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5/2/13

La factura del amor migratorio


Cartel de tránsito muy frecuente en las vías
de EEUU cercanas a la frontera con México.
Mary es una trabajadora social que conocí aquí en Los Ángeles, de casi 50 años, alta, rubia, bonita y estilizada. Tiene un novio tailandés, un masajista a quien conoció durante una sesión de masajes. Una cosa condujo a la otra, los masajes se fueron volviendo cada vez más eróticos, y masajista y masajeada terminaron mudándose juntos hace algunos meses. No se entendían demasiado (él habla poco inglés, ella es estadounidense de origen alemán), pero básicamente “masaje”, para ellos, significaba irse a la cama.

Todo fue muy bien por un tiempo, pero, como todas las relaciones, ésta también comenzó a declinar, en este caso un poco temprano tal vez por la falta de comunicación una vez que los “masajes” se volvieron rutina. No obstante, aún vivían juntos cuando Mary me dijo, tomando una copa de vino en mi casa, que se le partía el corazón ver a su novio llorar porque hacía años que no veía a sus padres ni a sus hijos.

–¿Hijos?–, le pregunté. –¿El tipo tiene hijos allá en Tailandia?

Conocía a Mary desde hacía varios meses, pero ésta era una novedad para mí.

–Sí, dos. De ocho y seis.

El tailandés es indocumentado y, como muchos de los 11,5 millones de indocumentados en Estados Unidos, una vez que comenzó a enviar dinero a su país, su ingreso se volvió imprescindible para sus parientes que están lejos. El novio de Mary no puede ir de visita a Tailandia porque no podría volver a entrar. Y no puede poner en riesgo esa fuente de dinero familiar. Sus únicas opciones son: 1) Morir de nostalgia; 2) Casarse con una estadounidense que le dé la residencia.

Entonces le conté una historia a Mary, sin sugerirle nada abiertamente. Nosotros, los manipuladores, sabemos cómo hacer para que las demás personas crean que se les ha ocurrido algo que les hemos infundido. O eso creía yo, que soy una pésima manipuladora, como se verá.

Le conté de Lidia, la salvadoreña que me ayuda en mi casa dos veces al mes y que no se llama Lidia realmente. Mary tampoco se llama Mary, de todos modos.

Lidia es una campesina indocumentada que sembraba papas y tomates en el norte de El Salvador. Trabaja principalmente para una acaudalada familia iraní en Beverly Hills, cuya matriarca le pide que hable español a sus hijos para que aprendan un tercer idioma. La primera vez que vino a mi casa, hace más de un año, Lidia ofreció mostrarme cartas de recomendación de patronas pasadas. Como buena burguesa latinoamericana acostumbrada al servicio doméstico que soy, sé muy bien que las cartas de recomendación no significan nada y que lo único que importa en estos casos es establecer confianza, porque una vez que nuestras asistentes tienen las llaves, lo tendrán todo. Viviendo legalmente en Estados Unidos, “todo” para mí en este caso no eran mis supuestas joyas, sino mi pasaporte y mi número de seguro social, que es el documento más preciado de un extranjero en Estados Unidos.

Por eso, en lugar de leer las fulanas cartas de recomendación, le pregunté a Lidia de su vida, para conocerla mejor. Me habló de cómo cruzó la frontera desde Ciudad Juárez, México, a El Paso, Texas. Ella y otros ocho inmigrantes corrieron furiosamente a través de un eterno campo de golf ("el juego ese de los huequitos", dijo) y luego cruzaron, sin mirar, un montón de calles de una ciudad que desconocían, hasta llegar a una pickup cerrada donde los metieron, apretados y sofocados por el calor y la sed, para llevarlos a Las Vegas, a 11 horas de allí.

–El coyote paraba el tránsito–, recordó. Los "coyotes" son los traficantes de personas que cruzan ilegalmente a los inmigrantes. –Se ponía en la mitad de la calle y paraba los carros. ¡Y se paraban! Ay, Leila, no sabes cómo corrí. Corrí como una loca.

