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22/12/09

Los viejitos tecnológicos*

Iba en el 142 hacia Plaza Independencia, cuando una mujer de unos setenta años sacó de su vetusta cartera un Sony Ericsson y se largó a charlar. Después de despedirse, miró el teléfono y se preguntó en voz alta:

—¿Y ahora? ¿Cómo apago esto?

En el mismo ómnibus viajaban dos señoras que rondaban también los sesenta. Una escribía un mensaje de texto.

—Che, estás en todo, ¿y sabés escribir ahí? —dijo la otra.

—Y sí, no me quedó más remedio. Y el Sergio también aprendió —respondió la primera. (Bravo, Sergio).

Luego la señora explicó que los mensajes eran para su hija, que vive en España.

10/11/09

Personalidad digital múltiple

Vencida por la fragmentación, busqué “fragmentación” en Google, como buena fragmentada que soy. La primera entrada que encontré fue: “Benedicto XVI considera que Internet fragmenta la cultura”. Esto sí es grave, me dije. Yo pensando lo mismo que este Papa bochornoso. En otro artículo menos embarazoso de citar, publicado en el Times Online, Ben Macintyre dice –más o menos– que mientras la lectura de un libro es un nutritivo banquete, Internet viene a ser una surtida mesa de snacks, de donde uno picotea azarosa y escasamente en una nueva forma de “cultura anoréxica”.


28/10/09

Revisitar el recuerdo

Lo tomo con las dos manos, como una copa que se desborda. Que no se rompa, que no se altere, que no se agite, no se marchite ni se tiña de amarillo. Lo coloco con cuidado, lentamente, sobre un almohadón; lo rodeo de algodones para protegerlo y lo guardo en una cajita donde pueda verlo siempre. Intacto, a salvo del polvo, del tiempo, del olvido que lo desdibuja. Lo visito cada minuto para proyectarlo ante mis ojos y vivirlo de nuevo y asegurarme de que se conserve ahí, de que basta abrir la tapa para saborearlo y sonreír con esa caricia minúscula que es lo único que me dieron y que atesoro. Esa caricia mínima en un centímetro de piel. Un día me distraigo y lo desatiendo, miro afuera y parece que hay vida en este planeta, que puedo abandonarlo y dejarlo que me abandone. Hasta que lo revisito y todo se esfuma otra vez; y otra vez no hay nada. Sólo ese recuerdo inservible que me mira mirándolo, desde su cajita, y se ríe de mí y del esmero que pongo en que me siga lastimando.

16/10/09

Cómo escribir literatura en 10 simples pasos

No es que uno quiera comprar una revista literaria, vaya a una librería, vea tres y elija la que no tenga a Proust en la portada. No es tan fácil. Si uno inexplicablemente sufre un deseo similar en Estados Unidos, es asaltado por una legión de revistas literarias que ocupan decenas de anaqueles en la sección “Literatura” del área “Revistas” de cualquier Librería X. Fue así como terminé sitiada por decenas de revistas literarias light que vanidosamente descarté y ahora me arrepiento de no haber comprado. Era una cohorte de ediciones de medio pelo para escritores inseguros, con artículos instructivos cuyos títulos comenzaban todos con un “How to”. Como las revistas Mecánica Popular que explican cómo armar una mesa en cinco simples pasos, así éstas enseñaban a construir un relato con sinécdoques, hipérboles, pleonasmos y metáforas. Poco texto, muchos gráficos y miles de tips para convertirse en un escritor prolífico, exitoso y feliz.


2/10/09

No morí en Nueva York

Según una encuesta de la Universidad de Pittsburgh, del total de decisiones que tomo al día, 86% son un error. Pequeños o graves errores que se suceden constantes, puntuales, irrevocables, como hits de Madonna. No es fácil vivir aquí adentro, ser la eterna víctima de mí misma. Uno de mis errores más recientes fue haber planificado, dentro de mis vacaciones, pasar sólo tres días en Nueva York. Sólo. Como si Nueva York fuera Las Vegas, donde luego de ver veinte hoteles esquizofrénicos, emborracharte y pasar la noche haciendo estupideces, te morirías del aburrimiento. Como si fuera Praga o Florencia, donde tras visitar mil museos, iglesias y cementerios ya no tendrías nada que hacer.

Además, aparte, crecí con esa creencia sin fundamento, muy New Age, de que si uno quiere algo mucho-mucho, pasa. ¡Haz que suceda! Mente positiva. Bah. Hago fuerza, frunzo el ceño, “piensa positivo”, pienso. Y nada, la magia no se da. El día en que toda esa energía positiva surta efecto y pase todo lo que quiero que pase, lo más probable es que me arrepienta del desastre universal que habré creado.

29/8/09

En suspenso



Este blog se fue de vacaciones, por mantenimiento de la
autora (o viceversa). Ambos prometen regresar.

22/8/09

Extraño al Puma

Muchos adoptan comportamientos inusuales impelidos por la extraña excitación que los colma al toparse con un extranjero. “Yo conozco a alguien de ahí” es el primer síntoma de esta curiosa emoción. Por ejemplo cuando el taxista me dice que conoce a un venezolano que vive a cuatro cuadras de su casa y es panadero, debo actuar como embajadora de mi tierra: “¿Ah sí? ¡Caramba, qué interesante!”. No puedo ser muy efusiva, no obstante, porque si no esta persona se empeñará en presentarnos, para luego escucharnos charlar con la complaciente sonrisa de la madre que ve a su pequeño socializando correctamente en el recreo. Por culpa de esa idea de que dos personas de la misma nacionalidad deben tener ganas locas de conocerse, he tenido que convivir cenas enteras con coterráneos nefastos con quienes no habría compartido ni la cola de la cédula.


16/8/09

Negación


“My dad thinks I paid for all this with catering jobs.
Never underestimate the power of denial”.

