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26/12/08

Los ahorradores compulsivos

Por ejemplo una amiga –en serio, no soy yo– me confesó que a veces se limpia la cola con el mismo papel con el que se suena la nariz. Otra distribuye homogéneamente la comida en el plato, convirtiéndola en un ovni mazacotudo, para ahorrar la energía del microondas. Y otra camina 15 cuadras para no ir al cambio de su esquina, sino al otro que paga más y todo para cambiar 20 dólares, con lo que se ahorra 4 pesos. Todo porque para ella el concepto de ahorrar es sagrado, tanto, que aunque sea paradójico no le importa el precio que pague por hacerlo. Pero es su adicción personal y allá ella.


12/12/08

Un ejército de mujeres cobardes

Parece mentira. Tantos años después, y todavía. Mujeres cansadas de su vida, golpeadas o no, insultadas o no, pero como sea infelices, aún tienen miedo. Su pasión más fuerte es su deseo de irse; la segunda, el terror a hacerlo. Esperan, esperan, esperan, hasta que ya son demasiado viejas para emprender nada –según dicen– o hasta que ellas mismas olvidan qué es lo que motivaba esas ensoñaciones y esta frustración.

Hablo sólo de las que especulan con la posibilidad de una vida distinta y de un marido distinto, las infelices, las abandonadas de sí mismas. Desde que me divorcié se me ha hecho fácil reconocerlas. Al escuchar mi relato musitan, con un sospechoso énfasis: “Qué valiente que sos”. La primera vez que me dijeron eso recordé las veces que yo misma lo había dicho antes. Cuando charlaba con mujeres que habían decidido separarse las envidiaba un poco, con la extasiada admiración de una quinceañera de pueblo ante una exitosa artista neoyorquina. Ahora, cuando escucho ese resignado y tristísimo “qué valiente que sos”, las veo ahogarse en su miedo, sumergiéndose en alguna fantasía secreta, invisible incluso para ellas, inalcanzable, tan lejana como una película. Si uno les pregunta cómo están y las mira a los ojos prestando atención a las imágenes que se dibujan en sus pupilas, liberan un llanto tan imprevisto e invasivo como un estornudo.

Se sacrifican. Primero por los hijos, luego ya no saben por qué. Porque les da pereza separarse o porque es demasiado removedor. Luego de haber concentrado su esencia en los hijos y el esposo, creen que al irse perderán las referencias que las definen como persona. Son muchas, son un ejército de mujeres acobardadas que asumen lo que tienen como un mandato inapelable. Como si la búsqueda de la propia felicidad fuera un acto de egoísmo injustificado. O como si el marido fuera la única alternativa a quedar en la calle. Vamos, mujer. El divorcio, como los niños, viene con un pan bajo el brazo.

5/12/08

Lamentablemente estamos bien

Ya salió la criatura. Ni prematura, ni natural. Dolorosa cesárea.
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Gracias por no descuartizarme

Cuando el sentimiento de culpa planta su bandera no hay quien lo eche; y es un huésped nada agradable. Por algo los griegos representaban el remordimiento como mujeres monstruosas con alas de murciélago y cabello de serpientes que venían del infierno a torturar a los criminales, y las llamaron Erinias.
Gracias a ese infierno íntimo que significa el sentimiento de culpa es que no cometemos tantas atrocidades como quisiéramos. La culpa garantiza nuestra convivencia. Se encarga de que no andemos por ahí descuartizando idiotas, coleccionando amantes o matando a los perros de los vecinos.

28/11/08

Los guardianes de las palabras

"Me sigue sin gustar que lo llamen matrimonio, pero me alegro que se reconozcan los derechos de los homosexuales”, dijo recientemente un hombre en un foro en internet sobre la legalización del matrimonio gay. Conservadores derrotados como éstos comienzan a entender que la homosexualidad no es una enfermedad y hasta aceptan que los gays necesitan ampararse en la ley. Pero aún defienden lo poco que les queda: la propiedad de la palabra. El derecho a nombrar los cimientos de su dignidad con los términos que consideran que les son propios. Aceptan las uniones legales entre homosexuales, ¡pero que no se les llame matrimonio! El matrimonio debe ser entre un Hombre y una Mujer. La homosexualidad es tolerable siempre que se invente su propia terminología.
Es así como la batalla actual se dirime en el campo de la palabra, ya no tanto del honor o la moral. Los homosexuales reclaman el derecho a utilizar los sustantivos y adjetivos que les vengan en gana (matrimonio, familia, conyugal…), mientras el bando contrario se atrinchera celosamente con su regimiento de vocablos, argumentando un supuesto título de propiedad que le confieren la religión y la tradición.
Las palabras son peligrosas: crean realidades, no se debe despreciar su poder. Por eso esta nueva clase de "conservadores derrotados” son posesivos con los adjetivos y sustantivos con que se definieron hasta ahora: porque intuyen que cuando pierdan la batalla de la palabra, habrán perdido la guerra para siempre.

