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1/8/08

Esa obsesiva economía del tiempo

Cada vez que pierdo el ómnibus –lo veo pasar desde la esquina y alargo una mano suplicante, que luego en un vano disimulo llevo a mi cabeza para hacerle creer a un inexistente observador que sólo quise arreglarme el pelo–, cada vez que pierdo el ómnibus, decía, dedico la larga espera subsiguiente a pensar qué mínima acción debí haber evitado, antes de salir de casa, para llegar treinta segundos antes a la parada.

Vista desde afuera parezco una tipa ahí, normal. Pero soy una tipa que piensa frenéticamente que no debió dormir ese minuto extra, o que no debió volver a casa al recordar que dejó una luz prendida, o que la culpa de todo la tuvo esa última revisión de email. A veces, mientras lavo los platos, pienso: si pierdo el ómnibus luego –aunque piense salir de casa varias horas después– seguramente será por esta jabonosa pesadilla diaria.

–Si seguís así, vas a terminar saliendo en pijama a la calle y pensando en la parada qué fue lo que soñaste de más–, me dijo Oli.

Es cierto. Esa obsesiva economía del tiempo es la que me hace suponer con ingenuidad que ahorro milisegundos si, por ejemplo, cruzo la calle en diagonal, hablo por teléfono cuando barro la casa, me peino en el ascensor o me cepillo los dientes mientras pongo el despertador.

Es curioso que en una ciudad apacible como Montevideo, que por su escala humana nos regala tanto tiempo libre, sus habitantes llenemos las horas sobrantes con frenéticas actividades, para acabar más estresados que un corredor de bolsa de Wall Street. Conozco mucha gente que estudia, acude a un trabajo, almuerza con un amigo, va a su segundo trabajo, lleva a sus hijos al parque, todavía puede asistir a una asamblea y encima hace sociales de noche.

Las grandes marcas hace años se percataron de que la gente necesita ahorrar más tiempo que dinero. El lavarropas promete economizar tiempo y energía, los bancos invitan a ahorrar tiempo con la banca online, las revistas aconsejan cómo ahorrar tiempo en las compras, y las innovaciones tecnológicas se tratan, en su esencia, de lo mismo: mire tele en el auto, hable por teléfono mientras descarga música, grabe un video y mándelo por internet con un solo clic.

Terminamos como el conejo de Alicia en el País de las Maravillas, que corría diciendo tengo prisa tengo prisa y nunca se sabía adónde iba. La culpa la tienen las ciudades: mientras antes los humanos teníamos una relación agrícola con el tiempo, que entonces era circular por su sucederse de lunas, mareas y estaciones, ahora pasamos a verlo como una línea con principio y final.

Y como avanzamos hacia el fin de esa línea, lo mejor es atesorar cada punto. Aunque a uno le toque sufrir de vez en cuando la avidez temporal de los demás. Como me pasó hace poco, cuando recibía las salpicaduras de las densas uñas de una mujer que viajaba a mi lado en el ómnibus y que también economizaba su tiempo armada con su cortauñas.

6 comentarios:

Jorge dijo...

Perro, he visto de todo pero nunca alguien cortándose las uñas en un colectivo.

Mario dijo...

Entiendo perfectamente ese momento.
Ayer perdi un 149 y pensaba. "Si no hubiera entrado al almacén a comprar esa lapicera, ahora estaba en camino..."
Siempre es algo : )

saludos, me gusta mucho tu columna.

Anónimo dijo...

Es cierto, he visto y experimentado al lado mio gente cortandose las uñas en el bondi, me parece una horrible falta de educación.

DAVID dijo...

Oye!!, tus escritos estan plagados de una inexplicable sinceridad humana, de esa que hacen gala muy pocos,

Gracias por escribir!

Saludos desde Colombia

Anónimo dijo...

Jijijiji

Qué tal si ahorras tiempo leyendo "Momo" de Michael Ende, mientras esperas tu turno en la cola para pagar la luz o esperando a pasar a que te examine el dentista??? O mejor aún, como un amigo, en lo que comía leía y contestaba nuestras preguntas más disparatadas, jeje

Saludos. Esta lectura tiene algunos toques de economía y sobre todo de "tiempo".

veronica dijo...

Acabo de descubrir tu blog y estoy fascinada por la sencillez con la que dices cosas profundas. Pero no estoy de acuerdo cuando dices aqui que la culpa es de las ciudades ....creo que depende de cada uno. Te lo digo porque vivo en una islita en el Pacifico, bien tranquila, y a veces me pasa lo que cuentas en tus ejemplos, y me sorprendo intentando ganar tiempo inutilmente.