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27/3/09

La guerra de las semillas

Casi en el Polo Norte, enterrada en la nieve, los noruegos -que no son ningunos boludos- construyeron una bóveda e invitaron a la comunidad internacional a poner a salvo, allí, la flora de cada región. Es el mayor almacén de semillas del mundo y el más seguro. Fue ideado para salvar la biodiversidad del planeta en caso de que un desastre atómico, una catástrofe medioambiental, el impacto de un meteorito o las excesivas flatulencias de las vacas hagan desaparecer simientes de plantas muy apreciadas entre nosotros los humanos, como el trigo, el maíz, el café. En la foto, la Bóveda Global de Semillas de Svalbard luce como un monolito estrecho e impenetrable, extemporáneo en medio de toda esa nieve, incoherente entre tanta desolación. Y sólo es la entrada. Tras la puerta, un corredor subterráneo conduce hacia un depósito que puede albergar 2.000 millones de semillas en la profundidad del permafrost ártico, donde, pase lo que pase en el planeta, según esta gente siempre hará suficiente frío para garantizar que comeremos espaguetis y arepas por los siglos de los siglos.

20/3/09

La amistad prepaga

Debo ser la última persona en enterarse de que existe un servicio llamado “Comprador Personal” (o Personal Shopper, que suena mejor). Es como el Personal Trainer, pero de compras. En general se trata de damas pizpiretas venidas a menos que para ganar unos pesos sin perder el glamour, ofrecen sus servicios a nuevas ricas que no saben cómo vestirse. Bien. Poco después de que mi ignorancia en tendencias y consumo se amortiguara un poco con esta valiosa información, leí que en Estados Unidos inventaron al “coach” amoroso, que es una especie de entrenador en los quehaceres del cortejo y del sexo. El experto en seducción le indica al infeliz que contrató su servicio si debe invitar a la chica al cine o a comer, cómo vestirse, qué decir y qué temas evadir. “¿Te bañaste, te cepillaste los dientes?”, le pregunta. En resumen, es un amigo por catálogo que le explica a su cliente qué hacer con la minita.

Es el terreno del éxito inmerecido, donde la pereza se premia y la comodidad se malcría. Haga abdominales sin moverse del sofá, aprenda inglés sin estudiar, adelgace sin hacer dieta, sea famoso sin tener ningún talento, hágase rico sin trabajar. O contrate consejeros que lo asesoren sobre la apariencia y sobre el amor y ahórrele sus pesadas lamentaciones a un amigo gratuito, que en general acaba exigiendo un cariño que nos hace perder tiempo y dinero. He ahí el nicho de mercado en el mundo del mínimo esfuerzo: la amistad prepaga. Cómo no se me ocurrió antes. El negocio estaba ahí; y yo escribiendo tonterías.

12/3/09

Igualita a Isabella Rossellini

La condescendencia y la indulgencia. Qué par de bellezas. Si no fuera por esos dos recursos adaptativos, no podríamos vivir tan hacinados, tan juntos uno del otro; siempre con otra persona al lado, arriba, cerca; siempre con algún otro humano invadiendo el perímetro personal de uno. La condescendencia y la indulgencia son los más importantes salvoconductos hacia la coexistencia*, después del cepillado de dientes, por supuesto.

Condescender es “Acomodarse por bondad al gusto y voluntad de alguien”, mientras la indulgencia es la “Facilidad en perdonar o disimular las culpas” de otro, según el DRAE. Aunque lo siento por los sabios de la Academia, pero yo cuando condesciendo lo hago por comodidad. ¿Bondad? Sí, en otra galaxia.


6/3/09

Cómo ser un deprimido convincente

Para estar deprimido la primera cosa es adoptar una actitud suficiente: “atiéndanme bien, soy una persona lo bastante compleja como para estar deprimida”, debe ser el mensaje. Un deprimido frívolo es un despropósito, una aberración tan inverosímil como un astrofísico tonto o un pintor poco observador. La depresión es un lujo que sólo puede permitirse la gente perspicaz. Y a falta de perspicacia, representación: unos pocos monosílabos bastan para poner incómodos a los superficiales no-taciturnos que rodean al afligido. La habilidad con la que los deprimidos clínicos administran sus silencios consigue hacer suponer a los demás que entre un murmullo y un quejido se esconden milenios de sabiduría, congénita y adquirida. Por eso yo, que soy muy poco hábil para distinguir a una persona meramente callada de un maestro zen, siempre reaccioné con respeto ante un tipo postrado de tristeza en una cama, temiendo que mi demasiado hablar perturbara sus inescrutables cavilaciones sobre el sentido de la existencia. Y es que uno confunde con una simpleza brutal el silencio con la meditación y, luego, la meditación con la buena meditación.