21/11/08

Miedo a volar

Siempre que las aeromozas hacen la pantomima previa al despegue pienso que se están burlando de mí. No me interesa dónde están las puertas de emergencia ni cómo se abren: en el improbable caso de que quede con vida después de estrellarnos, podré salir por cualquier rotura y, si no la hubiera, aún así abrir la puerta será el último de mis problemas. Después las simpáticas señoritas nos hablan de los chalecos salvavidas como si nos dieran la receta de una torta. Y con la misma ingenuidad de la tía Pocha cuando indica las medidas de harina y leche suponiendo que su auditorio las recordarán luego, estas chicas pretenden que yo me acuerde, mientras el capitán de la nave nos informa que caeremos en medio del océano, de que tengo que rodearme con el cinto así y asá y que no puedo soltar la perillita roja cuando el agua comience a entrar a chorros dentro del avión siguiendo el implacable principio de los vasos comunicantes. Entonces deberemos nadar contracorriente esquivando flamantes o futuros cadáveres y, sólo cuando estemos “a salvo” en alta mar, sólo entonces, podremos inflar el chaleco tirando de no sé qué cosa que estoy segura de que no funcionará.


13/11/08

Los repelentes de adolescentes

¿Muere alguien de un huevazo? Desde el balcón de un cuarto o un quinto piso, por ejemplo, ¿puede matar un huevo? No se sabe. Ni vale la pena arriesgarse, si para espantar jóvenes borrachos que graznan cantos de tribuna en la vereda, se puede apelar a la blandura del tomate o a la líquida repugnancia inocua de la sangre de cerdo, por ejemplo. Nos lo enseñó Stephen King en “Carrie”: la sangre de cerdo será más difícil de dirigir (el huevo en cambio funciona como un proyectil), pero es un recurso dramático e indoloro por cuyo uso nadie irá preso.


7/11/08

Las siestas histéricas

Dormir. Soy adicta a dormir. Al acostarme, calculo cuántas horas de sueño tendré; si son pocas, duermo apurada, con la angustia de un futuro malestar. Si me esperan más de diez horas de sueño, me regodeo en las sábanas y me despierto de vez en cuando sólo para comprobar, con la satisfacción hedonista de un sultán en su harén, que aún queda mucho por disfrutar.

Me despierto a diario blasfemando y jurando por mil demonios que algún día dormiré dos días seguidos. Mientras me ducho en la mañana saco la cuenta de cuántas horas dormí y, de acuerdo al resultado, decido el humor que tendré. Y si paso un rato por casa entre una actividad y otra me acuesto diez o quince minutos, lo que puede totalizar tres o cuatro mini-siestas por día.


31/10/08

Kit de inteligencia urgente

El otro día aterricé en una conversación entre dos músicos. A medida que ellos se adentraban en su jerga de profesionales, mi despampanante ignorancia musical –entre otras– –quiero decir entre otras ignorancias, no entre otras despampanancias– me iba acorralando en un silencio adulador. Mis amigos abordaron autores y estilos (punk-rock, trash-pop, neo-folk, pop-corn…), para pasar a detalles como la cantidad de pistas de sonido de un tema, las productoras que editaron a un compositor, los chismes del medio y toda la literatura que los genera: revistas, libros, periodistas, en fin.

24/10/08

Adct al pulgr

Poco a poco he desarrollado una nueva adicción. Apareció sigilosamente y se instaló en mi abanico de hábitos, del que ahora es una varilla más, y todo sin que me diera cuenta. Descubrí esa varilla ayer, cuando me sorprendí valiéndome de mi pulgar para liberar una ansiedad. Vino con la insolencia de una gata que un día decide parir en el jardín de tu casa y, unilateralmente, allí resuelve alojarse.

Lo hago en la parada, en la sala de espera, mientras miro tele, incluso al hablar por teléfono. Cuando debo llenar un espacio, una incomodidad. Si no sé qué hacer con las manos, no tengo bolsillos, estoy en una fiesta y me quedé sola. Entonces me viene la comezón en los dedos. Me armo con mi celular y mis pulgares se ponen a escribir un mensaje de texto.