(Ricky Fitts en
American Beauty)

Lo más aterrador de la negación es no saber qué es lo que se está negando. Qué recuerdo se borró y por qué. Qué hay delante de nuestras narices que no vemos y por qué no lo vemos. El problema no es que la visibilidad sea corta, se puede vivir con eso, creo. Se puede vivir –y se vive– mirando sólo lo que se quiere o se puede ver, bajo el lente que se elija, con la deformación que convenga y las prerrogativas que a uno le satisfagan. El problema es no tener ni idea de qué es lo que ese radio de visibilidad está ocultando. Todo está aquí, cercándonos, pero sólo advertimos la bruma que nos tapa la visión. Suponemos nuestro entorno y asumimos como propios recuerdos autoimpuestos, revisitados en disuasivas fotografías. ¿Qué garantías tenemos de que lo que vemos realmente está? ¿De que no recreamos todo a partir de las formas fantasmales de la niebla, de que no implantamos situaciones y personajes imaginarios así como uno ve caras en las manchas de las baldosas del baño? No hay que subestimar el poder de la negación. Podemos estar negando todo lo que sucede alrededor y vivir en una barquita roja en medio del Mar de los Sargazos creyendo que somos dueños del barco y del océano. Pero puede venir un golpe de viento, liberar un metro más la visibilidad y develar bruscamente el monstruo, el abismo, la isla. Puede venir un golpe de viento y mostrarnos por unos segundos el horror de la negación: la negación expuesta. Plantada ante nosotros reivindicando su odiosa existencia, como si uno de esos topos subterráneos sin pelos emergiera a la superficie para burlarse de nuestra conmocionada sorpresa: “Cómo, ¿no sabías que yo estaba aquí?”

Cuando era pequeña, mis hermanos y yo jugábamos mucho con los ladrones, unos cangrejos de arena que habitan algunas playas caribeñas. También se conocen como ermitaños. No tienen caparazón propio, como las tortugas, sino que viven en conchas de caracoles muertos. A medida que crecen, se mudan velozmente a otro caracol más grande o se lo roban a otro cangrejo tras una lucha feroz. Sus cuerpos son blandos como mejillones, retorcidos y maleables para encajar en el molusco que adoptan; pero tienen patas sólidas, resecas y temibles como para pelear hasta la muerte contra cualquier amenaza a su hogar y al cuerpecito ridículo que ahí se esconde. Por eso no salen fácilmente. Una vez que hallaron su casa la defienden con todo el furor de sus pinzas y patitas puntiagudas. Nosotros les prendíamos fuego y nos reíamos como locos cuando los veíamos escapar: se deshacían de la carcasa y corrían desnudos por la arena a buscar algún otro molusco con sus frenéticas patas de cangrejo fanfarrón arrastrando una existencia lábil, gomosa, pálida, que nunca había visto el sol. Era repugnante. Yo gritaba con el grito agudo de una nena asqueada y exaltada.

Así mismo, como el cuerpo de un cangrejo ladrón expuesto por el fuego de niños crueles, es una negación súbitamente revelada.


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7/8/09

Super-objetivados y guanabís

Un dramaturgo ruso muy conocido, Constantin Stanislavski (juro que es conocido), en su libro dedicado a entrenar actores, definió lo que consideraba el “super-objetivo”: una meta única, que atraviesa el sentido de todas las acciones de una persona. La intención de Stanislavski era que los actores descubrieran el super-objetivo de sus personajes para poder representarlos.

Por ejemplo, el super-objetivo del escritor Paul Auster es desentrañar las trampas que nos hace el azar. El de, qué sé yo, Madame Curie, era descubrir para qué demonios servía el radio que había descubierto. El de Einstein, lo mismo pero con la relatividad. El de Umberto Eco, complicarle la vida a los estudiantes con interesantísimas teorías literarias que nadie entiende. El de Henry Ford, optimizar el tiempo de sus obreros para producir más y más barato. El de Marx, que no existiera gente como Ford. Y yéndonos a otro plano de la realidad, el super-objetivo del Conde de Montecristo era vengarse y el del Quijote, desfacer entuertos.


30/7/09

Miedo a volar II

La gente dice que para qué preocuparse: si te toca, te toca. También aseguran que hay muchas más posibilidades de morir en un accidente vial que en uno aéreo. Llevo tantos años escuchando esa fanfarronada que ahora le tengo más miedo a los autos que a los aviones. Dejen de intentar tranquilizarme. Volar en avión apesta. Punto.

Perdonen que me repita, pero es que no entiendo a quienes no tienen miedo a volar. No es fobia, es sentido común. Sólo comprendo que a los niños les encante: recuerdo cuando pegaba la nariz de la ventanilla y fantaseaba con rebotar sobre las mullidas nubes allá abajo, como Heidi. Estaba con mamá, ¿qué podía pasarme? Pero luego uno crece y se da cuenta de que hay momentos en que mamá es impotente. Por eso estoy convencida de que la gente que no sufre en un avión, aún cree que las madres son superpoderosas o es inconsciente.


24/7/09

Elogio de la onicofagia

Conozco personas que se lamentan porque su gran vicio es comerse las uñas. Dicen que no sólo el gesto es horrible, sino que además el resultado es de lo más antiestético: uñas corroídas, que llegan a la raíz, con cutículas que parecen cáscaras resecas de naranja. ¿Y eso es todo?, digo yo. ¿Acaba allí la tragedia? ¡Ojalá tuviera yo un vicio tan sano como ese!

Con esta adicción, que tiene el petulante nombre de onicofagia, el único que sufre es el observador y eso si es quisquilloso. En cuanto al onicófago, la verdad podría encerrarse en su casa a engullirse los dedos si quiere, que así no molestará a nadie con tan fea visión y no sufrirá más que por el desencanto de sí mismo por su poca voluntad; lo que lo llevará a lidiar con algún problemita de autoestima por no superar una conducta que, por demás, tiene causas psicoanalizables y ninguna consecuencia. Vamos, ¿qué daño hace? Una caja de cigarrillos es más nefasta que veinte años de automutilación uñosa.


17/7/09

Insomnio

Alguien que nunca ha sufrido insomnio lo ve como una enfermedad romántica, como la tuberculosis, que tenía buena prensa. Nadie te rechaza por ser insomne, así como al parecer en el siglo XVIII tenías más posibilidades de ser amado si escupías sangre. Pero si bien el insomnio no es estigmatizado, tampoco genera grandes respetos que digamos. No es tuberculosis, después de todo. Por eso nadie acepta un “tuve insomnio” como disculpa por una demora. Sólo los insomnes sabemos lo que eso significa, mientras los no-insomnes creen que el problema consiste solamente en no dormir. Ja.

Les cuento. A medida que avanza la noche, el insomne (seguiré la narración en primera persona, sólo para simplificar la redacción y no con ánimo de ponerme autobiográfica), el insomne, decía, o sea, yo en este caso, postergo la decisión de acostarme así como cualquiera aplazaría una situación que prometa ser conflictiva. Que si falta revisar de nuevo el email o preparar el café para la mañana siguiente. Cada vez que paso delante de la puerta del cuarto miro de reojo y con recelo esa amenazante y horrible cama. Es la entrada a un calabozo tremendo donde me esperan las próximas horas de sufrimiento. Cuando hay alguien más durmiendo allí, peor: su sueño sólo se mofa de mi vigilia. Finalmente, en algún momento tomo la decisión y me acuesto con cuidado, como pisando tierra movediza. Cierro los ojos con un escepticismo que ni Santo Tomás y comienza entonces la cabeza a bullir. No hace falta tener problemas, aunque es lo deseable. Un buen sentimiento de culpa será suficiente o, en su defecto, alguna expectativa. Cualquier expectativa. (Ejemplos de expectativas: ¿Realmente financiaron las FARC a Correa? ¿Venderé mi artículo en Mercado Libre? ¿Cuál será el verdadero alcance de la gripe porcina? ¿Me querrá?).


