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30 de julio de 2009

Miedo a volar II

La gente dice que para qué preocuparse: si te toca, te toca. También aseguran que hay muchas más posibilidades de morir en un accidente vial que en uno aéreo. Llevo tantos años escuchando esa fanfarronada que ahora le tengo más miedo a los autos que a los aviones. Dejen de intentar tranquilizarme. Volar en avión apesta. Punto.

Perdonen que me repita, pero es que no entiendo a quienes no tienen miedo a volar. No es fobia, es sentido común. Sólo comprendo que a los niños les encante: recuerdo cuando pegaba la nariz de la ventanilla y fantaseaba con rebotar sobre las mullidas nubes allá abajo, como Heidi. Estaba con mamá, ¿qué podía pasarme? Pero luego uno crece y se da cuenta de que hay momentos en que mamá es impotente. Por eso estoy convencida de que la gente que no sufre en un avión, aún cree que las madres son superpoderosas o es inconsciente.


17 de julio de 2009

Insomnio

Alguien que nunca ha sufrido insomnio lo ve como una enfermedad romántica, como la tuberculosis, que tenía buena prensa. Nadie te rechaza por ser insomne, así como al parecer en el siglo XVIII tenías más posibilidades de ser amado si escupías sangre. Pero si bien el insomnio no es estigmatizado, tampoco genera grandes respetos que digamos. No es tuberculosis, después de todo. Por eso nadie acepta un “tuve insomnio” como disculpa por una demora. Sólo los insomnes sabemos lo que eso significa, mientras los no-insomnes creen que el problema consiste solamente en no dormir. Ja.

Les cuento. A medida que avanza la noche, el insomne (seguiré la narración en primera persona, sólo para simplificar la redacción y no con ánimo de ponerme autobiográfica), el insomne, decía, o sea, yo en este caso, postergo la decisión de acostarme así como cualquiera aplazaría una situación que prometa ser conflictiva. Que si falta revisar de nuevo el email o preparar el café para la mañana siguiente. Cada vez que paso delante de la puerta del cuarto miro de reojo y con recelo esa amenazante y horrible cama. Es la entrada a un calabozo tremendo donde me esperan las próximas horas de sufrimiento. Cuando hay alguien más durmiendo allí, peor: su sueño sólo se mofa de mi vigilia. Finalmente, en algún momento tomo la decisión y me acuesto con cuidado, como pisando tierra movediza. Cierro los ojos con un escepticismo que ni Santo Tomás y comienza entonces la cabeza a bullir. No hace falta tener problemas, aunque es lo deseable. Un buen sentimiento de culpa será suficiente o, en su defecto, alguna expectativa. Cualquier expectativa. (Ejemplos de expectativas: ¿Realmente financiaron las FARC a Correa? ¿Venderé mi artículo en Mercado Libre? ¿Cuál será el verdadero alcance de la gripe porcina? ¿Me querrá?).


3 de julio de 2009

La ironía y las comillas gestuales

Los que superamos la treintena podemos recordar las primeras veces que vimos hacer esta mímica, hace casi 20 años. Me refiero a la primordial, la originaria, la de las comillas; al gesto madre. Es fácil: haga el signo de la victoria con ambas manos y suba y baje dos veces el índice y el dedo medio, el cual, por cierto, incomprensiblemente es el único que no ha merecido un nombre a pesar de ser el más expresivo. Los niños y adolescentes ya nacieron con este gesto, ellos no saben cómo hacíamos en los años 80 para indicar una ironía. Ah, éramos más perspicaces, entonces. Ahora miro a mi alrededor y me doy cuenta de que los veinteañeros que me rodean jamás vivieron en un mundo en el que el sarcasmo debía interpretarse sin ninguna pista visual. Es aterrador.