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27/6/08

Fui víctima de la autoayuda

Por lo visto hay un libro de autoayuda para cada quien. Ése es el hallazgo de sus escritores. Ellos y sus bolsillos saben muy bien que nadie está blindado a la influencia, al menos una vez en la vida, de un libro de autoayuda. Es tan simple como dar con el texto que toque la fibra, esa única fibra, en la que uno desesperadamente necesita auxilio. Y ahí estos libros hincan el diente, como el depredador que acorrala a su presa y sólo tiene que dar un zarpazo para apropiársela. Descubren nuestra debilidad y se alimentan de ella, la tragan y escupen los restos. Y al cabo de este proceso, de la víctima queda un digerido y chapucero lector.


Hasta ese momento en que ocurre la comunión entre un lector medianamente exigente y un libro de autoayuda, este deleznable género conforma un amasijo de papel mal usado por astutos ladrones que manipulan mentes débiles y necesitadas de consuelo. Lo curioso es que, aún sabiendo eso –si lo sabré–, resulta que uno de esos textos estaba dirigido a mí. Quiero decir, el encuentro entre ese único libro de autoayuda capaz de afectarme y yo se dio hace unos meses. Y me vi leyendo con enorme vergüenza un par de líneas, hasta que tuve que admitir que sus 133 páginas me habían cambiado para siempre.

Iba en el ómnibus leyendo con un inédito disimulo textos que con una grosera tipografía enorme y en negrita decían “¡Es hora de cambiar!”, e imaginaba a los curiosos de los asientos circundantes a mí riendo en secreto por las lecturas de esta pobre ignorante que soy. Hice mil argucias para ocultar la vergonzosa tapa. Como un adolescente que lee revistas porno insertándolas en libros de historia, sumergí el libro entre las páginas de una novela del húngaro Sandor Márai, y que dios me perdone. Estaba pagando con amor propio mi caída a la vulgaridad.

La razón por la que resultó afectada una persona cínica que denostó toda su vida útil de esta clase de publicaciones, y que ejercita el escepticismo hallando en ellas teorías sin sustento, es muy simple. Dijo Coleridge, un poeta y filósofo inglés de comienzos del XIX, que la literatura cuenta con un pacto entre el autor y el lector: la obra le dará algo al lector siempre que éste “suspenda el descreimiento”. Es el trato. Ese descreimiento es el que impediría creer que Harry Potter vuela en una escoba, por ejemplo. Es el escepticismo necesario para vivir la realidad cuestionando inteligentemente lo que ocurre. Nos sirve en la vida, pero conspira contra el arte: ante el arte no se puede descreer, es ridículo ser escépticos. Por eso, para abandonarnos a una novela, un cuento, un poema, toda suspicacia debe ser “suspendida”, de lo contrario el autor jamás logrará comunicar al lector algo sobre los mundos que inventa.

Llevando esta teoría al terreno de la autoayuda, diría que es necesaria una suspensión de esta misma clase. Una vez que uno ha decidido leer un libro de autoayuda porque hay algo en él que se dirige a nuestra mayor debilidad, nos entregamos a aceptar sus obviedades como verdades jamás dichas. Y entonces nos zambulllimos en ese mundo con los ojos cerrados y tapándonos la nariz, como un intelectual que participa en un show televisivo de preguntas y respuestas porque necesita dinero y no tiene crédito.

Gracias a su capacidad de tocar la tecla que suspende el descreimiento es que ahora respeto a los autores de estos libros. Tienen la habilidad de ubicar una zona del sentir humano donde pueden chupar sangre si logran hacer el clic necesario. Lo demuestran atacándome incluso a mí, su positivista enemiga. Y no es fácil. Si lo fuera, yo ya sería rica escribiendo tales cosas. Ese hallazgo es su mérito, o así debo creerlo.

2 comentarios:

Franco V (tu FB friend) dijo...

Leila! Ahora sí, me diste fuerza para salir del placard: tengo un libro de autoayuda! jaja

Y no sólo lo leí, además cada tanto le echo una ojeada! Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva, by S.Covey.

Alto sigo siendo, más efectivo creo que no, el hábito lo colgué antes de tenerlo, pero a pesar de todo le sigo creyendo al hombre que lo escribió!

aaaah! Se siente bien liberarse.

besos,

Franco

madelen dijo...

No leo libros de autoayuda pero suelo recurrir a una amiga que los lee y me cita de memoria con precisión y pertinencia específica, frases de ellos según lo que supone que necesito (es erudita en el género) cada vez que estoy en un problema concreto.
Me gustó la comparación con el intelectual que se presenta a un show televisivo de preguntas y respuestas. Conozco uno que quizo hacerlo por las razones que tu das y no lo dejaron porque decían que ganaba seguro y perdían la espectativa de la competencia.