3/7/09

La ironía y las comillas gestuales

Los que superamos la treintena podemos recordar las primeras veces que vimos hacer esta mímica, hace casi 20 años. Me refiero a la primordial, la originaria, la de las comillas; al gesto madre. Es fácil: haga el signo de la victoria con ambas manos y suba y baje dos veces el índice y el dedo medio, el cual, por cierto, incomprensiblemente es el único que no ha merecido un nombre a pesar de ser el más expresivo. Los niños y adolescentes ya nacieron con este gesto, ellos no saben cómo hacíamos en los años 80 para indicar una ironía. Ah, éramos más perspicaces, entonces. Ahora miro a mi alrededor y me doy cuenta de que los veinteañeros que me rodean jamás vivieron en un mundo en el que el sarcasmo debía interpretarse sin ninguna pista visual. Es aterrador.


26/6/09

El instinto de la prostitución

¿Por qué las mujeres siguen imaginando que casarse y tener hijos es el objetivo primario de sus vidas? ¿Qué les pasa? ¿Qué parte no han comprendido del último siglo? ¿Por qué esa perpetua letanía sobre los hombres y su supuesta ausencia? No hay hombres, no hay hombres, no hay hombres. Como si los hombres fueran un tubérculo misteriosamente descontinuado en el supermercado. Los que valen la pena están casados o son gays y los divorciados por algo lo serán. Eso dicen. Que no hay hombres. Con humor, tristeza, frustración y a veces con entusiasmo, como si el vínculo creado por sufrir de esa misma orfandad de machos las uniera desde un lugar muy profundo. No hay hombres. Lo repiten con el desánimo de un terrícola que tras varias décadas viajando en el espacio no ha hallado vida en ninguna parte. Necesitan hombres para poder casarse y tener hijos, ese es su problema: una mala jerarquización de las prioridades. Porque lógicamente es válido, hermoso y deseable tener familia, pero cuando ocurre como resultado del amor, no si es la meta demostrativa para la cual estas voraces caza-maridos buscan un padrote bien acomodado. El amor, para ellas, nunca es un fin en sí mismo, sino un medio para llegar al matrimonio y un vehículo para procrear. Un impulso primitivo –o el fulano reloj biológico– las compele a demostrar alguna cosa cumpliendo esos dos ritos. Sex & the City, por ejemplo. Es genial, pero igual: no hace sino transformar la misma retahíla de anhelos casamenteros en algo cool. Tengo 37 años, ahora estoy sin pareja y no tuve hijos. Esas tres frases dichas así, seguidas, ponen los pelos de punta a mis compañeras de género. Como si les dijera: “Tengo cáncer, me echaron del trabajo, mi familia acaba de morir en un accidente aéreo”. Me miran con una lástima colosal, concentrando toda la empatía del mundo en una piadosa expresión que parece decirme: “Ya vendrá, no pierdas la fe”. Así, con esa gratuita compasión, me adjudican la única desgracia universal femenina que suponen que una es capaz de padecer. ¿Por qué después de haber quemado corpiños en las hogueras feministas de los años 60, tantas mujeres aún siguen demandando lo mismo que esperaban hace cien, doscientos, quinientos años atrás? Un hombre rico que les solucione la vida. ¿Cómo es que aún son incapaces de desoír el instinto de la prostitución?

12/6/09

Internet es un cuero seco (remix)

“Venezuela es como un cuero seco: si la pisas por un lado, se te levanta por el otro”, decía Antonio Guzmán Blanco, presidente durante buena parte del siglo XIX, refiriéndose a las persistentes revueltas que debía sofocar. Los venezolanos crecimos recitando esa frase: a través de ella nos inocularon una especie de orgullo (ridículo, como cualquier orgullo) sobre nuestro supuesto, mítico espíritu rebelde. No somos fáciles de doblegar, era el mensaje. Si nos intentaban pisotear por un lado, nos filtrábamos desde los resquicios para alzarnos de nuevo, por el otro.

Pero no voy a hablar de Venezuela, sino de las propiedades del cuero.

Primero (primero sólo porque por algún lado hay que empezar) vino la prohibición de Irán de usar Facebook. En su campaña por la reelección, el enano siniestro de Ahmadinejad necesitó controlar ese reducto light de libertad de expresión. Días después tuvieron que autorizar Facebook de nuevo, si total comenzaron a circular datos sobre cómo acceder a la página de maneras tangenciales, así que la prohibición no sólo era impopular sino inútil.


5/6/09

La mafia en guerra contra un escritor

Por fin llegó "Gomorra" a Uruguay, la película de Matteo Garrone sobre la Camorra italiana, en base al libro del mismo título de Roberto Saviano. Densa, dura, sin ningún costumbrismo ni una pizca de humor. Rara vez un filme sobre la mafia no deifica el crimen. Copio aquí abajo un texto que publiqué en diciembre del año pasado en mi ex blog de Observa, sobre el escritor italiano.

Fuera de Italia no se conoce demasiado el drama de este escritor de 29 años sobre el que pende una amenaza de muerte. La Camorra (la mafia napolitana) ha asegurado que Roberto Saviano no cumpliría los 30. Piensan matarlo, según confesó un mafioso “arrepentido” a la policía a mediados de octubre de 2008. Coincidiendo con esta revelación –que no sorprendió a nadie–, Saviano dijo que abandonaría el país por un tiempo, cosa a la que antes se negaba porque su huida significa un triunfo para el crimen organizado. ¿Pero qué va a hacer un joven artista contra el motor económico de Italia? La mafia, sumando sus cuatro grandes clanes, cerró el año con ingresos de 130.000 millones de euros, lo que representa el 6% del PBI italiano.


29/5/09

Regalo para voyeurs

Hace un par de semanas mi amigo Jaime Senra, venezolano, sociólogo y escritor a tiempo completo, escribió en su blog Crónicas de Nueva Zelanda un post demasiado divertido como para no hacerlo circular en toda la blogosfera. Les pido que lo lean antes de seguir con la lectura de éste, porque yo aquí me subo al tren de Jaime para postear una continuación. Su texto se titula "Dietas" y es imperdible.

