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30/1/09

Los juegos de salones

Los juegos de salones; y no los juegos de salón. Nos molaban cuando éramos niños, cuando fuimos adolescentes, luego en la universidad y, a unos cuantos, también ya de grandes, en alguna asamblea de vecinos o en una cumbre de presidentes. Los juegos que jugábamos en los salones de clase. Los que nos encantaría volver a jugar si tuviéramos tanto tiempo libre como entonces. Los que se juegan en casi todas partes del mundo (bah, supongo, al menos en Occidente). Esos juegos de salones para los que lo único que se necesita es un lápiz, un papel y dos personas aburridas.


23/1/09

La hipnosis de Facebook*

En “Hasta el Fin del Mundo”, de Win Wenders (1991), los protagonistas se obsesionan con un aparato que utiliza el personaje de William Hurt para grabar sus recuerdos e introducir esas imágenes mentales en el cerebro de su madre, que como ha nacido ciega no tiene ninguna. No obstante, los personajes poco a poco comienzan a usar esa especie de videocámara para registrar sus propios sueños y verlos durante las horas de vigilia. Y se hacen adictos a ella. Hay largas tomas de Claire Tourneur ensimismada como una opiómana en la contemplación de las imágenes vagas que su cerebro formó durante la noche. El espectador se preocupa: los protagonistas pierden su impulso vital y se sumergen en una embriaguez amniótica. Se dedican sólo a observar su subconsciente a través de la máquina, fascinados, pasmados en la contemplación de ese pasado indefinido y hermoso que representa un sueño.

Se han escrito muchas cosas ya sobre Facebook, en general denostando de sus tonterías (que tiene muchas). ¿Qué me interesa a mí si un “amigo” me manda un dibujito de un Daikiri, un “hug” u opina que soy “hot”? Aparece alguien que no he visto en años y en lugar de escribirme sobre sí o preguntarme sobre mí, me envía un test para saber qué tan sexy soy o qué clase de estrella de cine sería o qué tipo de ama de casa podría ser. Pero esos jueguitos triviales que inundan Facebook son un maquillaje que contamina lo que verdaderamente hipnotiza de él: la mirada atónita, paralizante, de uno mismo sobre su propio pasado.

Tengo “amigos” muy jóvenes en Facebook (de 18, 20, 25 años) que juegan los juegos que esa red social ofrece. Hacen los tests, ponen fotos, las comentan. Pero a medida que los usuarios avanzan en edad, el sitio se va pareciendo cada vez más a la máquina de “Hasta el Fin del Mundo”. Colocamos fotos de hace 20, 30 años y nos quedamos absortos en la contemplación de lo que fuimos, comentando una y otra vez las mismas cosas, aunque sea para evitar que ese momento vuelva a evaporarse. Reaparecen amigos que no vimos en 20 años, reaparece aquel amor de adolescencia, reaparecen las personas que habíamos olvidado (y recordamos por qué habíamos decidido olvidarlas), reaparecen los que nos hicieron daño, a los que les hicimos daño, los ex, las ex. Como si todo lo vivido se resumiera en un solo lugar. Y entonces, adictos como Claire Tourneur al aparato que registra sus sueños, pasamos indolentes horas absortos en la contemplación estática de ese pasado que se condensa allí, bajo la forma de “amigos” que no son amigos reales sino los fantasmas que pueblan nuestra memoria. Atrapados por una máquina que le da forma a nuestros difusos recuerdos y los proyecta incesantemente ante nosotros.


(* Publicado en septiembre de 2008 en www.observa.com.uy).

16/1/09

Las comedias románticas

Así como el gastrónomo come-escargots más exquisito puede acudir a hurtadillas a un McDonald’s sin jamás admitirlo, yo confieso que nada me gusta más que una buena, dramática, divertida, risueña, desconsoladora y conmovedora comedia romántica.

