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17/7/08

Sexo en invierno, una rara experiencia evolutiva

Vengo de un país tropical, o sea que para mí una bufanda resumía el concepto de lo exótico. Imaginarán entonces mi desconcierto cuando, apenas anuncié que me vendría a vivir acá, una uruguaya en Venezuela me regaló una enorme y regordeta chaqueta que me cubría desde la cabeza hasta las rodillas y aumentaba un metro el diámetro de mi cintura.

–¿Cómo se hace para ser sensual con esta cosa?–, pregunté.

–En invierno no se es sensual, mijita, olvidáte.


–Usá tacos–, acotó otra uruguaya expatriada. –El tobillo es lo más sensual de la mujer.

–¡¿El tobillo?!

En otras palabras, descubrí horrorizada, la bondad de mi aspecto dependería sólo de mi cara. Demasiada focalización para una tipa narizona con barbilla pronunciada y un cabello que parece lamido por el perro de Pavlov luego de un concierto de campanas.

Y en efecto. El problema del inv(f)ierno es que con tan poco estímulo visual en la vuelta, la sensualidad hiberna y erotizarse se vuelve una hazaña: la escasísima cantidad de piel a la vista pone a trabajar a la imaginación –muchas veces erróneamente–, mientras el frío conspira contra lo poco que queda visible. Porque la palidez invernal consigue destacar ojeras, puntos negros, manchas, pecas, lunares y todo tipo de desastres cutáneos con una saña que ni Cruela De Vil.

En lo que a mí respecta, si intento ser seductora en invierno y, por ejemplo, pretendo la absurda operación de salir del baño desnuda, para el momento en que llego al cuarto tengo la piel tan erizada como la de un pollo desplumado. Suponiendo que a pesar de eso haya estimulado a mi pareja, que o me ama o me tiene una lástima tremenda, llego a la cama tiritando de frío y me hundo hecha un ovillo bajo diez kilos de cobijas. En cuanto a él, es un bulto con dos dedos que sobresalen de las colchas para mantenerlas apenas por debajo de su nariz.

Y a todo esto hay que sumarle las medias que ambos llevamos puestas, imagen tristemente célebre por activar los anticuerpos del apetito sexual.

Pero al parecer no soy la única que extraña el calor. Después de un surfeo por Google encontré varias encuestas, de fuentes nada fidedignas (presuntos estudios de la universidad de Pittsburgh y así), que indican que en efecto en invierno baja la frecuencia con la que se piensa en sexo.

Todos coinciden en culpar de ello al exceso de ropa. Y ciertamente, un hombre vestido con veinte kilómetros de lana tejida no me apetece pero nada. Esos sweaters me hacen visualizar a mi madre tejiendo, no al cuerpo que cubren.

Puede haber otras razones para maldecir el invierno. Tal vez la falta de sol adormece el hipotálamo, un órgano en la base del cerebro que regula entre otras cosas el impulso sexual. O tal vez estamos programados genéticamente para concebir en verano y reproducirnos casi un año después, de modo que el bebé pase sus primeros meses de vida en un clima tibio y tenga más posibilidades de sobrevivir en las mal calefaccionadas selvas prehistóricas.

Pero para algo somos los animales más inteligentes del planeta: por ejemplo, para dejar de actuar como animales. Por eso estoy convencida de que el placer sensual es un aprendizaje solamente humano que consiste en que, en invierno, el sexo con medias se vuelva lo más erótico que existe. A pesar de que se activen los anticuerpos del apetito sexual y aunque los abrigos de lana de nuestra pareja nos recuerden a nuestras madres y abuelas.

10 comentarios:

Jorge Ojeda dijo...

Mijita pero es que no existen las calefacciones?

Si nó, hay muchas cosas que se pueden inventar, por ejemplo, llenar el aposento de velas y tener el extinguidor cerca porsia, una previa sección de ejercicios para elevar el calor corporal, hacerlo en la bañera con agua caliente, etc.

Y eso de la moda en invierno también lo dudo, igualmente por acá en Chicago, en el Invierno me quedo loco del nivel de sacrificio de las chicas para poder mostrar sus atributos, total, es cuestion de algunos minutos para salir corriendo del carro con calefacción al local nocturno. Eso sí, el glamour primero!

Aunque no comente casi nunca, leo mucho tus interesantes escritos.

Leila Macor dijo...

Ja. Pues no. Se dice que en los lugares más fríos es donde hace más calor (y viceversa, sino mira tú Maracaibo: uno se congela). Y como en Uruguay la temperatura no baja de cero, casi nadie tiene calefacción. Así que gracias por las ideas...

Anónimo dijo...

Querida
Leo tu columna una terriblemente fría tarde de sábado en Santiago de Chile. Es un día grís y oscuro, donde lo mejor que he hecho en el día es volver a acostarme después de levantarme sólo a comer algo.
En la misma posición está mi hijo y mi marido. Joaquín ve tele y Darío y yo navegamos en nuestras computadores, así que de sexo ni hablar...
Muy acertada tu columna querida amiga. Un beso y que por favor pase rápido este invierno.
pau

Neurotransmisores dijo...

El calor es fuente... de vida.

Saludos.

artfor dijo...

Imaginate yo... de Santo Domingo a Uruguay, se los dejo de tarea

Anónimo dijo...

jajaja!! me he reído mucho con esta expresión: "lamido por el perro de Pavlov luego de un concierto de campanas".Un placer leer tus artículos.

Ripples2

Emilio dijo...

Me encanta tu humor tan directo y a veces, valga la paroja, tan sutil.
Gracias por alegrarme una tarde que venia mal

Flor dijo...

Desnudo y con medias... Pedime un taxi.-

Federico dijo...

pues yo encuentro muy erótico adivinar la silueta femenina tras un grueso jersey de lana, que además es un tejido tan noble...

Por otra parte, el invierno pide contacto, compartir calor corporal, sobre todo dentro de la cama. En contraposición, aquí, en Madrid, en verano uno más bien huye de la parienta, y viceversa.

lamaga dijo...

por eso la primavera está tan buena en Uruguay...
Hace 6 años que vivo en México, no extraño el invierno, pero sí esa sensación de "despertar" primaveral, esas hormonas alborotadas por tanta carne que comienza lentamente a aparecer.