´

25/7/08

Los que viajan separados están majaretas

Hace poco vino a visitarme a Montevideo una pareja de amigos de Santiago, con dos hijos pequeños que quedaron en Chile. Antes de venir, me anunciaron por email que ella vendría primero en un vuelo con escala en Buenos Aires y, dos horas después, él en uno directo desde Santiago. Toda esa rocambolesca operación se debía a que por política familiar el matrimonio viaja separado: así, si le ocurre una tragedia a alguno de los dos, al menos los niños no quedarían huérfanos. Como parece tener sentido, yo, con una especie de respeto parecido al que le tenemos a un practicante de una secta alternativa, no indagué más sobre esa costumbre y el tema concluyó ahí, como un tabú al menos para mí.


17/7/08

Sexo en invierno, una rara experiencia evolutiva

Vengo de un país tropical, o sea que para mí una bufanda resumía el concepto de lo exótico. Imaginarán entonces mi desconcierto cuando, apenas anuncié que me vendría a vivir acá, una uruguaya en Venezuela me regaló una enorme y regordeta chaqueta que me cubría desde la cabeza hasta las rodillas y aumentaba un metro el diámetro de mi cintura.

–¿Cómo se hace para ser sensual con esta cosa?–, pregunté.

–En invierno no se es sensual, mijita, olvidáte.


11/7/08

Defensa inútil de una adicción inerme*

A unos les mola más que a otros, están quienes se enganchan todo el día y quienes lo usan como una actividad más, pero si hay algo garantizado es que la vida de nadie corre peligro. Sin embargo los detractores de siempre alertan, con las vetustas y desgastadas trompetas que anuncian la destrucción del mundo tal como lo conocemos, que por su culpa hemos perdido la capacidad de comunicarnos, o peor: el interés en comunicarnos, que ya no desarrollamos relaciones sociales normalmente, que esta adicción suprime en nosotros el beneficio de cualquier otra actividad, que nos aísla del entorno, que nos hace desatender a la familia y los amigos –sin tomar en cuenta que muchas veces nuestra familia y amigos están lejos–, que nos encierra en un mundo ficticio, sin fronteras –admiten– pero también sin los límites de una convivencia sana, que nos propone como modo de vida el patetismo de una soledad colectiva, que nos instala la falsa premisa de que estamos en contacto con los otros, que nos hace tejer redes de amigos invisibles, de quienes enviamos y recibimos mensajes falsos escudados bajo otras personalidades que nos hacen sacar a la luz lo peor de nosotros, iluminando así miserias que, en realidad, son si acaso lo peor de nuestro alter ego pero no lo que es genuinamente peor de nuestro verdadero yo, o algo así.

Con más o menos los mismos argumentos que esgrimían los denostadores de la imprenta, luego del teléfono, después del cine, la radio y la televisión, al final de las computadoras y ahora de internet, los eternos pincha-globos están convencidos de que esta adicción destruye el sentido de la pertenencia a un grupo social, porque los detractores proponen como la única comunicación posible el diálogo cara a cara, boca a boca, o más bien boca a oreja, y sólo aprueban como canal para la socialización, la voz, o los ojos, o los gestos, en fin los sentidos de una persona en contacto directo e inmediato con los sentidos de la otra, sin aceptar la posibilidad de que se instalen nuevos métodos para ejercitarlos y nuevos canales para hacerlos circular por el mundo.

Y sin embargo, si todo esto fuera cierto, ¿entonces con quién corno piensan estos apocalípticos profetas del desastre que estamos chateando?

* inerme. (Del lat. inermis). 1. adj. Que está sin armas. U. t. en sent. fig.
2. adj. Biol. Desprovisto de espinas, pinchos o aguijones.
(Fuente: RAE)


4/7/08

La vergüenza altruista

Andaba distraída por la calle, con la actividad neuronal en piloto automático, cuando escuché un efusivo saludo: “¡Peeero! ¿Cómo andás?”

No tenía idea de quién era. Hurgué en el pasado, como quien hojea un libro a toda prisa, en busca de algún indicio sobre la identidad de esta tipa que me había abordado con tan humillante cariño.