Cuando llegaron a Las Vegas, todos comenzaron a trabajar de inmediato en la cocina de un gran hotel por cuatro dólares la hora, mucho menos del salario mínimo de casi siete que corría en 2008.

–El de la pirámide–, me dijo Lidia.

–¿El Luxor?–, le pregunté. Es el pretencioso hotel, de dudosa inspiración egipcia, donde me quedo cuando voy a Las Vegas a cubrir los Latin Grammy para la AFP, donde trabajo. 

–Sí, ese mismo.

Al cabo de media hora, en esa primera entrevista, ya Lidia estaba llorando. Extrañaba a sus dos hijas adolescentes en el norte de El Salvador, a quienes no veía hacía cinco años y con quienes aún hoy se comunica sólo por Skype. Ellas reciben más de la mitad de lo que Lidia gana (en Los Ángeles, ahora, 10 dólares la hora), gracias a lo cual las niñas pueden estudiar en el liceo, soñar con ir a la universidad en San Salvador y no preocuparse por trabajar para sobrevivir. La mayor quiere estudiar medicina, la menor quiere ser maestra. Y lo harán, gracias al enorme esfuerzo de Lidia y la pobreza extrema en que vive acá, para que sus hijas estén bien, allá.

Como yo también estaba susceptible (tengo papeles, pero hace más de 16 años que soy inmigrante, después de todo), sus lágrimas se convirtieron en las mías y terminamos llorando abrazadas, cada una por su dolor propio. El de ella, por supuesto, era mucho mayor. Pero igual.

Y entonces, después de este emotivo y, visto desde afuera, bastante ridículo abrazo inicial, le di todas mis llaves.

Un par de meses después, Lidia me contó que se había peleado con la mujer con quien vivía, otra salvadoreña que se había casado con un gringo para que le diera los papeles después de una transacción de varios miles de dólares. Lidia había criticado a su ahora ex amiga porque ésta seguía viéndose con su amante –también indocumentado– en la casa que ellas compartían. No sólo Lidia tenía que esperar sentada en la cocina a que ellos terminaran de tener sexo, porque ambas dormían en el mismo cuarto de un apartamento muy chico, sino, además, ese romántico ir y venir era riesgoso porque “la migra” podía descubrir muy fácilmente que el matrimonio de su “roommate” con un gringo era un fraude. Bastaba la denuncia de un vecino.

La mujer se ofendió tanto con Lidia por esta crítica que la amenazó, en venganza, con denunciarla a la migra. Lidia lloraba y lloraba, aterrorizada. Yo no sabía qué decirle. ¿Que la visitaría en el centro de detención? ¿Qué podía hacer yo si su amiga era una estúpida?

Al final el asunto se saldó (otra amiga de Lidia amenazó de muerte a la amenazante roommate si se atrevía a llamar a la migra), pero me quedó muy clara la vulnerabilidad en que viven los indocumentados. Más tarde, un guatemalteco gordo, viejo y feo que a Lidia no le gustaba para nada, le pidió matrimonio, garantizándole los papeles porque tenía la ciudadanía estadounidense. Para ella, tener los papeles significaría no sólo visitar a las niñas, sino poder traérselas a Los Ángeles. Lidia, que es una joven muy guapa, lo llegó a considerar, pero terminó rechazando la oferta porque tenía miedo de ser golpeada y violada si se casaba con él. “Voy a tener que darle todo”, me decía. “Ay Leila, es que él no me gusta”. Y me pidió consejo. Le dije que, honestamente, yo no veía la necesidad de que sus hijas vinieran a Estados Unidos para trabajar como empleadas domésticas. Lo mejor para las niñas era quedarse en El Salvador e ir a la universidad como tenían planeado. Y le aconsejé que no se casara, que esperara a la reforma migratoria que Barack Obama le tiene prometida.

Y así fue como, en estas conversaciones, Lidia me contó lo rentable que es, para los inmigrantes con papeles, el negocio de casarse. Otra amiga de ella, que tiene la ciudadanía, se casa cada dos años. Al cabo de ese período, se puede divorciar y su exmarido mantendrá la residencia legal. Cada vez que se casa, esta mujer cobra 15.000 dólares, sin tener que hacer nada excepto firmar un papel. Y luego otro, para el divorcio.