10/10/08

La esplendorosa moda de la crisis



La moda en los últimos años ha estado marcada por el maximalismo, la superornamentación de oropel. Los estampados se acentúan con piedras, lentejuelas, espejitos, encajes, brillantina. Lo que ya es excesivo es además customizado con pins y peluchitos que cuelgan. El plateado, el dorado y el charol se usan de día, el strass se aplica a las chancletas y a la ropa deportiva. Todo transmite brillo y abundancia: prendas que resplandecen, imitaciones de piel de leopardo, pendientes grandes, maquillajes perlados, accesorios kitsch, materiales bruñidos. La ropa se lleva en capas a la vista: la camiseta sobre la polera de manga larga; el saco más corto que el suéter; la falda arriba del legging. Se trata de mostrar sumas, incorporaciones, añadiduras.

Este barroquismo no podía ser sino la señal de una inflexión. En un momento en que la economía global entra en una profunda y duradera crisis financiera, ver tanto brillo fatuo me inspira una tierna compasión. Es como si las sociedades opulentas hicieran un último esfuerzo por pretender que nada ha cambiado; ni va a cambiar. Como la mujer golpeada que disimula un moretón y esquiva la mirada para abordar de inmediato cualquier argumento frívolo. O como el hijo becado que sufre tremendamente en el extranjero pero que cuando habla por teléfono con sus padres exhibe una alegría extrema, escupiendo risas repentinas y fuera de lugar que no convencen a nadie.

(Publiqué esta entrada a principios de mes en mi otro blog, antes del derrumbe el 15 de septiembre del banco de inversiones Lehman Brothers, que arrastró en su caída al sistema financiero mundial. Por la horrorosa y presagiadora vigencia de la nota, decidí repetirla aquí).

3/10/08

¿A quién le gustan los domingos?

Sobre todo a los empleados públicos, pero también a los privados. Bah, a todo el que trabaje de lunes a viernes y tenga tres generaciones de parientes a su alrededor. Qué adictos a los domingos que pueden llegar a ser. Los más son los jubilados: pasan la semana mirando la tele y esperando que llegue ese gran día en que tendrán reunida a toda la familia. Día del que quedan tan cansados que necesitarán los seis siguientes para recuperarse. Y al séptimo, de vuelta: se sacuden la artritis y otra vez a esquivar a los nietos que les corren alrededor mientras juegan a cambiar los portarretratos de lugar.
Los anfitriones compran la carne, el chorizo, los panes, la lechuga. Van poniendo la leña y entonces llega el tropel: hijos con esposas, hijas con novios, la soltera a la que le preguntarán si hubo avances, los nietos, los primos de los nietos, en fin, todo el amasijo genético reunido en un culto al domingo dedicado a la cacería grupal de choriz dulces o saladas.

19/9/08

En busca de la nevera* perdida

Hubo un tiempo en que llené ese problemático electrodoméstico con libros y adornos. Y es que cuando uno está recién mudado y sólo tiene un par de sillas heredadas de la abuela, los únicos estantes de casa son los de la nevera, que alberga sólo dos huevos de alguna gallina prehistórica, una zanahoria fosilizada, una papa con raíces que trepan por las paredes y un ex pollo nadando en hongos.

Pero aún a pesar de esa dramática situación soy adicta a abrir la nevera. Cada tres minutos. Durante una conversación, como un tic, por aburrimiento, por nerviosismo, por vaya a saber qué megalómana expectativa gastronómica. Indagar compulsiva e inútilmente su contenido debe ser uno de los menos estudiados reflejos de la vida moderna. Tan ilógico como el de quien revisa mail y, como no recibió ninguno, inmediatamente vuelve a revisar.


11/9/08

Autoestima encapsulada para mujeres

A cada rato recibo un mail con un attachment de PowerPoint dedicado a convencernos a las mujeres de lo valiosas y hermosas que somos. Algunos de los hallazgos filosóficos con los que estos archivos pretenden mejorar nuestra autoestima son: “¿Sabías que las mujeres en las revistas están retocadas? ¡No son perfectas!”; “La belleza de una mujer no está en su figura (…), debe brotar de sus ojos, porque ellos son el lugar donde reside el amor”; las mujeres “luchan por lo que creen, no aceptan injusticias y van al médico con una amiga que tiene miedo de ir”.