Cuenta Jaime que desde que comenzó a escribir el blog cayó en la adicción de revisar cada cinco minutos sus estadísticas, controlar cómo aumentan, quién lo visita, desde qué países, cuánto tiempo. A todos los blogueros nos debe pasar lo mismo. Y a él, como a mí, le fascinó una función de Statcounter, el contador que usamos, que muestra las palabras-clave o frases que la gente escribió en los buscadores para llegar hasta el blog, a través de asociaciones muy extrañas y muchas veces incomprensible.


22/5/09

Las promesas condicionadas

Como todo el mundo sabe, el derecho italiano se deriva del derecho romano y de los códigos de Justiniano, y ambos influyeron en la mayoría de las reglas jurídicas occidentales. Pues bien, una de sus normas habla del “estado de necesidad” que, cuando existe, anula la promesa de una prestación exagerada.

En castellano, eso quiere decir que si por ejemplo un marinero le salva la vida a un náufrago luego de que éste, a punto de ahogarse, le prometiera una recompensa desproporcionada a cambio (“te doy mi casa, mi esposa, un millón de dólares, mi perro, pero sácame del agua”), entonces se considera que la promesa fue hecha en “estado de necesidad” y por lo tanto no cuenta.


15/5/09

Un año para qué

La semana pasada Escribir para qué cumplió un año. El 4 de mayo. Me olvidé por completo, como era de esperarse. Es la prueba de que cuando olvido un cumpleaños no es por desamor, sino porque la retórica de las efemérides, los onomásticos, los homenajes y los aniversarios no es compatible con un desmemoriado. Pero este primer cumpleaños, ahora que lo recuerdo, coincidió con un acontecimiento simpático: en esos días fui a la Universidad de Montevideo, donde el español Luis Melgar, profesor de la Facultad de Comunicación, tuvo la irracional idea de invitarme a hablar con sus alumnos sobre “el proceso creador” y la blogosfera. Hablé de la censura imposible de Yoani Sánchez y de la transferencia del texto virtual a la publicación en papel de Hernán Casciari. Los alumnos del curso de “Comunicación Escrita V” por suerte eran pocos, según me había ya advertido Melgar. “Es una materia electiva”, había dicho para tranquilizarme ante su tenebrosa propuesta de someterme a la burla masiva de postadolescentes que –lo sé bien, estuve ahí– no perdonan un zapato feo, una muletilla, un comentario estúpido, un acento venezolano (¡como la Fulop!). “Pero éstos son buenos”, insistió Melgar. (Efectivamente, fueron indulgentes conmigo). Fue así como al cabo de un año escribiendo tonterías, me encontré justificando esas tonterías ante un grupo de universitarios, con una pose de conocedora cuya falsedad espero que todos hayan notado. Un par de días después de la clase, ocho de los estudiantes me hicieron llegar sus “prácticas”. Eran textos que buscaban seguir el estilo de Escribir para qué, redactados a pedido del profesor. Copio aquí, agradecida con los chicos y como regalo de cumpleaños para este blog, fragmentos de esos trabajos:



Mirada y sonrisa cómplice entre mi hermana Rosina y yo es sinónimo de que mamá se dispone a contar la anécdota otra vez. Si en el instante en que lo advertimos hubiera alguien cerca con una cámara de fotos sería ideal captar la imagen. Nombrar a la madre de Fernanda en casa es pasaporte directo para llevarte la historia de regalo.
–¿Te acordás de lo que pasó con los Yummy Yummy?
–Sí mamá.
(No importa la respuesta, ella continúa con el diálogo porque disfruta al relatarlo)
(…)
Siempre que recuerdo ese pedido de Alicia afirmo mi teoría de que el día que tenga un hijo le voy a permitir comer todos los dulces y cosas ricas que desee. Y no sólo voy a ir con él a comprarlas, sino que planeo elegir varias para mí e inculcarles el gusto por el Yummy. Mi postura se reafirma cada vez que entro a un kiosko con Fernanda y pide Yummy, pero de los otros, unos que a la mayoría no le gustan, y sólo ella los llama aritos ácidos."
(Mariel Varela)



Y digo yo que ¿no estarás mejor en casa calentita?, es la respuesta siempre recurrida por mi abuela cuando le digo que me voy a cualquier sitio. Da igual el destino, ya sea a trabajar a Ibiza, de vacaciones a Marruecos, de beca a Sudamérica o a desconectar un fin de semana a una casa rural en un pueblecito de Toledo. La respuesta de mi entrañable Yaya siempre es la misma.
(…)
Si para alguien nacido en los ochenta o noventa resulta vertiginoso de analizar esta era de prisas imagínense para nuestros mayores. Nuestros abuelos eran de los que se arreglaban cuando veían las noticias porque pensaban que el presentador los estaba viendo desde el otro lado del cristal. No es tan disparatado. De pequeño ¿quién no se ha preguntado cómo diablos podías escuchar la voz de tu cantante favorito con el simple gesto de meter el casete en la mini cadena?
Como diría mi abuela: ponte muda limpia que nunca sabes con lo que te puedes encontrar."
(Marta Molero Lázaro)



Fue un segundo, pesado, con sudor, en el que, carente de toda lógica, los códigos de etiqueta me abandonaron. Entre la duda de no hacer nada, dar la mano, abrazarlos o presentarme oralmente termine dándole un beso en el cachete al primero en fila. ¡Eso ni siquiera estaba entre las opciones! Quedé congelada ante tal gesto mientras automáticamente los todopoderosos se acercaban para que les depositara su beso a medida que iban entrando. (…)
Propondría la creación de un manual para el saludo cordial y efectivo, en el cual se den pautas concretas y fiables para seguir ante el atropello del rápido momento del saludo, cuando uno no sabe si estirar el cuello o largar la mano. Así lograríamos evitar las situaciones dudosas, en las que uno va directo al beso pero el otro va directo a la mano. Allí el primero queda descolocado y colorado por lo general, mientas el segundo redirige su saludo acorde a la nueva situación."
(Manuela Varela)



Al parecer suena tan bien que puede ser un piropo –o, con suerte, el boleto de entrada a una relación furibunda–. Y es un problema pasar de tonto frente a uno que te considera posmoderno. Así que cuando te digan posmoderno piensa primero en los modernos, aquellos ilustrados que defendían sus verdades con argumentos por más sacados que sean (…) Luego de haber entendido lo grandiosos que eran los modernos, pregúntate ¿qué viene después? Ya lo tienes. La posmodernidad. (…)
Y aunque no todos lo entienden, es una ofensa severa, digna de un jab derecho con mordida de oreja si se pudiera, ya que a lo que hace referencia, por decirlo de modo resumido, es a lo idiota, indiferente, pasional, frívolo o interesado que eres.
De todos modos no hay mucho de qué preocuparse, de vez en cuando está bien que te digan tierno."
(Santiago Gómez)



Hay cinco tipos de persona en Uruguay: la Galpón, el Solís, los Circulares, los MovieCenters o los que no gustan de las artes escénicas, mejor conocidas como teatro.
Una Galpón es la típica jubilada que nunca en su vida supo algo de teatro, pero como tiene entradas gratis, va todo los domingos cual si fuera una misa. Una Galpón nunca va sola, ni con su marido, va con muchas otras Galpones que aman como ella el aire popular del Teatro El Galpón."
(Virginia Méndez, ver el texto completo aquí.)



