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29/8/08

Los cazadores-recolectores de escotes

Hay hombres que al hablar con una mujer les miran el pecho concienzudamente, como si un buen día los senos pudieran ponerse a charlar con ellos. Lo cual no les soprendería nada: están tan concentrados en la contemplación del busto que no notarían tal prodigio. Porque aparece un escote y zuás, ahí están los ojos masculinos –y algunos femeninos–, oteando el horizonte mamario con la misma atención con que Rodrigo de Triana escudriñaba el océano antes de avisar ¡Tierra!

No importa de quién sea el escote, si de una hiperdesarrollada niña de 14 años o de una mujer entrada en años y kilos que no tendría ningún atractivo para un joven de 20, si no fuera por esa hondonada. Me refiero a la hondonada que se insinúa en la frontera entre ambas glándulas y cuya sombra es objeto de una observación sistemática, persistente, inconducente y obsesiva.


22/8/08

El desafío de los formularios

El campo en blanco de los formularios donde uno debe escribir su ocupación es una pregunta ontológica. Me detengo en la taquilla que corresponda, donde sea que me vea en la necesidad de llenar tan vertiginoso espacio en un papel, haciendo un recuento de mi vida como si estuviera ante un túnel con una luz al final. Debo poner tales expresiones de desconsuelo que por lo general el funcionario de rigor me dice, comprensivo: “No importa, poné cualquier cosa”.

Sí, ¿pero qué? ¿¡Qué!?


8/8/08

Los turistas de supermercados

Me cuesta admitirlo, me cuesta incluso escribirlo porque siento que se hace realidad a medida que lo nombro. Pero soy testigo frecuente de ello y considero que debe saberse. Hay gente a la que le gusta ir al supermercado. Sí. Gente que disfruta tal cosa como si se tratara de un paseo dominical. Gente, incluso, tan adicta a ese emporio publicitario que lo visita así nomás, como quien va al parque o a la playa.

Repito: los he visto. Vivo cerca de un supermercado muy grande, diríase bonito –siguiendo el concepto estético de estos insólitos adictos–, espacioso y lleno de productos rarísimos –para ellos– como queso de cabra, salmón ahumado y tacos mexicanos. Y allí abundan estos visitantes de feria moderna, deseosos de darse un baño de gran ciudad antes de volver al barrio a hacer las compras en su clásico almacén.

Los descubro mientras zigzagueo a toda velocidad con mi carrito, atropellando viejitos y niños. Son parejas que van despacio, sin carro, tomadas de la mano y mirando el contenido de los estantes como quien observa la arquitectura de Venecia. O familias (¡familias!) que circulan con lentitud comentando los precios de los electrodomésticos y de las pantuflas mientras llevan, a lo sumo, 100 gr de manteca en la mano.

A pesar de mi experticia haciendo slalon entre estos visitantes molestos, a veces tengo que parar el carrito para dejarlos pasar. Entonces todo ocurre en cámara lenta a mi alrededor mientras yo sigo viviendo en tiempo real. No perciben mi prisa, no se dan cuenta de que estoy allí por un motivo. Apenas me esquivan como si yo fuera un poste y no el Demonio de Tasmania haciendo las compras.

Quién hubiera dicho, cuando se instalaron los primeros supermercados grandes en Montevideo y tanta gente protestó en defensa del almacén de barrio y del paisito, que estos intrusos elefantiásicos se transformarían con el tiempo en museos de comida donde la gente acudiría a sacudirse la modorra en las tardes invernales. Ahora hay que redoblar la apuesta: que venga Disney. Que por favor se instale Disney al lado de casa y entretenga a estos turistas que copan las cajas, obligándome a hacer eternas colas tras parejitas que compran manteca como souvenir de sus excitantes paseos vespertinos.

1/8/08

Esa obsesiva economía del tiempo

Cada vez que pierdo el ómnibus –lo veo pasar desde la esquina y alargo una mano suplicante, que luego en un vano disimulo llevo a mi cabeza para hacerle creer a un inexistente observador que sólo quise arreglarme el pelo–, cada vez que pierdo el ómnibus, decía, dedico la larga espera subsiguiente a pensar qué mínima acción debí haber evitado, antes de salir de casa, para llegar treinta segundos antes a la parada.

Vista desde afuera parezco una tipa ahí, normal. Pero soy una tipa que piensa frenéticamente que no debió dormir ese minuto extra, o que no debió volver a casa al recordar que dejó una luz prendida, o que la culpa de todo la tuvo esa última revisión de email. A veces, mientras lavo los platos, pienso: si pierdo el ómnibus luego –aunque piense salir de casa varias horas después– seguramente será por esta jabonosa pesadilla diaria.

–Si seguís así, vas a terminar saliendo en pijama a la calle y pensando en la parada qué fue lo que soñaste de más–, me dijo Oli.

Es cierto. Esa obsesiva economía del tiempo es la que me hace suponer con ingenuidad que ahorro milisegundos si, por ejemplo, cruzo la calle en diagonal, hablo por teléfono cuando barro la casa, me peino en el ascensor o me cepillo los dientes mientras pongo el despertador.

Es curioso que en una ciudad apacible como Montevideo, que por su escala humana nos regala tanto tiempo libre, sus habitantes llenemos las horas sobrantes con frenéticas actividades, para acabar más estresados que un corredor de bolsa de Wall Street. Conozco mucha gente que estudia, acude a un trabajo, almuerza con un amigo, va a su segundo trabajo, lleva a sus hijos al parque, todavía puede asistir a una asamblea y encima hace sociales de noche.

Las grandes marcas hace años se percataron de que la gente necesita ahorrar más tiempo que dinero. El lavarropas promete economizar tiempo y energía, los bancos invitan a ahorrar tiempo con la banca online, las revistas aconsejan cómo ahorrar tiempo en las compras, y las innovaciones tecnológicas se tratan, en su esencia, de lo mismo: mire tele en el auto, hable por teléfono mientras descarga música, grabe un video y mándelo por internet con un solo clic.

Terminamos como el conejo de Alicia en el País de las Maravillas, que corría diciendo tengo prisa tengo prisa y nunca se sabía adónde iba. La culpa la tienen las ciudades: mientras antes los humanos teníamos una relación agrícola con el tiempo, que entonces era circular por su sucederse de lunas, mareas y estaciones, ahora pasamos a verlo como una línea con principio y final.

Y como avanzamos hacia el fin de esa línea, lo mejor es atesorar cada punto. Aunque a uno le toque sufrir de vez en cuando la avidez temporal de los demás. Como me pasó hace poco, cuando recibía las salpicaduras de las densas uñas de una mujer que viajaba a mi lado en el ómnibus y que también economizaba su tiempo armada con su cortauñas.