29/8/08

Los cazadores-recolectores de escotes

Hay hombres que al hablar con una mujer les miran el pecho concienzudamente, como si un buen día los senos pudieran ponerse a charlar con ellos. Lo cual no les soprendería nada: están tan concentrados en la contemplación del busto que no notarían tal prodigio. Porque aparece un escote y zuás, ahí están los ojos masculinos –y algunos femeninos–, oteando el horizonte mamario con la misma atención con que Rodrigo de Triana escudriñaba el océano antes de avisar ¡Tierra!

No importa de quién sea el escote, si de una hiperdesarrollada niña de 14 años o de una mujer entrada en años y kilos que no tendría ningún atractivo para un joven de 20, si no fuera por esa hondonada. Me refiero a la hondonada que se insinúa en la frontera entre ambas glándulas y cuya sombra es objeto de una observación sistemática, persistente, inconducente y obsesiva.


22/8/08

El desafío de los formularios

El campo en blanco de los formularios donde uno debe escribir su ocupación es una pregunta ontológica. Me detengo en la taquilla que corresponda, donde sea que me vea en la necesidad de llenar tan vertiginoso espacio en un papel, haciendo un recuento de mi vida como si estuviera ante un túnel con una luz al final. Debo poner tales expresiones de desconsuelo que por lo general el funcionario de rigor me dice, comprensivo: “No importa, poné cualquier cosa”.

Sí, ¿pero qué? ¿¡Qué!?


8/8/08

Los turistas de supermercados

Me cuesta admitirlo, me cuesta incluso escribirlo porque siento que se hace realidad a medida que lo nombro. Pero soy testigo frecuente de ello y considero que debe saberse. Hay gente a la que le gusta ir al supermercado. Sí. Gente que disfruta tal cosa como si se tratara de un paseo dominical. Gente, incluso, tan adicta a ese emporio publicitario que lo visita así nomás, como quien va al parque o a la playa.

Repito: los he visto. Vivo cerca de un supermercado muy grande, diríase bonito –siguiendo el concepto estético de estos insólitos adictos–, espacioso y lleno de productos rarísimos –para ellos– como queso de cabra, salmón ahumado y tacos mexicanos. Y allí abundan estos visitantes de feria moderna, deseosos de darse un baño de gran ciudad antes de volver al barrio a hacer las compras en su clásico almacén.

Los descubro mientras zigzagueo a toda velocidad con mi carrito, atropellando viejitos y niños. Son parejas que van despacio, sin carro, tomadas de la mano y mirando el contenido de los estantes como quien observa la arquitectura de Venecia. O familias (¡familias!) que circulan con lentitud comentando los precios de los electrodomésticos y de las pantuflas mientras llevan, a lo sumo, 100 gr de manteca en la mano.

A pesar de mi experticia haciendo slalon entre estos visitantes molestos, a veces tengo que parar el carrito para dejarlos pasar. Entonces todo ocurre en cámara lenta a mi alrededor mientras yo sigo viviendo en tiempo real. No perciben mi prisa, no se dan cuenta de que estoy allí por un motivo. Apenas me esquivan como si yo fuera un poste y no el Demonio de Tasmania haciendo las compras.

Quién hubiera dicho, cuando se instalaron los primeros supermercados grandes en Montevideo y tanta gente protestó en defensa del almacén de barrio y del paisito, que estos intrusos elefantiásicos se transformarían con el tiempo en museos de comida donde la gente acudiría a sacudirse la modorra en las tardes invernales. Ahora hay que redoblar la apuesta: que venga Disney. Que por favor se instale Disney al lado de casa y entretenga a estos turistas que copan las cajas, obligándome a hacer eternas colas tras parejitas que compran manteca como souvenir de sus excitantes paseos vespertinos.

1/8/08

Esa obsesiva economía del tiempo

Cada vez que pierdo el ómnibus –lo veo pasar desde la esquina y alargo una mano suplicante, que luego en un vano disimulo llevo a mi cabeza para hacerle creer a un inexistente observador que sólo quise arreglarme el pelo–, cada vez que pierdo el ómnibus, decía, dedico la larga espera subsiguiente a pensar qué mínima acción debí haber evitado, antes de salir de casa, para llegar treinta segundos antes a la parada.

Vista desde afuera parezco una tipa ahí, normal. Pero soy una tipa que piensa frenéticamente que no debió dormir ese minuto extra, o que no debió volver a casa al recordar que dejó una luz prendida, o que la culpa de todo la tuvo esa última revisión de email. A veces, mientras lavo los platos, pienso: si pierdo el ómnibus luego –aunque piense salir de casa varias horas después– seguramente será por esta jabonosa pesadilla diaria.

–Si seguís así, vas a terminar saliendo en pijama a la calle y pensando en la parada qué fue lo que soñaste de más–, me dijo Oli.