Me preguntaron si traía reserva y me resultó insólito. ¿Que tanta gente hay en Pueblo Edén como para llenar este lugar? (adentro de la casa hay muchas mesas más). Pero así funcionaba y las plazas estaban llenas. De todas formas, muy simpáticos me invitaron a quedarme. Dijeron que pusiera una mesa donde quisiera y me sentara. Tenía hambre y me arrepentí de haberme sentado en un lugar que apuntaba, desde su entrada, “comida lenta”. Pero ya estaba jugada. Lo tomé con calma y me senté a esperar. (…)
Es cierto: en los últimos años hubo un auge por lo natural y lo ecológico. Y mi paseo, bueno, ya no es tan exótico."
(Laura da Trindade)



Nosotros, los uruguayos, si hay algo que sabemos hacer es opinar. No interesa la materia que se esté discutiendo, tampoco la disciplina que se esté tratando y, mucho menos, la situación en la que esté enmarcada. De todo sabemos como para tener una opinión formada al respecto. De todas formas, hay algunos temas que son recurrentes en la opinología uruguaya: fútbol, política, publicidad y, últimamente, cine. (…)
Siempre hay opiniones para todos los gustos, lo que sí está claro es que, nosotros, los uruguayos, a diferencia de otras nacionalidades, sabemos de todo."
(Diego Román)



Después de días y días de investigación, me di cuenta de que Uruguay es el país de las Cinco Veces. Para lo que sea que uno se proponga y que sea medianamente importante, se necesitan cinco oportunidades para que salga por lo menos “algo” bien. (…)
Muchos se podrán preguntar qué pasó hoy. La verdad es que todavía nada, todo parece muy tranquilo y hasta excesivamente bueno, pero no va a quedar así. Porque lo único que me falta es que las Cinco Veces contradigan a la autora de la teoría y sea la excepción a la regla. Recién el viernes puede llegar la paz."
(Gabriela Cortizas)

8/5/09

Mi discapacidad matemática

Todo es culpa de la improductiva rebeldía juvenil. Más o menos a los 15 años ya sabía que quería estudiar literatura cuando fuera grande y, con la insensatez maniquea de la adolescencia, resolví que no necesitaría las matemáticas en mi vida. Fui categórica como todo adolescente, dogmática, irreversible. ¿De qué carajo me iban a servir a mí las fracciones, las vanidosas potencias y las groseras raíces cuadradas si yo estudiaría Letras? De nada. Clarito se lo dije a Lissette, una de mis mejores amigas de entonces. Ella era más pragmática, trató de convencerme de que las matemáticas no eran un capricho del pénsum escolar, pero al final aceptó dejarse copiar en todos nuestros exámenes de cuarto y quinto año.


1/5/09

El presidente humorista*

Semanalmente el presidente venezolano da rienda suelta a su fluir psíquico, para fascinación de su público revolucionario y exasperación de los periodistas que deben escarbar una noticia oculta entre una anécdota de la abuela y la receta de la sopa de calamares de ayer. Y un video que ya ha dado mil vueltas en la web registra el programa en el que, en medio de su pertinaz verborrea, Hugo Chávez recuerda el día aquel en que tenía que inaugurar un túnel, pero “andaba con un cólico”. El errático discurso político del jefe de Estado se detiene y comienza la perfecta narración de una historia personal. Tenía retorcijones, sudaba frío y necesitaba ir al baño urgentemente, pero la prensa, los pobladores del lugar, los funcionarios de gobierno y la propia solemnidad del acto le impedían correr al baño apretando las nalgas como hubiera querido. Cuenta cómo caminó “apretadito” hasta que logró deshacerse de la prensa subiéndose a un autobús que recorrió el túnel hasta el final. Uno de los momentos más hilarantes es cuando el presidente narra su llegada al otro extremo, donde en lugar de encontrar la soledad que ansiaba se topó con una multitud de obreros que lo ovacionaban “¡Chávez! ¡Chávez! ¡Chávez!”. “¡Ay Dios mío, ten piedad de mí!”, exclama el presidente, que parece un profesional del “stand up comedy”: estupenda administración del suspenso a través de nudos discursivos, gran histrionismo y sobre todo un impecable manejo del humor popular. Yo en particular ya reía abiertamente cuando cuatro perros furiosos salen a atacarlo en su corrida al baño y los obreros deben amarrarlos para que su dirigente pueda deponer en paz. Chávez habría sido un excelente humorista. Qué lástima que le dio por otro lado. Qué desperdicio de talento.

* Este texto fue publicado inicialmente en mi ex blog de Observa.com.uy

24/4/09

La memoria boba

Como cuando uno se despierta molesto por el sueño tonto que acaba de tener. Nuestro sistema nervioso se ocupa de tejer una elaboradísima red de neurotransmisores que tienen el deber de elaborar las imágenes mentales más absurdas, que nos servirán para fijar lo aprendido en el día (eso dicen), relajarnos, divertirnos o alimentar a los psicólogos. Y sin embargo uno malgasta ese prodigio soñando tonterías.

Por ejemplo una mañana me desperté furiosa porque había soñado que una limpiadora del Montevideo Shopping tenía que comprar su propio cepillo para limpiar los baños, lo cual en el sueño me parecía muy injusto, como me lo habría parecido en la vida real. Dejando de lado las implicaciones socio-económicas de esta inútil pesadilla, su discurso sobre la lucha de clases y su condena a la tiranía de los oligopolios –pues estoy segura de que mi inconsciente no intentaba nada de eso–, no se trataba más que de un sueño estúpido que no deja ni una sonrisa ni una enseñanza, nada. Un desperdicio neuronal.


17/4/09

Diálogos de pareja

Saben cuáles son. Esos en los que uno no entiende de qué demonios se está hablando. Esos diálogos que uno tiene con su pareja cuando la relación está llegando a su fin o cuando se está ante una situación muy seria que cambiará las reglas del juego y establecerá nuevos parámetros de convivencia. Yo nunca entiendo nada.