Sí, me molan las comedias románticas, las miro obsesivamente y encima no me canso de ver las mismas películas una y otra vez, para largar el llanto siempre en los mismos puntos: cuando Meg Ryan le dice a Billy Crystal “I hate you, Harry, I hate you” en la fiesta de fin de año de “Harry y Sally”, cuando se encuentran Meg Ryan (de nuevo) y Tom Hanks en el Empire State en “Sintonía de Amor”, cuando Hugh Grant le pide a Julia Roberts que la acepte en la conferencia de prensa de la actriz en “Notting Hill”, cuando el escritor viaja a Portugal en “Love Actually” y cuando Richard Gere escala al apartamento de Julia Roberts con un ramo de flores en “Pretty Woman”.


9/1/09

Regalo de despedida libre de humor

Me ha tocado despedir y ser despedida (en ambos casos, tanto en aeropuertos como en lugares de trabajo) y llevo dos semanas tratando de recordar algo divertido que se pueda rescatar de esas experiencias. En las despedidas laborales encuentro kilos de comicidad, pero no es de ésas de las que quiero hablar, sino de las aeroportuarias, a las que no les descubro ninguna gracia. Todo porque quiero escribir algo sobre las despedidas que funcione como un regalo que haga reír a un amigo que se va y que nos deja en su lugar un hueco tan prodigioso y brusco como un cráter.


3/1/09

Los comentaristas

Estoy luchando contra la tentación de hacer un balance findeañero, porque no quiero cometer el delito del diario íntimo –género que me prohibí al comenzar el blog–. Pero como esto es, precisamente, un blog, puedo crear tantas reglas como excepciones y entremezclarlas a mi gusto, alterarlas, cruzarlas, violarlas e incluso obedecerlas. Así que al grano: en 2008 conocí el universo bloguero, expresión que hasta entonces me parecía un exceso metafórico, un abuso sideral. Al iniciar Escribir para qué pensé que estaba inaugurando algo así como una egocéntrica revista que ahorra en papel y tiene un solo columnista. Pero a lo largo del año me fui sorprendiendo con el hallazgo de un elemento cuya contundente influencia desconocía: los comentarios. Gracias a ellos un blog no es una revista sin papel, como ingenuamente creía, sino un organismo viviente y maleable; una ameba sin forma, cambiante, que se multiplica; como plastilina que se reconvierte. Es así como cada post no es, jamás, una unidad cerrada, sino un cachorro cuyo desarrollo no se detiene en su nacimiento; que adopta personalidades según las opiniones, anécdotas y discusiones que lo vayan alimentando. Ahora entiendo el blog como un género literario que camina y habla, se cimienta a partir del texto de un moderador (el bloguero) y se construye gracias a los comentaristas que, casual o periódicamente, hacen una parada en alguna de sus páginas. Por eso, a La Tilde Perdida, Graciela Ventimiglia, Odiseo en Puebla, Amelia, H, Mimo, JLMejuto, A-nah!, El sitio de Iris, Natalia, AleMamá, Migue, Lori e Elisandra, La Pelúa, Las 2Rubias y la Morena, federico gauffin, Jorge Henríquez J., Tute, Jorge Bedregal La Vera, Melibea, Juan, Albatros, Jimeneydas, Le Santi, Lais, Lucero, Pablo A, La Oveja, Tabita, Sinkuenta, Aquiles Martín, May Sanabria, Daniela, Laura Zaferson, Ignacio, ojo, Carlos el baterillero, tanci, Susana Navarro, Valentina Pereira, Janoengels, HAL10000, Edith Brel, Európides, Catalina, 11luas, Luna y Dragón, Orrego, Kyra, Jaime de Canadá, Mary White, Eureka, Tropi, Grupo Assíntota e O Menino que Contava Estrelas, Joselo, Viovio, Jorge Ojeda, Mariana, Mezcalito, Hugo González García, IUS, Jaime, Franco V., el charotikisfishbone, Atención al cliente, DjNeoN, Madelen y, también, al pelotón de tímidos anónimos: gracias por hacer escalas por aquí de vez en cuando.