Más o menos aquí terminé mi historia. Yo sólo quería sensibilizar a Mary sobre el tema migratorio, que a muchos estadounidenses se les escapa por falta de información o de curiosidad (que terminan siendo lo mismo). Pensaba que esta ausencia de sensibilidad se debía, básicamente, a que los gringos no hablan con sus jardineros, asistentes y masajistas por meras diferencias lingüísticas.

–Qué buena idea me diste, Leila–, me dijo Mary. –Le voy a proponer a mi novio que nos casemos. Total, serán sólo dos años. Le va a encantar la idea. No sabes cuánto lloró en Navidad cuando llegaron mis sobrinos, que tienen las edades de sus hijos.

Me alegré mucho por el tailandés.

No obstante, Mary continuó: –Si le pido que me dé 400 dólares al mes, en dos años me habrá pagado casi 10.000 dólares. Le costará más barato de lo que pagaría en otra parte y saldríamos ganando los dos.

Yo la miré con asombro. Pero Mary malinterpretó mi expresión de sorpresa. 

–Cierto, puedo cobrarle 500 dólares al mes y él todavía sale ganando.

3/2/13

Grammar, punctuation and love

My dear friend and one of my favorite people Wendy Gosselin translated this text of mine. It's here in my blog and is part of my book "Nosotros los impostores" (Caracas, Puntocero, 2012). Hope you enjoy it and thanks, Wen.

* * *

I smile whenever I use a semi-colon. It brings to mind my brother’s friend—whom I was madly in love with as a teenager—saying that you can always recognize a true writer by her use of the semi-colon. Of course, I began to use semi-colons left and right, though my love interest never learned of my punctuating skill. Later, in high school, I would write parodies of the poems we had studied in our lit class and tack them up on the classroom board. It was only to see the boy I liked laughing at something I did. He was one of those types who always sat at the back of the room and he ignored me entirely except when my funny little verses brought me into his field of vision, albeit for a short while. Soon after, I was charmed by a Tolkien fan. As a result, an army of gnomes, fairies and plagiarized elves invaded my journals; journals which I later had the good sense to wipe off the face of the (Middle and Actual) Earth. My first real boyfriend read Nietzsche and, in response, I wrote hermetically obscure verses about symbolic tarantulas that I am now unable to understand (looking back, I don’t think I got them back then, either). The next paramour was a poet who considered semi-colons as unsightly and raffish as an electric bill, colons a vulgar resource reserved for cookbooks, and parentheses a trap which enclosed a writer’s incapacity for expression. So I did away with semi-colons, colons and parentheses for a few years’ worth of writing, and it took some strenuous effort to reincorporate them. Some of the men that I liked weren’t reading types so my texts grew simpler; others were intellectuals and my writing became more academic, reinforced with quotes by Heidegger and Schopenhauer that I borrowed from my quotes calendar. Once I was besotted by a man who adored short phrases and sentences bared of all adjectives; a short time later, I was swept away by another who preferred Baroque literature and lavish descriptions: I went from Carver to Carpentier in a hop, skip and a jump. Another of my suitors was a Rimbaud and Baudelaire fanatic and my writing turned aggressive and negative. Then there was the one who rallied against adjective abuse (“mouthwatering lemony day-boat scallops”). Ergo, I became a relentless adjective hunter, fishing them out and doing away with them. My next lover had it out for adverbs. He said they were merely a crutch for weak verbs, so I eliminated them altogether and began using only verbs that could stand on their own. Another of my beaus abhorred the word “like.” The moon is cheese, not like cheese. The word “like” sullies the metaphor, he often said, transforming it into an insipid comparison. So I used find and replace to look up all the “likes” in my files and do away with them. And after getting married, my then-husband confessed to being a great admirer of Kundera, praising metaphors which are “cast like a spotlight onto a stage.” For years, then, I tried to imitate Kundera’s illuminating ray of light. 

In spite of my efforts, none of these men ever found out the effect they had on my relationship with words. For as long as I can remember, my writing has been the least effective, most imperceptible and worst aimed of my attempts to win a man’s love.