Es cierto. Esa obsesiva economía del tiempo es la que me hace suponer con ingenuidad que ahorro milisegundos si, por ejemplo, cruzo la calle en diagonal, hablo por teléfono cuando barro la casa, me peino en el ascensor o me cepillo los dientes mientras pongo el despertador.

Es curioso que en una ciudad apacible como Montevideo, que por su escala humana nos regala tanto tiempo libre, sus habitantes llenemos las horas sobrantes con frenéticas actividades, para acabar más estresados que un corredor de bolsa de Wall Street. Conozco mucha gente que estudia, acude a un trabajo, almuerza con un amigo, va a su segundo trabajo, lleva a sus hijos al parque, todavía puede asistir a una asamblea y encima hace sociales de noche.

Las grandes marcas hace años se percataron de que la gente necesita ahorrar más tiempo que dinero. El lavarropas promete economizar tiempo y energía, los bancos invitan a ahorrar tiempo con la banca online, las revistas aconsejan cómo ahorrar tiempo en las compras, y las innovaciones tecnológicas se tratan, en su esencia, de lo mismo: mire tele en el auto, hable por teléfono mientras descarga música, grabe un video y mándelo por internet con un solo clic.

Terminamos como el conejo de Alicia en el País de las Maravillas, que corría diciendo tengo prisa tengo prisa y nunca se sabía adónde iba. La culpa la tienen las ciudades: mientras antes los humanos teníamos una relación agrícola con el tiempo, que entonces era circular por su sucederse de lunas, mareas y estaciones, ahora pasamos a verlo como una línea con principio y final.

Y como avanzamos hacia el fin de esa línea, lo mejor es atesorar cada punto. Aunque a uno le toque sufrir de vez en cuando la avidez temporal de los demás. Como me pasó hace poco, cuando recibía las salpicaduras de las densas uñas de una mujer que viajaba a mi lado en el ómnibus y que también economizaba su tiempo armada con su cortauñas.

25/7/08

Los que viajan separados están majaretas

Hace poco vino a visitarme a Montevideo una pareja de amigos de Santiago, con dos hijos pequeños que quedaron en Chile. Antes de venir, me anunciaron por email que ella vendría primero en un vuelo con escala en Buenos Aires y, dos horas después, él en uno directo desde Santiago. Toda esa rocambolesca operación se debía a que por política familiar el matrimonio viaja separado: así, si le ocurre una tragedia a alguno de los dos, al menos los niños no quedarían huérfanos. Como parece tener sentido, yo, con una especie de respeto parecido al que le tenemos a un practicante de una secta alternativa, no indagué más sobre esa costumbre y el tema concluyó ahí, como un tabú al menos para mí.


17/7/08

Sexo en invierno, una rara experiencia evolutiva

Vengo de un país tropical, o sea que para mí una bufanda resumía el concepto de lo exótico. Imaginarán entonces mi desconcierto cuando, apenas anuncié que me vendría a vivir acá, una uruguaya en Venezuela me regaló una enorme y regordeta chaqueta que me cubría desde la cabeza hasta las rodillas y aumentaba un metro el diámetro de mi cintura.

–¿Cómo se hace para ser sensual con esta cosa?–, pregunté.

–En invierno no se es sensual, mijita, olvidáte.


11/7/08

Defensa inútil de una adicción inerme*

A unos les mola más que a otros, están quienes se enganchan todo el día y quienes lo usan como una actividad más, pero si hay algo garantizado es que la vida de nadie corre peligro. Sin embargo los detractores de siempre alertan, con las vetustas y desgastadas trompetas que anuncian la destrucción del mundo tal como lo conocemos, que por su culpa hemos perdido la capacidad de comunicarnos, o peor: el interés en comunicarnos, que ya no desarrollamos relaciones sociales normalmente, que esta adicción suprime en nosotros el beneficio de cualquier otra actividad, que nos aísla del entorno, que nos hace desatender a la familia y los amigos –sin tomar en cuenta que muchas veces nuestra familia y amigos están lejos–, que nos encierra en un mundo ficticio, sin fronteras –admiten– pero también sin los límites de una convivencia sana, que nos propone como modo de vida el patetismo de una soledad colectiva, que nos instala la falsa premisa de que estamos en contacto con los otros, que nos hace tejer redes de amigos invisibles, de quienes enviamos y recibimos mensajes falsos escudados bajo otras personalidades que nos hacen sacar a la luz lo peor de nosotros, iluminando así miserias que, en realidad, son si acaso lo peor de nuestro alter ego pero no lo que es genuinamente peor de nuestro verdadero yo, o algo así.