El problema es que se usan demasiadas metáforas. Y no sé a ustedes, pero a mí nunca me explican cuál es la metáfora, a qué remite, dónde se ancla. Encima son momentos demasiado serios para arruinarlos con una pregunta tan prosaica como “¿A qué te refieres con que 'la estantería está abombada', qué representa esa estantería en tu imago mundi?”. Así que prefiero seguir adelante, a ver si en algún momento se me devela el misterio. “Ah, está abombada… ¿muy muy abombada?”, pregunto, tratando de desentrañar qué tiene que ver eso conmigo. “¿Por el peso o por la humedad?”. Lo increíble es que él piensa que yo sé de qué estamos hablando. Me mira con cariño y responde con fastidiada condescendencia: “Mi amor, sabes bien que no es por la humedad”. En estas misteriosas conversaciones he llegado a comprometerme a cosas honestamente fantásticas, por ejemplo a comportarme como una reluciente biblioteca nueva, para que me sigan queriendo. Debe ser por eso que luego me dicen que no cumplo mis promesas.


10/4/09

Dos más dos es cinco

El dramaturgo alemán Bertolt Brecht estaba tan harto de ser criticado o aplaudido por recursos teatrales que nunca había intentado, que escribió en una carta: “Me siento como un matemático a quien alguien le dice, estimado señor, coincido con usted en que dos más dos es igual a cinco”.

Puedo decir con gran entusiasmo que tengo algo en común con Bertolt Brecht, y es esa capacidad de que gente que no me entiende para nada esté de acuerdo conmigo en algo que no estoy diciendo. Calquier intento de reivindicar lo que realmente quise decir es estéril. Casi siempre me rindo por pereza, porque al fin de cuentas por qué negarle a un fanático de la concordancia la satisfacción de estar de acuerdo, o a un fanático de la discordancia, el placer de discrepar. Total, se sabe que no importa demasiado quién habla ni lo que dice, sino quién percibe y lo que interpreta. Tenemos un discurso interno que vamos aplicando sobre lo que vemos, leemos o escuchamos, así como la encargada de una tienda viste a un maniquí que jamás podrá manifestarse en contra. Hasta sorprende que, cuando uno pide papas en el almacén, el comerciante en efecto ponga papas en la balanza. Dos más dos es cinco, estimado Bertolt. Tenía usted razón.

3/4/09

La puntuación, la sintaxis y el amor

Siempre que pongo un punto y coma sonrío. Me acuerdo de un amigo de mi hermano, a quien yo amaba como loca en mi adolescencia, que dijo una vez que un verdadero escritor se reconoce porque sabe usar el punto y coma. Por supuesto comencé a usar frenéticamente el punto y coma, aunque él nunca se dio cuenta de mi pericia puntuadora. Luego, en el colegio, escribía parodias de los poemas que estudiábamos en la clase de Literatura y las pegaba en la cartelera del salón, sólo para ver reír al chico del fondo que me gustaba y que no me hacía el menor caso, excepto cuando leía aquellas burlas gracias a las cuales yo existía un poquito para él. Me enamoré después de un hippie. En consecuencia, un ejército de gnomos, hadas y plagiados cronopios tomó por asalto mis cuadernos, que por fortuna hice desaparecer de la faz de la Tierra. Mi primer novio leía a Nietzsche: en aquel tiempo escribí herméticamente versos oscuros sobre simbólicas tarántulas que hoy día no consigo entender (y creo que en aquel momento tampoco). El siguiente fue un poeta para quien el punto y coma era tan feo e inelegante como una factura de la luz, los dos puntos un recurso vulgar destinado a un recetario de cocina y los paréntesis una trampa que esconde la incapacidad expresiva del escritor. Así que punto y coma, dos puntos y paréntesis quedaron proscritos de mi escritura durante un par de años. Sólo después de mucho esfuerzo los logré reincorporar. Algunos de los hombres que me gustaron no eran lectores y simpliqué mis textos; otros eran intelectuales y entonces los academicé, llenándolos de citas de Heidegger y Schopenhauer que tomaba prestadas de mi agenda. Una vez me enamoré de uno que amaba las oraciones cortas y las sentencias desadjetivadas; poco después me enamoré de otro que prefería el barroquismo y las descripciones delirantes: salté de Carver a Carpentier como quien cruza la calle. Después tuve un novio fanático de Rimbaud y de Baudelaire y yo me puse por tanto agresiva y negativa. Luego vino un chico que odiaba el “sándwich literario”, que es cuando se coloca un sustantivo entre dos adjetivos (por ejemplo, la “enigmática casa antigua”). Ergo, me volví implacable con los adjetivos, cacé sándwichs y acabé con todos ellos. El siguiente se la tenía jurada a los adverbios. Decía que son un bastón para apoyar a un verbo que no tiene suficiente fuerza. Saqué adverbios y usé sólo verbos autoválidos. Y otro abogaba por la eliminación de la palabra “como”. La luna es un queso, no como un queso. El “como” ensucia la metáfora, decía, porque la transforma en una anodina comparación. Busqué entonces todos los “como” de mis archivos con Find and Replace y los borré de un manotón en el teclado. Luego mi ex esposo se reveló como un gran admirador de Kundera y elogió las metáforas que “caen como un rayo iluminador sobre una escena”. Intenté por ende, y durante años, imitar el rayo iluminador de Kundera. Pero ninguno de ellos se enteró jamás, lógicamente, de todo esto que se cocía entre la palabra y yo.
Desde que puedo recordar, la escritura ha sido mi forma más inadvertida, menos eficaz y peor orientada de coquetear.


27/3/09

La guerra de las semillas

Casi en el Polo Norte, enterrada en la nieve, los noruegos -que no son ningunos boludos- construyeron una bóveda e invitaron a la comunidad internacional a poner a salvo, allí, la flora de cada región. Es el mayor almacén de semillas del mundo y el más seguro. Fue ideado para salvar la biodiversidad del planeta en caso de que un desastre atómico, una catástrofe medioambiental, el impacto de un meteorito o las excesivas flatulencias de las vacas hagan desaparecer simientes de plantas muy apreciadas entre nosotros los humanos, como el trigo, el maíz, el café. En la foto, la Bóveda Global de Semillas de Svalbard luce como un monolito estrecho e impenetrable, extemporáneo en medio de toda esa nieve, incoherente entre tanta desolación. Y sólo es la entrada. Tras la puerta, un corredor subterráneo conduce hacia un depósito que puede albergar 2.000 millones de semillas en la profundidad del permafrost ártico, donde, pase lo que pase en el planeta, según esta gente siempre hará suficiente frío para garantizar que comeremos espaguetis y arepas por los siglos de los siglos.

