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4/7/08

La vergüenza altruista

Andaba distraída por la calle, con la actividad neuronal en piloto automático, cuando escuché un efusivo saludo: “¡Peeero! ¿Cómo andás?”

No tenía idea de quién era. Hurgué en el pasado, como quien hojea un libro a toda prisa, en busca de algún indicio sobre la identidad de esta tipa que me había abordado con tan humillante cariño.

“Eh… ¡Bien! ¿Tú?”, atiné a contestar, todavía intentando poner los pensamientos en orden. “Bárbaro, ¿vos?”, preguntó a su vez, devolviéndome la pelota. Difícil responderle. ¿Desde qué momento de mi vida debía ponerla al día? ¿Qué año? “Y… igual, en la misma”, dije, precavida, tras lo cual ella preguntó detalles sobre mí como para demostrarme, ostentosamente, que en efecto me conocía.

Intrigadísima, decidí redoblar la apuesta y largué: “Hace tiempo que no nos vemos, ¿no?”, esperando que la extraña me dijera cuándo, dónde y cómo fue nuestro último encuentro. Pero no resultó. “Es que con los niños ando como loca”, fue todo lo que dijo. Entonces me rendí al absurdo y le pregunté por ellos en términos genéricos, haciendo menciones como “qué lindos” o acotando “claro, claro” a todo cuanto me contaba.

En estas situaciones nos convertimos en los reyes de la vaguedad. La vaguedad es un fenómeno gracias al cual uno ignora de qué cosa habla, mientras el interlocutor interpreta lo que le da la gana. Pero más allá de la forma como conseguimos charlar sobre nada –que es otro tema–, sorprende el motivo por el cual lo hacemos, al menos en estos casos. A saber, una especie de vergüenza altruista.

Porque a pesar de que traté de divertirme por tan insólita farsa, la verdad es que estaba aterrada de que la mujer me descubriera. Como si ella, que me había saludado tan entusiasta, pudiera quedar devastada tras darse cuenta de que no dejó ningún rastro en mi memoria. Y yo ahora estaba embrollada en un diálogo sin pies ni cabeza.

La vergüenza altruista también aparece cuando no queremos reconocer que nos han despertado, por no hacer sentir culpable al descolocado que nos llama a las 7 de la mañana o en medio de una profunda siesta.

“¿Te desperté?”, pregunta el intruso, preocupadísimo, al escuchar nuestra voz pastosa.

“¡No, para nada!”, respondemos, intentando darle tanta agilidad al tono de voz que, en lugar de natural, sale como espantado. Como si nos estuvieran apuntando con una pistola exigiéndonos que actuemos normalmente. Y cuando queremos parecer más sinceros, afirmamos algo tan ilógico como “justo estaba por despertarme”, negando la verdad con la misma vehemencia con que negaríamos un asesinato. Lo que parece una salida exagerada. Al fin de cuentas, es poco probable que quien hizo la llamada sufra de remordimientos el resto de su vida por interrumpir una siesta.

Cuando nuestros invitados alaban una cena que nos tuvo todo el día metidos en la cocina, hacemos un gesto de desprecio afirmando que no nos ha costado nada prepararla. Lo mismo hacen las abuelitas que pasaron seis meses tejiendo un suéter y quedaron con las articulaciones destrozadas. Nos tiran una taza de café encima y aseguramos que la mancha sale fácilmente, mientras pensamos que nos acaban de arruinar la única camisa decente. Hasta los escritores parecen hacer lo mismo al insistir que los personajes actuaron por su cuenta y “la novela se escribió sola”. Igual que esta nota. Cosa de nada, 10 minutos, ninguna molestia.

8 comentarios:

SARANDISCOLO dijo...

Me encantó la nota, Leila.

Me parece que esto que llamas "vergüenza altruista" tiene que ver con lo que Goffman en "La presentación de la persona en la vida cotidiana" llama prácticas protectivas, y que complementan a las defensivas. Estas son para defendernos, nosotros mismos, de la humillación, mientras que aquellas son para proteger a los otros de lo mismo... a veces las usamos para proteger hasta a nuestros peores enemigos, sencillamente porque a la larga nos conviene que el protocolo se cumpla, esperando que hasta ellos estén dispuestos a protegernos en caso de necesidad (nuestra).

Pero lo interesante de Goffman no es tanto la "teoría" en abstracto, sino como ésta está totalmente enraizada en lo cotidiano, de lo que das, a mi juicio, varios excelentes ejemplos.

Bloody dijo...

Increíble. Yo por eso nunca soy amable. Y si me despiertan, respondo: "Sí, estaba duermiendo". Para que aprendan.

Saludos

Anónimo dijo...

me a gustado mucho el articulo del espñol "erroneo" pero este de la vergüenza altruista tambien esta muy bien,e encontrado alguien para seguir leyendo.

Federico Varela dijo...

Leila, ¿al final recordaste quién era la persona que encontraste en la calle? Dejaste el cuento por la mitad... ;-)

Saludos

Leila Macor dijo...

Ja. Sí, me acordé un mes después: la conocía del gimnasio. Era ese tipo de gente que no reconoces cuando la ves con otra ropa...

Orange dijo...

Nada que hacer, sufro de vergüenza altruista. jejeje

marcos dijo...

Leerte tampoco fue una molestia, un minutito nomas...

LuKiA dijo...

¡Qué seguido me ocurre eso! Tengo una terrible memoria para ubicar a las personas en espacio-tiempo, no recuerdo de donde las conozco... mi técnica es decirles: Ah! mira, ¿cómo has estado?. Después de que responden les digo que voy con prisa y les pido su número telefónico. En el transcurso del día o de la semana, si recuerdo quienes son, les envío un mensaje para saludar (mi cargo de conciencia)