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27/6/08

Fui víctima de la autoayuda

Por lo visto hay un libro de autoayuda para cada quien. Ése es el hallazgo de sus escritores. Ellos y sus bolsillos saben muy bien que nadie está blindado a la influencia, al menos una vez en la vida, de un libro de autoayuda. Es tan simple como dar con el texto que toque la fibra, esa única fibra, en la que uno desesperadamente necesita auxilio. Y ahí estos libros hincan el diente, como el depredador que acorrala a su presa y sólo tiene que dar un zarpazo para apropiársela. Descubren nuestra debilidad y se alimentan de ella, la tragan y escupen los restos. Y al cabo de este proceso, de la víctima queda un digerido y chapucero lector.


20/6/08

Mamita rica

El primer piropo del que se tiene noticia se lo dijo el Arcángel San Gabriel a la Virgen cuando le anunció su divino estado: “Dios te salve María, llena eres de Gracia”. Gracia que al parecer no tengo, porque el último piropo del que yo tengo noticia es uno de dudosa belleza que me dijo hace poco un hombre con acento español: “Guapa, que meas colonia”.

Es lógico que el estilo cambie después de 2000 años. Pero el piropo no. La costumbre de enviarle ese regalo anónimo a las mujeres que pasan sigue intacta. Las señales de luces que hacen taxistas y camioneros, o los gritos que salen de las ventanas de los autos (¡Divinaaaa!), también sirven.

Todo sirve para una mujer adicta al piropo.

Mi adicción comenzó precozmente. Tenía 13 años cuando el cajero de un supermercado le preguntó a mi madre: “¿Algo más, suegra?”. Me ruboricé, sonreí, bajé los ojos. Poco después comprendí que la única finalidad de las construcciones es hacernos sentir bien a las mujeres. (Y que mientras más edificios se construyan, más sana y feliz estará la mitad de la población de una ciudad). Ahora, muchos años después, reacciono siempre igual: gracias, oh, dios, gracias.

Hay piropos tan agresivos y vulgares que son más bien micro-violaciones. Sólo se agradecen en caso de aguda depresión clínica. Dejando esos de lado, hay una linda gama que va desde los subidos de tono (“¡Qué piernas!, ¿a qué hora abren?”) hasta los más beatos (“Qué pasará en el cielo que los ángeles están cayendo”), entre los cuales necesito, para mi salud mental, alrededor de tres por día.

Para obtenerlos soy capaz de maquillarme antes de bajar a la panadería, de dar un largo rodeo para pasar delante de una construcción, de tomarme el ómnibus para hacer un trámite que podría solucionar por internet, de cambiar de acera para caminar delante de un grupo de estudiantes.

Los días en que no hay cosecha, vuelvo a casa preguntándome qué ha sido del mundo, dónde quedó el orden universal. ¿Lifting, lipo? ¿Debo hacer más horas de gimnasia? ¿Cambiar el maquillaje? Varios días de sequía desembocan en una compra compulsiva de ropa horrorosamente sexy y fucsia, y más de una semana me dejaría postrada en cama, dispuesta a recibir con agrado hasta los piropos micro-violadores.

En cambio, cuando la cosecha es buena, el mundo sigue su curso: los gringos continúan torturando presos en Guantánamo, el precio del crudo alcanza precios récord, Paris Hilton es detenida por conducir alcoholizada. Puedo entonces sentarme a trabajar, ocuparme de mi correspondencia, escribir un reportaje sobre el calentamiento global y otras cosas que no tengan la menor importancia.

6/6/08

Ur, el imperio de los crucigramas

Me refiero a Ur, la antigua urbe mesopotámica, actual imperio de los crucigramas.

Por un lado resolver el acertijo es un desafío, pero además no hay nada que represente mejor la vagancia absoluta, el dolce far niente, que la imagen de un tipo ante un crucigrama.

Y es que siempre hay algo más útil que hacer cuando no se tiene nada que hacer: gimnasia, leer, mirar tele. Pero si uno está resolviendo palabras cruzadas quiere decir que no está dispuesto a dedicarse ni a esas actividades de ocio. Los crucigramas son entonces la nada, la inacción. Un lugar donde el tiempo no importa; su pérdida, menos. Y la mente se despeja como si uno hubiera pasado hora y media diciendo ommm, mientras se aprenden lindas palabras como “asesar”, que a la postre era la respuesta a “adquirir seso”.