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28/11/08

Los guardianes de las palabras

"Me sigue sin gustar que lo llamen matrimonio, pero me alegro que se reconozcan los derechos de los homosexuales”, dijo recientemente un hombre en un foro en internet sobre la legalización del matrimonio gay. Conservadores derrotados como éstos comienzan a entender que la homosexualidad no es una enfermedad y hasta aceptan que los gays necesitan ampararse en la ley. Pero aún defienden lo poco que les queda: la propiedad de la palabra. El derecho a nombrar los cimientos de su dignidad con los términos que consideran que les son propios. Aceptan las uniones legales entre homosexuales, ¡pero que no se les llame matrimonio! El matrimonio debe ser entre un Hombre y una Mujer. La homosexualidad es tolerable siempre que se invente su propia terminología.
Es así como la batalla actual se dirime en el campo de la palabra, ya no tanto del honor o la moral. Los homosexuales reclaman el derecho a utilizar los sustantivos y adjetivos que les vengan en gana (matrimonio, familia, conyugal…), mientras el bando contrario se atrinchera celosamente con su regimiento de vocablos, argumentando un supuesto título de propiedad que le confieren la religión y la tradición.
Las palabras son peligrosas: crean realidades, no se debe despreciar su poder. Por eso esta nueva clase de "conservadores derrotados” son posesivos con los adjetivos y sustantivos con que se definieron hasta ahora: porque intuyen que cuando pierdan la batalla de la palabra, habrán perdido la guerra para siempre.

21/11/08

Miedo a volar

Siempre que las aeromozas hacen la pantomima previa al despegue pienso que se están burlando de mí. No me interesa dónde están las puertas de emergencia ni cómo se abren: en el improbable caso de que quede con vida después de estrellarnos, podré salir por cualquier rotura y, si no la hubiera, aún así abrir la puerta será el último de mis problemas. Después las simpáticas señoritas nos hablan de los chalecos salvavidas como si nos dieran la receta de una torta. Y con la misma ingenuidad de la tía Pocha cuando indica las medidas de harina y leche suponiendo que su auditorio las recordarán luego, estas chicas pretenden que yo me acuerde, mientras el capitán de la nave nos informa que caeremos en medio del océano, de que tengo que rodearme con el cinto así y asá y que no puedo soltar la perillita roja cuando el agua comience a entrar a chorros dentro del avión siguiendo el implacable principio de los vasos comunicantes. Entonces deberemos nadar contracorriente esquivando flamantes o futuros cadáveres y, sólo cuando estemos “a salvo” en alta mar, sólo entonces, podremos inflar el chaleco tirando de no sé qué cosa que estoy segura de que no funcionará.


13/11/08

Los repelentes de adolescentes

¿Muere alguien de un huevazo? Desde el balcón de un cuarto o un quinto piso, por ejemplo, ¿puede matar un huevo? No se sabe. Ni vale la pena arriesgarse, si para espantar jóvenes borrachos que graznan cantos de tribuna en la vereda, se puede apelar a la blandura del tomate o a la líquida repugnancia inocua de la sangre de cerdo, por ejemplo. Nos lo enseñó Stephen King en “Carrie”: la sangre de cerdo será más difícil de dirigir (el huevo en cambio funciona como un proyectil), pero es un recurso dramático e indoloro por cuyo uso nadie irá preso.


7/11/08

Las siestas histéricas

Dormir. Soy adicta a dormir. Al acostarme, calculo cuántas horas de sueño tendré; si son pocas, duermo apurada, con la angustia de un futuro malestar. Si me esperan más de diez horas de sueño, me regodeo en las sábanas y me despierto de vez en cuando sólo para comprobar, con la satisfacción hedonista de un sultán en su harén, que aún queda mucho por disfrutar.

Me despierto a diario blasfemando y jurando por mil demonios que algún día dormiré dos días seguidos. Mientras me ducho en la mañana saco la cuenta de cuántas horas dormí y, de acuerdo al resultado, decido el humor que tendré. Y si paso un rato por casa entre una actividad y otra me acuesto diez o quince minutos, lo que puede totalizar tres o cuatro mini-siestas por día.