23/1/13

Dios es un travesti con baja autoestima


Ésta es la verdadera historia de una fallida primera cita entre Lucy, una cristiana evangélica china, y Zach, un judío no practicante (pero creyente decidido en la espiritualidad de las moléculas). El diálogo ocurrió en un bar en Hollywood Boulevard, adonde fui a tomar una copa después de una fiesta. Copio aquí todo lo que tuiteé, tal cual. Perdonen que el diálogo esté en inglés. Pero es un inglés bien fácil:


  • JESUS! Tienen que escuchar esta discusión. Hollywood, Interior, Noche. Bar de mala muerte. En mesa de al lado, una pareja discute duramente.
  • Él tiene chiva rubia, parece Zach Galafanakis, llamémosle Zach. Ella luce china, es chiquita, pelo liso y largo. Llamémosla Lucy Liu. O Lucy.
  • Comencé a oír pensando que era una discusión de pareja, pero al parecer ella es cristiana y él un judío no practicante, en una primera cita.
  • Lucy: "Jesus was born in a Jewish body, he was GOD trapped in the body of a Jew!" - Argumento moderno pero irrebatible en la lógica cristiana.            
  • Zach: "I know! I love God, but that's bullshit". Lucy: "So you don't believe in God". Ella está muy molesta. Él parece borracho nomás.                            
  • Zach: "Yes I do believe in God! He IS part of unconnected molecules connected spiritually" - (ésta parece como otra versión de la cienciología)
  • Lucy se pone muy seria, se levanta de la mesa molesta y me pregunta a mí si me está molestando. Yo me sorprendo de estar en medio: "No, no".
  • Zach mira a Lucy caminando por el restaurante molesta. Él no tiene expresión. Ella se sienta de nuevo y le dice: "So, what challenges you?"
  • Zach: "The energy and the connections with the people around. If you don't share it is not gonna work. God is an insecure drag queen".
  • Gente, les aseguro que yo no podría haber inventado esa frase tan sublime.
  • Zach: "Actually I believe in Los Angeles, city of Angels, as it is called. It's full of angels. In downtown, there's an angel bothering me"
  • Lucy: "Is the Christian angel". Zach responde, con tono monocorde, la vista fija en un punto impreciso de la cara de ella: "No, he is not"
  • Lucy: "Why would a Christian angel do that?"
  • Zach: "I have every sort of angels"
  • Lucy insiste: "But why an angel would hurt somebody?".
  • Zach: "Oh, come on. Angels specialize in doing harm. Look at the angel of devil".
  • Yo no sé a ustedes, pero a mí Zach ya me está cayendo bien.
  • Lucy: "Well don't call it an angel. This is demonic". Claro, Lucy, eso es lo que son los ángeles demoníacos!
  • Mi amigo Zach: "No, they are like Jesus christes. I don't buy it. I don't want to hang out with a guy that's partially God. It's creepy"
  • Sí, tiene razón. Visto desde ese punto de vista, es bien creepy.
  • Callan un ratito y él sigue: "I believe there's an Egyptian God and Goddesses. Living in communism. I believe in free gods. Better gods"
  • Lucy: "I don't want better gods. I don't want the best God. I like God how he is. There's not other God, that's the first command"
  • Y aquí tenemos una discusión teológica de principal trascendencia. This is soooo Los Angeles.
  • oh y ahora él suelta: "I don't like Santa".
  • Lucy como que no soporta la cosa, lo de Santa ya fue demasiado. "Read the bible! That's your belief written there!"
  • Lucy sigue: "What's the first commandment? There's only God. No other God before me. That's what God says".
  • Zach: "So you buy any mumble jumble written in a book"
  • Lucy: "But you worship the devil".
  • Zach: "He's not my enemy. He's fragile. Everything is fragile". Oye yo ya me perdí y no sé si Zach habla de Dios o de Santa.
  • Recapitulando: Zach cree en la espiritualidad de las moléculas, Cristo le parece creepy, no le gusta Santa y un ángel le molesta en downtown
  • En cambio Lucy es cristiana nomás. Cero onda. 
  • Lucy: "Well this is an opinion". Listo, esta discusión está por acabar. Cuando alguien apela a eso es que ya no le queda nada por decir
  • Oh no, esto se puso bueno
  • Zach: "I have many problems". Lucy: "Only one god". Zach: "Would you let me finish?". Lucy: "Only one god". Zach: "I'm a musician".
  • Lucy: "Then again, this is an opinion".
  • Ya esto no hay quien lo arregle, Zach sigue mirando fijo pero pamí que ya tiró la toalla.
  • Lucy: "Why are you scared? Are you scared of me?". Se le salió lo minita a la Lucy. 
  • Zach: "You're not the center of everything you know".                       
  • Lucy: "Fine. Now you're being aggressive". Y tú estás siendo pelotuda. Mi amigo Zach: "Fine! Negativeness!". Bravo Zach
  • Lucy: "I should have known this. You're such a dumb ass"                      
  • jajaja como que Zach se acordó del objetivo último y primordial de una cita. Ahora soltó esto: "I love Christians. Truly. I do, I love them"       
  • Me parece que Lucy no se va a tragar el cuento así como así.                         
  • Lucy: "Oh yeah now I believe you, dumb ass. You don't, you believe in demonic molecules". Bien Lucy, consecuente contigo misma!                      
  • Pfff listo. Zach se rindió ya. Le dijo: "Never mind. I'll drive you home". Yo también me voy. Estos angelinos están de atar.                    