Con más o menos los mismos argumentos que esgrimían los denostadores de la imprenta, luego del teléfono, después del cine, la radio y la televisión, al final de las computadoras y ahora de internet, los eternos pincha-globos están convencidos de que esta adicción destruye el sentido de la pertenencia a un grupo social, porque los detractores proponen como la única comunicación posible el diálogo cara a cara, boca a boca, o más bien boca a oreja, y sólo aprueban como canal para la socialización, la voz, o los ojos, o los gestos, en fin los sentidos de una persona en contacto directo e inmediato con los sentidos de la otra, sin aceptar la posibilidad de que se instalen nuevos métodos para ejercitarlos y nuevos canales para hacerlos circular por el mundo.

Y sin embargo, si todo esto fuera cierto, ¿entonces con quién corno piensan estos apocalípticos profetas del desastre que estamos chateando?

* inerme. (Del lat. inermis). 1. adj. Que está sin armas. U. t. en sent. fig.
2. adj. Biol. Desprovisto de espinas, pinchos o aguijones.
(Fuente: RAE)


4/7/08

La vergüenza altruista

Andaba distraída por la calle, con la actividad neuronal en piloto automático, cuando escuché un efusivo saludo: “¡Peeero! ¿Cómo andás?”

No tenía idea de quién era. Hurgué en el pasado, como quien hojea un libro a toda prisa, en busca de algún indicio sobre la identidad de esta tipa que me había abordado con tan humillante cariño.

27/6/08

Fui víctima de la autoayuda

Por lo visto hay un libro de autoayuda para cada quien. Ése es el hallazgo de sus escritores. Ellos y sus bolsillos saben muy bien que nadie está blindado a la influencia, al menos una vez en la vida, de un libro de autoayuda. Es tan simple como dar con el texto que toque la fibra, esa única fibra, en la que uno desesperadamente necesita auxilio. Y ahí estos libros hincan el diente, como el depredador que acorrala a su presa y sólo tiene que dar un zarpazo para apropiársela. Descubren nuestra debilidad y se alimentan de ella, la tragan y escupen los restos. Y al cabo de este proceso, de la víctima queda un digerido y chapucero lector.


20/6/08

Mamita rica

El primer piropo del que se tiene noticia se lo dijo el Arcángel San Gabriel a la Virgen cuando le anunció su divino estado: “Dios te salve María, llena eres de Gracia”. Gracia que al parecer no tengo, porque el último piropo del que yo tengo noticia es uno de dudosa belleza que me dijo hace poco un hombre con acento español: “Guapa, que meas colonia”.

Es lógico que el estilo cambie después de 2000 años. Pero el piropo no. La costumbre de enviarle ese regalo anónimo a las mujeres que pasan sigue intacta. Las señales de luces que hacen taxistas y camioneros, o los gritos que salen de las ventanas de los autos (¡Divinaaaa!), también sirven.

Todo sirve para una mujer adicta al piropo.

Mi adicción comenzó precozmente. Tenía 13 años cuando el cajero de un supermercado le preguntó a mi madre: “¿Algo más, suegra?”. Me ruboricé, sonreí, bajé los ojos. Poco después comprendí que la única finalidad de las construcciones es hacernos sentir bien a las mujeres. (Y que mientras más edificios se construyan, más sana y feliz estará la mitad de la población de una ciudad). Ahora, muchos años después, reacciono siempre igual: gracias, oh, dios, gracias.

Hay piropos tan agresivos y vulgares que son más bien micro-violaciones. Sólo se agradecen en caso de aguda depresión clínica. Dejando esos de lado, hay una linda gama que va desde los subidos de tono (“¡Qué piernas!, ¿a qué hora abren?”) hasta los más beatos (“Qué pasará en el cielo que los ángeles están cayendo”), entre los cuales necesito, para mi salud mental, alrededor de tres por día.

Para obtenerlos soy capaz de maquillarme antes de bajar a la panadería, de dar un largo rodeo para pasar delante de una construcción, de tomarme el ómnibus para hacer un trámite que podría solucionar por internet, de cambiar de acera para caminar delante de un grupo de estudiantes.

Los días en que no hay cosecha, vuelvo a casa preguntándome qué ha sido del mundo, dónde quedó el orden universal. ¿Lifting, lipo? ¿Debo hacer más horas de gimnasia? ¿Cambiar el maquillaje? Varios días de sequía desembocan en una compra compulsiva de ropa horrorosamente sexy y fucsia, y más de una semana me dejaría postrada en cama, dispuesta a recibir con agrado hasta los piropos micro-violadores.

