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5/5/08

Confesiones de una lectora escatológica

Leer en el baño pasa de hábito a adicción con mucha facilidad. Como el resto de las drogas, se comienza por las más blandas. Primero, un día, aburridos mientras esperábamos que aquello tan anunciado se manifestara en el water, leímos las instrucciones del shampoo. Días o meses más tarde, en otra ocasión en que la agradable actividad fisiológica se nos hizo difícil, justo topamos con una revistita en el baño, tal vez una postal, un texto mínimo que dio gusto leer. Y de ahí en adelante la vida se transformó en una vorágine de adicción lectora-escatológica.

Tengo una amiga que directamente pone un revistero en su baño: Vogue, Noticias, Rolling Stones, Página 12, de todo. Me entero de moda, música y política mientras ella me grita desde afuera de la puerta qué quiero de tomar. Y mi hermano en lugar de revistero usa el bidet: deja allí una pila de diarios y revistas tan majestuosa que llega a acumular años de acontecer nacional al tiempo que inutiliza la posibilidad de lavarse con agua, aunque ante tanta oferta intelectual bien vale la pena el sacrificio de rasparse un poco de más con el papel.

Luego de mis inicios con el shampoo, sumado a la mala influencia de mi amiga y mi hermano, he caído en el vicio. Apenas siento la cosquilla que anuncia la futura deposición, miro alrededor. ¿Qué busco, un baño, papel, Glade? No: una lectura. Porque es imposible desalojar el cuerpo sin, a la vez, incorporarle algo al cerebro, hasta el punto que si completé el trámite con rapidez y apenas conseguí leer un titular, bajo la cadena con un gran despecho, sintiendo nostalgia de un cierto estreñimiento que me permita enterarme al menos de qué pasa en el corazón de Susana Giménez. Porque si el acto de deponer es muy rápido jamás superaremos las instrucciones del shampoo, aunque si es muy trabajoso se nos dificultará la lectura hasta niveles ridículos, como cuando no logramos sostener la revista porque las manos nos tiemblan como si estuviéramos subiendo un piano por la escalera.

Por ejemplo en el trabajo ya sabemos quién lee en el baño y quién no, se ve a los empleados –yo entre ellos- otear los escritorios en silencio hasta que perciben un ejemplar de una lectura ligera. Subrepticiamente la toman y van al baño escondiéndola bajo el brazo, porque por algún motivo no quieren que los colegas descubran sus intenciones fisiológico-intelectuales.

Listo, ya está. Ya leíste esto. Ahora limpiate y andá a trabajar.

2 comentarios:

diego dijo...

estrenando este blog con un comentario: pura bellezura lo tuyo, macor!!

Jorge Schmidt dijo...

A#ade _El elogio a la madrastra_ a tu bibioteca porcelanizada para convertir esta entrada en un acto de auto-referencia.