24/12/12

¿De qué se ríen los venezolanos?

Often, what happens to art makes more point than the art itself
Jayan Rajan 

Foto tomada de La Patilla
De que le han arrancado al bebé. Pero casi me gusta más. ¿Un monumento a la Paternidad en Venezuela? Por favor. Seamos realistas. Ahora, el monumento a la Paternidad en Ciudad Guayana representa, con su demoledora semiótica, la nación improvisada que somos, definida por la frivolidad, la deshonestidad y el vandalismo. Un niño arrancado de las manos de su padre, para vender su peso en bronce. No hay imagen que simbolice mejor la cultura del saqueo de los venezolanos.

La Paternidad, una escultura de 800 Kg de bronce y 3,5 m de altura que muestra a un hombre alzando en brazos a un bebé, fue develada en 1992 en “la explanada del Papa” de Ciudad Guayana, en el estado Bolívar. (No en 1985, como está reseñando la prensa). El escultor es mi padre, Aldo Macor, quien acaba de cumplir 84 años y vive su retiro en Montevideo. Yo era adolescente cuando papá trabajaba para aquella obra, presencié con hartazgo su proceso creativo y, como buena joven rebelde y malagradecida que era, no quise ir a su inauguración porque estaba harta de oír hablar de ella.

9/12/12

¿Autorreferencial, yo? ¿Yo?

Ciertamente, ando un poco (bastante) autorreferencial, pero una tampoco edita libros todos los días y estoy encantada con la edición de Puntocero de "Nosotros los impostores", además de muy halagada por el paseo en los medios que di la semana pasada en Caracas. Un poco menos halagada, no obstante, por el ataque al hígado que me hizo perder 2 kilos en 8 horas, producto del agua tropical y/o del Baileys vencido de mi hermano.

30/11/12

"Nosotros los impostores" se imposta otra vez

Ya sé, ya sé. Créanme que cuando la publicación del último texto de mi blog data de hace más de un mes, me convierto en una recriminación con patas. Pero algo saldrá -seguro- muy pronto, a raíz de mi próximo viaje a Caracas, adonde iré a presentar la semana que viene una edición "venezolana" de Nosotros los impostores.

12/9/12

La perpetua insaciabilidad de tequeños*

Cuando los venezolanos en el exterior expresamos nuestra nostalgia por los tequeños, nos miran con extrañeza. Cierto, son sabrosos, pero tampoco son gran cosa, vistos desde afuera. Una masa de harina de trigo envuelve un trozo de queso anodino y se come como una empanadita frita, de cerca de 1,5 cm de diámetro y 5 o 6 cm de largo. Una nadería. Cualquier gourmet preferiría comer, como entrada, camarones al ajillo o dedos de mozzarella empanizada. 