20/3/09

La amistad prepaga

Debo ser la última persona en enterarse de que existe un servicio llamado “Comprador Personal” (o Personal Shopper, que suena mejor). Es como el Personal Trainer, pero de compras. En general se trata de damas pizpiretas venidas a menos que para ganar unos pesos sin perder el glamour, ofrecen sus servicios a nuevas ricas que no saben cómo vestirse. Bien. Poco después de que mi ignorancia en tendencias y consumo se amortiguara un poco con esta valiosa información, leí que en Estados Unidos inventaron al “coach” amoroso, que es una especie de entrenador en los quehaceres del cortejo y del sexo. El experto en seducción le indica al infeliz que contrató su servicio si debe invitar a la chica al cine o a comer, cómo vestirse, qué decir y qué temas evadir. “¿Te bañaste, te cepillaste los dientes?”, le pregunta. En resumen, es un amigo por catálogo que le explica a su cliente qué hacer con la minita.

Es el terreno del éxito inmerecido, donde la pereza se premia y la comodidad se malcría. Haga abdominales sin moverse del sofá, aprenda inglés sin estudiar, adelgace sin hacer dieta, sea famoso sin tener ningún talento, hágase rico sin trabajar. O contrate consejeros que lo asesoren sobre la apariencia y sobre el amor y ahórrele sus pesadas lamentaciones a un amigo gratuito, que en general acaba exigiendo un cariño que nos hace perder tiempo y dinero. He ahí el nicho de mercado en el mundo del mínimo esfuerzo: la amistad prepaga. Cómo no se me ocurrió antes. El negocio estaba ahí; y yo escribiendo tonterías.

12/3/09

Igualita a Isabella Rossellini

La condescendencia y la indulgencia. Qué par de bellezas. Si no fuera por esos dos recursos adaptativos, no podríamos vivir tan hacinados, tan juntos uno del otro; siempre con otra persona al lado, arriba, cerca; siempre con algún otro humano invadiendo el perímetro personal de uno. La condescendencia y la indulgencia son los más importantes salvoconductos hacia la coexistencia*, después del cepillado de dientes, por supuesto.

Condescender es “Acomodarse por bondad al gusto y voluntad de alguien”, mientras la indulgencia es la “Facilidad en perdonar o disimular las culpas” de otro, según el DRAE. Aunque lo siento por los sabios de la Academia, pero yo cuando condesciendo lo hago por comodidad. ¿Bondad? Sí, en otra galaxia.


6/3/09

Cómo ser un deprimido convincente

Para estar deprimido la primera cosa es adoptar una actitud suficiente: “atiéndanme bien, soy una persona lo bastante compleja como para estar deprimida”, debe ser el mensaje. Un deprimido frívolo es un despropósito, una aberración tan inverosímil como un astrofísico tonto o un pintor poco observador. La depresión es un lujo que sólo puede permitirse la gente perspicaz. Y a falta de perspicacia, representación: unos pocos monosílabos bastan para poner incómodos a los superficiales no-taciturnos que rodean al afligido. La habilidad con la que los deprimidos clínicos administran sus silencios consigue hacer suponer a los demás que entre un murmullo y un quejido se esconden milenios de sabiduría, congénita y adquirida. Por eso yo, que soy muy poco hábil para distinguir a una persona meramente callada de un maestro zen, siempre reaccioné con respeto ante un tipo postrado de tristeza en una cama, temiendo que mi demasiado hablar perturbara sus inescrutables cavilaciones sobre el sentido de la existencia. Y es que uno confunde con una simpleza brutal el silencio con la meditación y, luego, la meditación con la buena meditación.


13/2/09

La incontinencia de signos

No sé en qué momento exacto en la historia de la escritura las mayúsculas se transformaron en alaridos, pero el fenómeno es real: a partir de algún punto en los años 90 comenzamos a interpretar como gritos los mensajes escritos todos en mayúsculas. (Ni hablar de la opinión que nos queda del maleducado y vocinglero remitente). Además hemos pasado del apergaminado estilo de la correspondencia de antaño a la coloquialidad extrema de los chats, emails y mensajes de texto, que aparecen llenos de caritas :), risitas (ja ja) y besitos (muack! chuick!).


6/2/09

La infidelidad forzosa

Uno presupone que alguien actuará de una manera y actúa de otra. Tal vez no tanto por culpa del otro, sino por la eterna insaciabilidad de la naturaleza humana, que nos hace generarnos expectativas que nunca alcanzaremos. Como dijo Kant andá a saber dónde: “Demos a una persona todo lo que desee y en ese mismo momento sentirá que este todo no es todo”.

La fidelidad, por ejemplo, debe ser el caso más reincidente de expectativas frustradas: cuando alguien le pide fidelidad a su pareja, parece condenarla a mentirle en algún momento en el futuro. Qué sencillas serían las cosas si en cambio se pudiera inaugurar una relación diciendo: “Te seré infiel de vez en cuando, pero apenas deje de quererte, te lo haré saber”. Se evitaría así la mentira, que es lo más molesto de todo el asunto, tanto para el desleal como para el deslealtado. Pero parece imposible llegar a este arreglo. El resultado es un ejército de infieles que se esconden unos de otros, todos abrumados por la culpa y sintiéndose tan solos en el mundo como un insomne.


30/1/09

Los juegos de salones

Los juegos de salones; y no los juegos de salón. Nos molaban cuando éramos niños, cuando fuimos adolescentes, luego en la universidad y, a unos cuantos, también ya de grandes, en alguna asamblea de vecinos o en una cumbre de presidentes. Los juegos que jugábamos en los salones de clase. Los que nos encantaría volver a jugar si tuviéramos tanto tiempo libre como entonces. Los que se juegan en casi todas partes del mundo (bah, supongo, al menos en Occidente). Esos juegos de salones para los que lo único que se necesita es un lápiz, un papel y dos personas aburridas.


23/1/09

La hipnosis de Facebook*

En “Hasta el Fin del Mundo”, de Win Wenders (1991), los protagonistas se obsesionan con un aparato que utiliza el personaje de William Hurt para grabar sus recuerdos e introducir esas imágenes mentales en el cerebro de su madre, que como ha nacido ciega no tiene ninguna. No obstante, los personajes poco a poco comienzan a usar esa especie de videocámara para registrar sus propios sueños y verlos durante las horas de vigilia. Y se hacen adictos a ella. Hay largas tomas de Claire Tourneur ensimismada como una opiómana en la contemplación de las imágenes vagas que su cerebro formó durante la noche. El espectador se preocupa: los protagonistas pierden su impulso vital y se sumergen en una embriaguez amniótica. Se dedican sólo a observar su subconsciente a través de la máquina, fascinados, pasmados en la contemplación de ese pasado indefinido y hermoso que representa un sueño.