En cambio, cuando la cosecha es buena, el mundo sigue su curso: los gringos continúan torturando presos en Guantánamo, el precio del crudo alcanza precios récord, Paris Hilton es detenida por conducir alcoholizada. Puedo entonces sentarme a trabajar, ocuparme de mi correspondencia, escribir un reportaje sobre el calentamiento global y otras cosas que no tengan la menor importancia.

6/6/08

Ur, el imperio de los crucigramas

Me refiero a Ur, la antigua urbe mesopotámica, actual imperio de los crucigramas.

Por un lado resolver el acertijo es un desafío, pero además no hay nada que represente mejor la vagancia absoluta, el dolce far niente, que la imagen de un tipo ante un crucigrama.

Y es que siempre hay algo más útil que hacer cuando no se tiene nada que hacer: gimnasia, leer, mirar tele. Pero si uno está resolviendo palabras cruzadas quiere decir que no está dispuesto a dedicarse ni a esas actividades de ocio. Los crucigramas son entonces la nada, la inacción. Un lugar donde el tiempo no importa; su pérdida, menos. Y la mente se despeja como si uno hubiera pasado hora y media diciendo ommm, mientras se aprenden lindas palabras como “asesar”, que a la postre era la respuesta a “adquirir seso”.


16/5/08

Uán, tu, tri, for

Claro que me mola hacer ejercicio. Bienestar. Fuerza. Belleza. Amor propio. Quiero todo eso. Llego al gimnasio una tarde de verano para dar patadas al aire con el mayor entusiasmo. ¡Hoy toca boxing! Estupendo.

La música me acompasa, dos piñazos para allá, dos para acá, una patada y cuatro saltos y va de nuevo. Diez minutos después el sudor que me chorrea, el esfuerzo físico y los gritos del profesor (¡uán, tu, tri, for!, ¡uán, tu, tri, for!) me sumergen en una vorágine de dopamina energética y me siento, sencillamente, feliz.

Ups, pensando en la dopamina me perdí. Ahora soy una atrofia en este perfecto sistema coreográfico. Me reincorporo al pelotón de boxeadoras, uán, tu, tri, for. Tanto sudor en grupo ya enrareció el aire, el espejo está empañado y el olor a elefante que sale de este gimnasio se debe sentir a dos cuadras.

Qué calor. Faltan cuarenta minutos y ya no tengo energía, mis puñetazos acarician a mi supuesto contrincante y mis piernas se levantan apenas cinco centímetros del piso. Me detengo y me encorvo, las manos en las rodillas, para recuperar el aliento.

¿A quién se le ocurre hacer ejercicios en verano? Podrían comprar un aire acondicionado estos piojos, con toda la guita que nos sacan. Pero pienso en los beneficios mirando a las flaquitas que están a mi alrededor, y que saltan con la energía de un pan que sale de la tostadora. Qué bien se ven las zorras, no se les mueve ni un centímetro de nalga.

Claro, no tienen nada más que hacer: con 3 horas diarias de ejercicios, más las dietas y los masajes reductores, así cualquiera. Mientras pateo y golpeo a una chica imaginaria frente al espejo, descubro que mis grasas ondulan bajo el jogging como el agua en una bolsa plástica.

Me duelen los tímpanos por culpa de estos parlantes paleozoicos que distorsionan los bajos. El calor me aplasta, el aire está todo respirado y la coreografía se complicó tanto que doy las patadas con las manos y los puñetazos con los pies.

Me repito “Bienestar, Fuerza, Belleza, Amor Propio” para recordar el motivo que me trae aquí. Pero mi cerebro ya no se oxigena lo suficiente como para recitar este mantra y saltar al mismo tiempo. El profesor me grita: “¡Come’on, Woman! ¡La clase no terminó!”. ¿Quién se cree? ¿El comandante de las fuerzas de ocupación en Irak?

Qué tendrá que ver “Bienestar, Fuerza, Belleza y Amor Propio” con el deporte. Yo mejor me busco a un analista. Con aire acondicionado.

5/5/08

Confesiones de una lectora escatológica

Leer en el baño pasa de hábito a adicción con mucha facilidad. Como el resto de las drogas, se comienza por las más blandas. Primero, un día, aburridos mientras esperábamos que aquello tan anunciado se manifestara en el water, leímos las instrucciones del shampoo. Días o meses más tarde, en otra ocasión en que la agradable actividad fisiológica se nos hizo difícil, justo topamos con una revistita en el baño, tal vez una postal, un texto mínimo que dio gusto leer. Y de ahí en adelante la vida se transformó en una vorágine de adicción lectora-escatológica.