Lo que no saben los extranjeros es que los venezolanos nos hemos criado bajo el signo de una perpetua insaciabilidad de tequeños, que explica nuestra devoción. 

23/8/12

No te fumes ese joint: estoy hasta la madre*

Partida de la Caravana de la Paz. Detrás de la valla, Tijuana.
Del lado de acá, San Diego. Los mexicanos se despiden.
Cualquier persona deseosa de abrazar una causa humanitaria express decide fácilmente dejar de usar zapatos Nike en protesta por el trabajo esclavo en Asia. O bien puede abstenerse de comer animales que son tratados con crueldad. Pero estos activistas del foie gras no son tan rápidos a la hora de dejar de fumar marihuana u oler coca porque detrás de su diversión haya más de 50.000 muertos en México. ¿Por qué? ¿No leen las noticias? ¿Nada les hace clic?

Quienes nunca han probado drogas, tal vez no entiendan la diferencia entre un consumidor recreativo y un drogadicto. Bien, es la misma entre quien toma una copa de vino en una cena y un alcohólico. Nunca me opuse al consumo recreativo, como concepto, de drogas blandas. Mi rechazo vino luego. Llegó un momento, durante el manejo cotidiano de la noticia como editora de una agencia de prensa, en que validar un despacho cada día sobre los muertos en México comenzó a convertir las drogas en un producto demasiado macabro para invitarlo a una fiesta. A menos que sean de cosecha propia o el consumidor conozca su origen.

31/7/12

El Guasón de Colorado*

Al día siguiente, una mujer compraba un rifle para su hija de unos siete u ocho años, en la misma tienda donde el Guasón había adquirido las armas con las que mató a 12 personas durante la noche. “Éste es muy grande para ti, cariño, vamos a buscarte otro”, dijo la madre, con una voz muy dulce, como si estuviera comprándole los zapatos de la primera comunión. Yo temblaba cuando saqué la foto a escondidas, tras un anaquel de la tienda, y sólo conseguí esta toma desenfocada. Lo último que quería en la vida era enfurecer a una señora que le compra armas a sus hijos como rito iniciático.

Estaba en la anodina ciudad de Aurora, en las afueras de Denver, la capital de Colorado, un estado del centro-oeste que aloja las Montañas Rocosas y donde las mayores actividades al aire libre son la caza y la pesca. Me había enviado AFP para cubrir el tiroteo y llegué en la mañana del viernes 20 de julio, 10 horas después del ataque. La ciudad parecía desierta, no sé si por efecto de la tragedia o porque estos suburbios gringos no suelen ser muy vitales, menos bajo 40 grados a la sombra. Muy pocos autos tenían que ser desviados de la avenida que pasa frente al cine, clausurado en un cordón policial que tomaba una manzana. En el estacionamiento, cientos de periodistas habían montado campamento y, bajo toldos de campaña, ya estaban transmitiendo hacía horas.


16/7/12

“¿Quieres tener hijos?”

“¿Quieres tener hijos?”. Pum. Así nomás. La pregunta vino justo después de “mucho gusto”, de parte de un tipo que definitivamente no quería perder el tiempo conmigo.
Ahí estaba yo, pues, de golpe, relatándole los quehaceres de mi fecundidad a un desconocido. Lo conocí en un sitio de citas online. Nos reunimos a desayunar. (A los gringos les encanta conducir 40 minutos y pagar 20 dólares por un par de huevos revueltos con tocino y pan tostado.) Cuando llegué, él ya estaba sentado. Era músico, como todo el mundo en Los Ángeles. Buen lector, con pensamiento científico y sentido del humor. Mi mente iba haciendo check, check, check. Pero cuando se puso de pie, resultó ser un gigante. No un tipo alto cualquiera: un Gigante de más de dos metros. Un hombre que habrían quemado en la Edad Media; que sembraría el terror en Perú. Podía matarme con una sola mano sin ningún esfuerzo. Y yo no quiero salir con alguien que puede matarme con una sola mano y sin esfuerzo. Me gustaría que le costara al menos un par de horas.