht, y es esa capacidad de que gente que no me entiende para nada esté de acuerdo conmigo en algo que no estoy diciendo. Calquier intento de reivindicar lo que realmente quise decir es estéril. Casi siempre me rindo por pereza, porque al fin de cuentas por qué negarle a un fanático de la concordancia la satisfacción de estar de acuerdo, o a un fanático de la discordancia, el placer de discrepar. Total, se sabe que no importa demasiado quién habla ni lo que dice, sino quién percibe y lo que interpreta. Tenemos un discurso interno que vamos aplicando sobre lo que vemos, leemos o escuchamos, así como la encargada de una tienda viste a un maniquí que jamás podrá manifestarse en contra. Hasta sorprende que, cuando uno pide papas en el almacén, el comerciante en efecto ponga papas en la balanza. Dos más dos es cinco, estimado Bertolt. Tenía usted razón.

3/4/09

La puntuación, la sintaxis y el amor

Siempre que pongo un punto y coma sonrío. Me acuerdo de un amigo de mi hermano, a quien yo amaba como loca en mi adolescencia, que dijo una vez que un verdadero escritor se reconoce porque sabe usar el punto y coma. Por supuesto comencé a usar frenéticamente el punto y coma, aunque él nunca se dio cuenta de mi pericia puntuadora. Luego, en el colegio, escribía parodias de los poemas que estudiábamos en la clase de Literatura y las pegaba en la cartelera del salón, sólo para ver reír al chico del fondo que me gustaba y que no me hacía el menor caso, excepto cuando leía aquellas burlas gracias a las cuales yo existía un poquito para él. Me enamoré después de un hippie. En consecuencia, un ejército de gnomos, hadas y plagiados cronopios tomó por asalto mis cuadernos, que por fortuna hice desaparecer de la faz de la Tierra. Mi primer novio leía a Nietzsche: en aquel tiempo escribí herméticamente versos oscuros sobre simbólicas tarántulas que hoy día no consigo entender (y creo que en aquel momento tampoco). El siguiente fue un poeta para quien el punto y coma era tan feo e inelegante como una factura de la luz, los dos puntos un recurso vulgar destinado a un recetario de cocina y los paréntesis una trampa que esconde la incapacidad expresiva del escritor. Así que punto y coma, dos puntos y paréntesis quedaron proscritos de mi escritura durante un par de años. Sólo después de mucho esfuerzo los logré reincorporar. Algunos de los hombres que me gustaron no eran lectores y simpliqué mis textos; otros eran intelectuales y entonces los academicé, llenándolos de citas de Heidegger y Schopenhauer que tomaba prestadas de mi agenda. Una vez me enamoré de uno que amaba las oraciones cortas y las sentencias desadjetivadas; poco después me enamoré de otro que prefería el barroquismo y las descripciones delirantes: salté de Carver a Carpentier como quien cruza la calle. Después tuve un novio fanático de Rimbaud y de Baudelaire y yo me puse por tanto agresiva y negativa. Luego vino un chico que odiaba el “sándwich literario”, que es cuando se coloca un sustantivo entre dos adjetivos (por ejemplo, la “enigmática casa antigua”). Ergo, me volví implacable con los adjetivos, cacé sándwichs y acabé con todos ellos. El siguiente se la tenía jurada a los adverbios. Decía que son un bastón para apoyar a un verbo que no tiene suficiente fuerza. Saqué adverbios y usé sólo verbos autoválidos. Y otro abogaba por la eliminación de la palabra “como”. La luna es un queso, no como un queso. El “como” ensucia la metáfora, decía, porque la transforma en una anodina comparación. Busqué entonces todos los “como” de mis archivos con Find and Replace y los borré de un manotón en el teclado. Luego mi ex esposo se reveló como un gran admirador de Kundera y elogió las metáforas que “caen como un rayo iluminador sobre una escena”. Intenté por ende, y durante años, imitar el rayo iluminador de Kundera. Pero ninguno de ellos se enteró jamás, lógicamente, de todo esto que se cocía entre la palabra y yo.
Desde que puedo recordar, la escritura ha sido mi forma más inadvertida, menos eficaz y peor orientada de coquetear.