Se han escrito muchas cosas ya sobre Facebook, en general denostando de sus tonterías (que tiene muchas). ¿Qué me interesa a mí si un “amigo” me manda un dibujito de un Daikiri, un “hug” u opina que soy “hot”? Aparece alguien que no he visto en años y en lugar de escribirme sobre sí o preguntarme sobre mí, me envía un test para saber qué tan sexy soy o qué clase de estrella de cine sería o qué tipo de ama de casa podría ser. Pero esos jueguitos triviales que inundan Facebook son un maquillaje que contamina lo que verdaderamente hipnotiza de él: la mirada atónita, paralizante, de uno mismo sobre su propio pasado.

Tengo “amigos” muy jóvenes en Facebook (de 18, 20, 25 años) que juegan los juegos que esa red social ofrece. Hacen los tests, ponen fotos, las comentan. Pero a medida que los usuarios avanzan en edad, el sitio se va pareciendo cada vez más a la máquina de “Hasta el Fin del Mundo”. Colocamos fotos de hace 20, 30 años y nos quedamos absortos en la contemplación de lo que fuimos, comentando una y otra vez las mismas cosas, aunque sea para evitar que ese momento vuelva a evaporarse. Reaparecen amigos que no vimos en 20 años, reaparece aquel amor de adolescencia, reaparecen las personas que habíamos olvidado (y recordamos por qué habíamos decidido olvidarlas), reaparecen los que nos hicieron daño, a los que les hicimos daño, los ex, las ex. Como si todo lo vivido se resumiera en un solo lugar. Y entonces, adictos como Claire Tourneur al aparato que registra sus sueños, pasamos indolentes horas absortos en la contemplación estática de ese pasado que se condensa allí, bajo la forma de “amigos” que no son amigos reales sino los fantasmas que pueblan nuestra memoria. Atrapados por una máquina que le da forma a nuestros difusos recuerdos y los proyecta incesantemente ante nosotros.


(* Publicado en septiembre de 2008 en www.observa.com.uy).

16/1/09

Las comedias románticas

Así como el gastrónomo come-escargots más exquisito puede acudir a hurtadillas a un McDonald’s sin jamás admitirlo, yo confieso que nada me gusta más que una buena, dramática, divertida, risueña, desconsoladora y conmovedora comedia romántica.

Sí, me molan las comedias románticas, las miro obsesivamente y encima no me canso de ver las mismas películas una y otra vez, para largar el llanto siempre en los mismos puntos: cuando Meg Ryan le dice a Billy Crystal “I hate you, Harry, I hate you” en la fiesta de fin de año de “Harry y Sally”, cuando se encuentran Meg Ryan (de nuevo) y Tom Hanks en el Empire State en “Sintonía de Amor”, cuando Hugh Grant le pide a Julia Roberts que la acepte en la conferencia de prensa de la actriz en “Notting Hill”, cuando el escritor viaja a Portugal en “Love Actually” y cuando Richard Gere escala al apartamento de Julia Roberts con un ramo de flores en “Pretty Woman”.


9/1/09

Regalo de despedida libre de humor

Me ha tocado despedir y ser despedida (en ambos casos, tanto en aeropuertos como en lugares de trabajo) y llevo dos semanas tratando de recordar algo divertido que se pueda rescatar de esas experiencias. En las despedidas laborales encuentro kilos de comicidad, pero no es de ésas de las que quiero hablar, sino de las aeroportuarias, a las que no les descubro ninguna gracia. Todo porque quiero escribir algo sobre las despedidas que funcione como un regalo que haga reír a un amigo que se va y que nos deja en su lugar un hueco tan prodigioso y brusco como un cráter.


3/1/09

Los comentaristas

Estoy luchando contra la tentación de hacer un balance findeañero, porque no quiero cometer el delito del diario íntimo –género que me prohibí al comenzar el blog–. Pero como esto es, precisamente, un blog, puedo crear tantas reglas como excepciones y entremezclarlas a mi gusto, alterarlas, cruzarlas, violarlas e incluso obedecerlas. Así que al grano: en 2008 conocí el universo bloguero, expresión que hasta entonces me parecía un exceso metafórico, un abuso sideral. Al iniciar Escribir para qué pensé que estaba inaugurando algo así como una egocéntrica revista que ahorra en papel y tiene un solo columnista. Pero a lo largo del año me fui sorprendiendo con el hallazgo de un elemento cuya contundente influencia desconocía: los comentarios. Gracias a ellos un blog no es una revista sin papel, como ingenuamente creía, sino un organismo viviente y maleable; una ameba sin forma, cambiante, que se multiplica; como plastilina que se reconvierte. Es así como cada post no es, jamás, una unidad cerrada, sino un cachorro cuyo desarrollo no se detiene en su nacimiento; que adopta personalidades según las opiniones, anécdotas y discusiones que lo vayan alimentando. Ahora entiendo el blog como un género literario que camina y habla, se cimienta a partir del texto de un moderador (el bloguero) y se construye gracias a los comentaristas que, casual o periódicamente, hacen una parada en alguna de sus páginas. Por eso, a La Tilde Perdida, Graciela Ventimiglia, Odiseo en Puebla, Amelia, H, Mimo, JLMejuto, A-nah!, El sitio de Iris, Natalia, AleMamá, Migue, Lori e Elisandra, La Pelúa, Las 2Rubias y la Morena, federico gauffin, Jorge Henríquez J., Tute, Jorge Bedregal La Vera, Melibea, Juan, Albatros, Jimeneydas, Le Santi, Lais, Lucero, Pablo A, La Oveja, Tabita, Sinkuenta, Aquiles Martín, May Sanabria, Daniela, Laura Zaferson, Ignacio, ojo, Carlos el baterillero, tanci, Susana Navarro, Valentina Pereira, Janoengels, HAL10000, Edith Brel, Európides, Catalina, 11luas, Luna y Dragón, Orrego, Kyra, Jaime de Canadá, Mary White, Eureka, Tropi, Grupo Assíntota e O Menino que Contava Estrelas, Joselo, Viovio, Jorge Ojeda, Mariana, Mezcalito, Hugo González García, IUS, Jaime, Franco V., el charotikisfishbone, Atención al cliente, DjNeoN, Madelen y, también, al pelotón de tímidos anónimos: gracias por hacer escalas por aquí de vez en cuando.