Tengo una amiga que directamente pone un revistero en su baño: Vogue, Noticias, Rolling Stones, Página 12, de todo. Me entero de moda, música y política mientras ella me grita desde afuera de la puerta qué quiero de tomar. Y mi hermano en lugar de revistero usa el bidet: deja allí una pila de diarios y revistas tan majestuosa que llega a acumular años de acontecer nacional al tiempo que inutiliza la posibilidad de lavarse con agua, aunque ante tanta oferta intelectual bien vale la pena el sacrificio de rasparse un poco de más con el papel.

Luego de mis inicios con el shampoo, sumado a la mala influencia de mi amiga y mi hermano, he caído en el vicio. Apenas siento la cosquilla que anuncia la futura deposición, miro alrededor. ¿Qué busco, un baño, papel, Glade? No: una lectura. Porque es imposible desalojar el cuerpo sin, a la vez, incorporarle algo al cerebro, hasta el punto que si completé el trámite con rapidez y apenas conseguí leer un titular, bajo la cadena con un gran despecho, sintiendo nostalgia de un cierto estreñimiento que me permita enterarme al menos de qué pasa en el corazón de Susana Giménez. Porque si el acto de deponer es muy rápido jamás superaremos las instrucciones del shampoo, aunque si es muy trabajoso se nos dificultará la lectura hasta niveles ridículos, como cuando no logramos sostener la revista porque las manos nos tiemblan como si estuviéramos subiendo un piano por la escalera.

Por ejemplo en el trabajo ya sabemos quién lee en el baño y quién no, se ve a los empleados –yo entre ellos- otear los escritorios en silencio hasta que perciben un ejemplar de una lectura ligera. Subrepticiamente la toman y van al baño escondiéndola bajo el brazo, porque por algún motivo no quieren que los colegas descubran sus intenciones fisiológico-intelectuales.

Listo, ya está. Ya leíste esto. Ahora limpiate y andá a trabajar.

La infantería urbana de los sacamocos


Vamos en el ómnibus y pimba, vemos al de al lado hurgándose la nariz. En la mañana olvidó liberarse de los mocos resecados durante la noche y por eso termina de asearse allí, como quien se peina en el auto. Luego miramos por la ventanilla y descubrimos a una linda mina que controla su entorno para asegurarse de que nadie la mire y zas, se saca un moco destruyendo con ese gesto su glamour. Y a partir de entonces ya nada será igual. Ambas visiones nos han sensibilizado y los sacamocos que nos rodean, antes ocultos en la bruma de nuestra negación, adquieren una súbita visibilidad.

Es cuestión de disponerse a ver la realidad para darnos cuenta de que estamos rodeados de ellos. Y, después de un intenso autoanálisis, tal vez podamos asumir que somos ellos. Pero no intentemos una confesión y sigamos hablando de “ellos” como de “otros” porque, después de todo, nadie se siente aludido en una generalización.

La oficina, el super, el shopping, los autos, la sala de espera del dentista y las filas de la DNIC pululan de gente que se masturba las fosas nasales hasta llegar a la glándula pituitaria, para hacer una bolita y examinarla con atención esperando descubrir quién sabe qué maravillas. Son la infantería urbana de los sacamocos, capaces de chocar el auto antes que suspender su labor de minería nasal o de sacrificar su imagen ante la suegra con tal de liberarse de un moco pegado en las narinas.

Están los que intentan disimular su adicción, pero otros la practican sin más, escarbando las paredes internas de la nariz mientras fruncen la cara y aprietan los dientes arriesgando una hemorragia nasal. Esos después atesoran sus mocos en un pañuelo, tal vez para mirarlos con nostalgia más tarde cuando se suenen la nariz. Algunos elaboran esmeradas bolitas que tiran luego al aire lanzándolas con el pulgar y el dedo medio. Otros, sencillamente, se los comen.

Estos muco-adictos no han comprendido que para tales operaciones existen ámbitos privados como el baño, que es donde podemos hacer todo tipo de cosas con nuestras secreciones. Allí podemos estudiar qué dedo es más apropiado para qué clase de mucosidad (más aguada, más dura) y apreciar si, por ejemplo, la uña del meñique está algo larga porque nos permite rascarnos las resequedades adheridas como garrapatas en el interior de la nariz.

Esto último lo sé, por supuesto, porque me lo han contado.